Mostrando entradas con la etiqueta prospectiva. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta prospectiva. Mostrar todas las entradas

1 de octubre de 2013

¿Cuánto tiempo dura algo?. De la inecuación de Gott al efecto Lindy

El III Reich decía de sí mismo que iba a gobernar Alemania durante 1.000 años... apenas duró 12 años (1933-1945). El partido de la UCD en España decía de sí mismo que iba a gobernar durante 100 años... apenas duró 5 años (1977-1982). Al parecer los humanos somos muy buenos calculando la esperanza de vida de una persona en base a su sexo y edad mediante las tablas actuariales, pero un poco torpes para estimar la duración de otras cosas. ¿O no?.

Inecuación de Gott

Cuando el matemático y astrofísico John Richard Gott se encontraba ante el Muro de Berlín en 1969, intentó estimar la duración probable del Muro basándose en un solo dato, el tiempo transcurrido hasta ese momento, 8 años (1961-1969) y en base al principio atribuido a Copérnico (los humanos no somos observadores privilegiados del universo), re-elaborado posteriormente como “principio de mediocridad” que viene a decir que cualquier cosa seleccionada al azar que observemos en un momento determinado no estará ni al comienzo ni al final de su vida: lo más probable es que esté en algún punto alrededor de la mitad de su vida. Armado con esta presunción y un mínimo aparataje matemático, Gott se atrevió a calcular que con una fiabilidad del 50%, al Muro de Berlín le quedasen (en 1969) menos de 24 años de existencia (exactamente entre 2,67 y 24 años adicionales). Como ustedes saben, el Muro de Berlín fue derribado en 1989, es decir, veinte años después de la profecía matemática de Gott.

No obstante y tras este éxito, su argumento fue tildado de incompleto, así que lo volvió a someter a contraste empírico. En concreto, Gott elaboró una lista de los 44 espectáculos que había en la cartelera de Broadway un día determinado, el 17 de Mayo de 1993, y predijo que los que llevaban más tiempo en representándose serían los que durarían más tiempo en cartel, y viceversa. Su predicción se demostró correcta en un 95% de los casos.

El problema al que se enfrenta este tipo de predicciones, como la propuesta por Richard Gott o como la que veremos después con el llamado efecto Lindy, desafía el sentido común, pues al común de los mortales nos podría parecer insuficiente o temerario que con apenas el conocimiento de una variable (el tiempo transcurrido) y un coeficiente nos atrevamos a realizar la estimación de la duración de casi cualquier cosa. Ni que decir tiene que el problema tiene su enjundia a un nivel fundamental, pues no pasaría de ser un divertimento matemático si no fuera porque, a mi entender, el enfoque abordado por Gott revela algo profundo sobre nuestra manera de comprender la función de probabilidad en la duración de las creaciones humanas para entrar de lleno en el campo de la metamatemática.

Gráficamente el problema de la estimación de casi cualquier cosa se podría representar de este modo:


En donde partiendo de un único dato, el tiempo transcurrido desde el inicio de algo y el tiempo presente podemos estimar el tiempo adicional o restante de ese algo.

Un cálculo ciertamente atrevido.

El enfoque de Richard Gott está basado en la aplicación de la presunción copernicana antes comentada: el momento presente de la vida de ese algo no es excepcional, es decir, no está situado ni al inicio ni al final de la vida de ese algo, un principio que proviene del ámbito de la astronomía, pero que Gott se atrevió a aplicar al ámbito de lo cotidiano. Conociendo por tanto el tiempo transcurrido sólo nos resta aplicar un coeficiente, que en el caso de la inecuación Gott se conoce como factor de fiabilidad, que podríamos entender como probabilidad de la estimación, entendiendo que a menor probabilidad más error aunque menor variabilidad (mayor precisión) y a mayor probabilidad menor error aunque mayor variabilidad (menor precisión), entendiendo por variabilidad la diferencia entre la estimación mínima y la máxima. Nota: 100 - fiabilidad = probabilidad de error.

Otra manera de entenderlo sería que cuanta menos fiabilidad correspondería un rango de solución más estrecho (F < 50%), es decir, más precisión pero más probabilidad de error y cuanta más fiabilidad correspondería un rango de solución más amplio (F > 50%), es decir menos precisión aunque menos probabilidad de error. Una recomendación al operar con la fórmula propuesta por Richard Gott es comenzar usando una probabilidad del 50% que es justo la que solía utilizar su autor.

La conocida como inecuación de Gott es de una elegante sencillez.


Para operar con la inecuación de Gott podemos estimar casi cualquier cosa, preferentemente de carácter no orgánico (tecnología, conceptos, construcciones humanas, etc.) aunque a modo de curiosidad podemos calcular otras cosas menos típicas. Al final de este post incluyo una Hoja Excel para simular el funcionamiento tanto de la inecuación de Gott como el efecto Lindy, así como visualizar gráficos de sus resultados con distintos valores de los coeficientes (ejemplo de tiempo base: 10 años).


Como podemos observar a medida que incrementamos el factor de fiabilidad, el tiempo mínimo adicional tiende a cero y el tiempo máximo adicional tiende a infinito. De este modo podríamos afirmar que cuanta mayor fiabilidad queramos obtener, más amplio será el rango del resultado y viceversa, dándose una imposibilidad similar a la que encontramos en el principio de incertidumbre de Heisenberg: no podemos obtener a la vez la máxima precisión (menor variabilidad) y el mínimo error (mayor probabilidad de acierto): si no queremos cometer un error en el pronóstico deberemos sacrificar la precisión y viceversa. Ni que decir tiene que una fiabilidad del 100% implica, en consecuencia, un rango infinito de solución, por lo que en consecuencia nos conformaremos con fiabilidades algo menores para no hacer inservible el resultado. Lógicamente la inecuación de Gott no es algo infalible, es solamente una aproximación sencilla (aunque profunda) a un problema complejo partiendo de muy poca información.

Efecto Lindy

En esto que el 13 de Junio de 1964 se publicó un artículo en la revista estadounidense The New Republic en el que un tal Lindy escribió a propósito de la ajetreada vida de los actores cómicos: “Las expectativas de futuro de la carrera profesional de un actor cómico televisivo son proporcionales a la cantidad total de su presencia previa en el medio”. Este comentario, bastante intuitivo, escrito a vuela pluma y en la línea del conocido dicho El ganador se lo lleva todo vino en llamarse efecto Lindy, una heurística que autores como Benoît Mandelbrot y Nassim Nicholas Taleb han recogido en alguna de sus obras.

Siguiendo la interpretación del efecto Lindy en Taleb (Antifrágil): Para lo perecedero, cada día adicional de vida se traduce en una esperanza de vida adicional más corta. Para lo imperecedero, cada día adicional puede suponer una esperanza de vida más larga.

Así pues, cuanto más prolongada haya sido la supervivencia de una tecnología, un concepto o una construcción humana, mayor será el periodo de tiempo que podemos esperar que continúe existiendo. Como sugiere Taleb: Si un libro lleva publicándose cuarenta años, puedo confiar en que se sigan imprimiendo nuevas ediciones otros cuarenta años más. Otro ejemplo (tomado del estadístico John D Cook): Hemos escuchado a Beethoven durante más de doscientos años, a los Beatles durante cuatro décadas, y a Beyoncé durante aproximadamente una década, lo que implica que podríamos razonablemente esperar que la fama de Beyoncé dure aproximadamente otra década, mientras que los Beatles se puede esperar que mantengan su vigencia al menos otros cuarenta años, y que Beethoven permanezca sin caer en la oscuridad durante al menos doscientos años más.

Otro ejemplo, la gran pirámide de Guiza (2.570 años A.C.) es muy probable que sobreviva a muchas construcciones humanas del siglo XX o XXI, pues, de algún modo se puede afirmar con rotundidad que así como la pirámide ha demostrado que ha sobrevivido más de 4,5 mil años, otras cosas construidas durante el siglo XX o XXI aún tienen por demostrar esa durabilidad. Por tanto, hablando en términos de probabilidades, no de verdades absolutas, algo que se haya mantenido durante muchos años incrementa sus posibilidades de permanecer durante otros muchos. Y por el contrario, una obra o una tecnología es más vulnerable y susceptible de desaparecer durante sus primeros años de vida.

Por expresarlo de forma simple, esto nos dice que lo que lleva existiendo ya mucho tiempo no “envejece” como lo hacen las personas, sino a la inversa, es decir, sumándose tiempo restante de vida: cada año que pasa sin extinguirse, se duplica su esperanza de vida adicional de ese objeto, concepto o tecnología. Es decir, al contrario que en un ser vivo, en el que cuanto mayor es su tiempo de vida, menor es su expectativa de vida, en un producto informacional, un concepto, una construcción o una tecnología, cuanto más tiempo persiste, más probabilidades tiene de seguir persistiendo, y por tanto, la robustez es proporcional a la duración de su vida.

Como habrá podido deducir, el enfoque del efecto Lindy es distinto al de la inecuación de Gott, y a diferencia de este no ofrece un rango de solución (mínimo y máximo) y el coeficiente no se expresa como una probabilidad sino como un coeficiente de proporcionalidad que regula el espesor de la distribución, partiendo de la condición C > 1 (el resultado es una curva asíntota similar a la distribución de Pareto), de tal modo que para valores del coeficiente de proporcionalidad cercanos al valor 1, la expectativa de vida se eleva exponencialmente, mientras que a medida que se acerca al valor 2, la vida esperada se aproxima a la existencia pasada (con C = 2 la esperanza de vida es igual a la existencia previa) y a valores superiores a 2, la vida esperada se reduce con tendencia a cero.

Otra manera de entenderlo sería que para calcular la esperanza de vida de las cosas menos perecederas les correspondería un rango de valores con el coeficiente de proporcionalidad de 1 < C < 2 y para las cosas más perecederas les correspondería un rango con C > 2. Una recomendación al operar con la fórmula del efecto Lindy es aplicar un coeficiente próximo a 1 (hacia la izquierda de la tabla Excel adjunta) para aquellos entes u objetos con mayor antigüedad y un coeficiente próximo a 2 o superior (hacia la derecha) para los entes u objetos con menor antigüedad y observar el comportamiento del modelo en todo el rango 1 < C < 3.

La conocida como adaptación de Mandelbrot al efecto Lindy es también de una elegante sencillez.



Como podemos observar a medida que incrementamos el coeficiente de proporcionalidad, el tiempo adicional esperado tiende a cero y, viceversa, cuanto más próximo a 1 (pero nunca igual a 1) más elevado es el tiempo adicional esperado (algo en principio más probable en aquellas cosas con mayor antigüedad o menos perecederas). De este modo podríamos afirmar que cuanto más perecedero consideremos al objeto o ente en cuestión, más será de aplicación un coeficiente próximo a 2 o superior y cuanto menos perecedero más será de aplicación un coeficiente inferior a 2.

Como ya hice anteriormente con la ecuación logística y el modelo Lotka-Volterra para realizar simulaciones y observar el comportamiento del modelo nada mejor que un ejemplo basado en Excel. A practicar pues: Inecuación de Gott y Efecto Lindy en Excel

Para saber más: Principio de Mediocridad en Wikipedia

John Richard Gott en Wikipedia

El Argumento del juicio final

El efecto Lindy: cuanto más tiempo sobrevive una tecnología, más tiempo va a sobrevivir

The Lindy effect

Beethoven, Beatles, and Beyoncé: more on the Lindy effect


27 de noviembre de 2011

¿El sistema puede funcionar sin consumidores?

La pregunta, retadora, estaba formulada en una entradilla a un artículo del diario El País del pasado 14 de Noviembre de 2011 dedicado a la reciente obra de la ensayista y activista social estadounidense Barbara Ehrenreich con el sugestivo título de “Sonríe o muere. La trampa del pensamiento positivo” (Editorial Turner). El libro aún no lo he leído, prometo hacerlo, pero su mención en la redes sociales por Ramón Morata me dio pie a avanzar algunas reflexiones sistémicas sobre el siempre interesante bucle trabajo-producción-renta-consumo que quiero compartir.

Mi respuesta a la pregunta anterior es, sin duda: no. El sistema no puede funcionar sin consumidores. Ahora bien, la pregunta tiene otras derivadas. En un escenario final el sistema que conocemos necesita consumo, consumidores/compradores, para dar salida a su producción, es obvio, pero no está claro que necesite, simétricamente, factor trabajo. El factor trabajo es un “mal necesario” desde una perspectiva radical de la productividad. El ideal de la productividad máxima es reducir el factor trabajo a cero. Sí, han leído bien: cero. Esto en sí mismo no es negativo: ¿acaso no es un valor humano evitar la esclavitud del trabajo y hacer más con menos esfuerzo o, mejor, nulo esfuerzo?. Aunque, eso sí, para lograr esto, a cambio hay que invertir y mucho en factor capital, conocimiento intensivo y otros recursos no siempre abundantes. En este sentido, aspirar a una mayor productividad “porque sí”, sin comprometer inversión de capital o conocimiento es una imposibilidad metafísica que da lugar a lo que algunos autores llaman “productividad sucia” (porque no se centra en incrementar la productividad vía inversión de capital o conocimiento sino en bajar los costes del factor trabajo, vía deslocalización y otros procedimientos de sobreexplotación).

El problema o paradoja sistémica que ocasiona esta imparable tendencia productivista del sistema a sustituir trabajo humano por automatización y/o por “productividad sucia” es no tener presente que los consumidores (de los productos/servicios generados por la automatización y/o por la “productividad sucia”) obtienen mayoritariamente sus ingresos/renta para consumir en tanto que trabajadores/asalariados, en consecuencia si reducimos o malpagamos el factor trabajo estamos reduciendo, también, la capacidad de compra de los consumidores y en consecuencia esto conduce a la larga (en apariencia, en un primer análisis) a una implosión del propio sistema: el sistema “canibaliza” a los consumidores/compradores vía desempleo. En esto consiste, por cierto, una depresión económica. Esto es algo que aprendió en carne propia Henry Ford, que, como nos recuerda el ex ministro Jordi Sevilla en su reciente artículo Teoría del endeudamiento “(Henry Ford) encontró nuevos compradores en sus propios trabajadores para lo que tuvo que subirles los sueldos. El salario pasó a ser, así, una variable económica ambivalente: por un lado, coste de producción que conviene rebajar; por otro, demanda efectiva que convendría mantener o elevar”.

Desde otra perspectiva, digamos más “positivista”, esto no es un problema irresoluble, pues lo que se “automatiza” habitualmente es porque tiene poco valor añadido (Nota: a la vuelta de la esquina podemos estar ante la posibilidad de automatizar también la producción de bienes y servicios de alto valor añadido, un aspecto a considerar que aceleraría aún más este proceso): en consecuencia, esto de reducir factor trabajo tiene una lectura positiva, si bien es cierto, a corto/medio plazo genera exclusión social y reduce la capacidad de compra, luego, acelera la depresión.

Elevando el tiro, esto nos conduce a una visión evolucionista en el que la productividad actúa como una fuerza que empuja la evolución del concepto de trabajo humano hacia cotas de mayor valor añadido a la vez que redefine la función del trabajo humano y el consumo. En última instancia también afecta a la demografía, aunque no siempre como intuitivamente cabría esperar: riqueza y natalidad no correlacionan en la misma medida que pobreza y natalidad, dando lugar a fuertes asimetrías globales: escasez crónica, hambrunas, mortandad infantil, etc. Eso sí, puede que en el camino muchos individuos/personas se atasquen y no quieran/puedan ofrecer más valor añadido cuando el sistema les señala como “no necesarios”. Ahí sí tenemos un serio problema si los individuos/personas excluidos/desplazados son mayoría. ¿Soluciones?: la propuesta ¿utópica? de Luis Racionero, “Del paro al ocio” (1983) (para mí, una puesta al día del famoso “El Derecho a la Pereza” del yerno de Karl Marx, Paul Lafargue) es factible sí y solo sí se reparte el trabajo. ¿Problema?. Repartir el trabajo equivale a trabajar menos días/horas y consecuentemente reducir el salario. Algo en principio no muy atractivo para los trabajadores, si bien alguna variante de la idea, como el modelo alemán de reparto de trabajo ha demostrado su viabilidad siempre y cuando se involucre el Estado en subvencionar las horas no trabajadas.

Por otra parte, cuando el sistema señala como “no necesario” a alguien, en realidad le está diciendo que es “no necesario” en tanto productor/trabajador, pero no significa que sea “no necesario” como consumidor/comprador: “El cliente es el Rey” en una economía de mercado. Es aquí donde el sistema genera una contradicción ineludible que sucesivos “ajustes finos” han intentado resolver para evitar el presagio de la implosión final del sistema (colapso por sobreproducción o por falta de suficientes consumidores/compradores, ambas caras de la misma moneda), algo que parece ineludible si atendemos a la observación de las tendencias: la percepción de gratuidad a través de Internet, la automatización creciente, la reducción tendencial de las rentas del trabajo, el agotamiento de la capacidad de endeudamiento que servía de amortiguador al desigual reparto de riqueza y el consiguiente decrecimiento del consumo masificado. Llegados a este punto ya da igual preguntarse si fue antes “el huevo o la gallina”, es decir, si hace falta menos factor trabajo porque hay menos consumo o hay menos consumo porque hace falta menos factor trabajo. El proceso se retroalimenta así mismo y en consecuencia la implosión es casi inevitable.

Otro pensador sistémico, el economista Santiago Niño Becerra apunta en la misma dirección: “Pienso que el mañana apunta a una dicotomía económica y social, a un perfil en geometría variable (se está empezando a hablar de eso, ya) poblado de insiders y outsiders en el que en un entorno postglobal unas pocas personas sean totalmente necesarias (imprescindibles, no: nadie lo es), otras lo sean parcialmente, y otras no lo sean en absoluto; en la línea de lo ya apuntado por Jeremy Rifkin de que en algún momento del siglo XXI para generar el 100% del PIB mundial tan sólo será preciso el 5% de la población del planeta: hoy serían 350 millones de personas de los 7.000 millones que habitan el globo.”

Llegados a ese punto cabe preguntarse honestamente dónde encontrarán su “nicho de mercado” la mayoría de los excluidos/desplazados por la tendencia imparable de la productividad.

Desde la perspectiva de las teorías convencionales y por el lado de la oferta se podría anticipar que “la necesidad hace virtud” y, así, en consecuencia, durante las crisis el sistema estimula la creatividad humana para crear nuevas ideas, productos y servicios (“Destrucción creativa” de Schumpeter) para dar paso a un nuevo ciclo (“La oferta crea su propia demanda” de Say). Y desde el lado de la demanda, la doctrina del “Equilibrio general” suele acertar con la obviedad de que los mercados tienden al equilibrio, a autorregularse, de tal modo que no hay que preocuparse demasiado: si un segmento de mercado pierde consumidores/compradores (por ejemplo, por falta de capacidad adquisitiva o capacidad de endeudamiento), se ajustarán en primer lugar los precios/márgenes y en última instancia dejarán de producirse los bienes/servicios para dicho segmento, lo que a su vez expulsará a los trabajadores del segmento, abocando al sistema a una espiral depresiva en ese segmento de mercado y creando las condiciones para que se movilice el lado de la oferta. Lo que no está del todo claro es si la actual crisis sistémica no acabará por cuestionar las teorías convencionales al uso.

Resumiendo: desde un punto de vista evolutivo, es preferible que en una mina a miles de metros bajo tierra trabaje un robot antes que un minero (Nota: Habrán tareas que sin embargo podrían automatizarse pero existirá un fuerte rechazo social a su total automatización. Por poner dos ejemplos fáciles: un cirujano robot o un piloto robot de aeronave podrían llegar a aceptarse socialmente pero siempre bajo la supervisión de un ser humano). Esto es claramente una ventaja evolutiva. El problema lo tenemos cuando bajamos del plano evolutivo/macro al social/micro y observamos que el minero, en tanto que ser humano concreto, no se “recicla” de la noche a la mañana en un ingeniero capaz de diseñar al robot que le va a sustituir. Ahora bien, que un individuo concreto no se recicle/evolucione no es un problema sistémico. Por el contrario, sí lo es que una generación no logre hacerlo a la velocidad que se necesita para evitar un colapso sistémico por falta de suficientes consumidores/compradores. La cuestión es pues gestionar adecuadamente las “transiciones de fase” en la evolución tecnológica, política y social, para introducir las mejoras de productividad acompasadas al ritmo de la capacidad humana de “cambio y reciclaje” personal. La cuestión es pues, ¿llegaremos a tiempo de evitar el desperdicio de tantos recursos humanos “no necesarios”?, ¿hay que hacer algo desde las instituciones o ante el riesgo de hacer “ingeniería social” es mejor dejar que las “fuerzas del mercado” actúen a su libre elección?. O, más allá, ¿esta crisis sistémica nos abre la oportunidad a un salto cualitativo en la evolución del concepto de trabajo, producción, consumo, renta, crecimiento, PIB, oferta, demanda, etc.?.

Lejos de la especulación futurista, el problema real, acuciante, es el “mientras tanto”, porque aún admitiendo por un momento que el sistema tiene en su “core” los mecanismos suficientes para re-crearse y auto-regularse no es menos cierto que los tiempos y plazos de estos mecanismos no siempre son admisibles desde la óptica de la duración promedio de la vida humana (“a largo plazo todos muertos” que decía Keynes): disponer de “estabilizadores automáticos” como el seguro de paro o la renta mínima de inserción está muy bien, el dilema es cómo financiarlos cuando los Estados se quedan sin margen de maniobra para recaudar o endeudarse más. En este punto muerto es donde nos encontramos ahora, sin opciones convencionales ante una crisis sistémica que ha expulsado del ciclo de trabajo-producción-renta-consumo a millones de trabajadores en todo el mundo. En España, cinco millones. ¿Qué hacer para evitar la implosión del sistema?. Esa es la cuestión, la “patata caliente” que tiene sobre la mesa el futuro nuevo gobierno.

27 de agosto de 2011

¡¡Necesitamos una nueva mente!!

A continuación reproduzco la entrevista que me hizo Ignacio Tomás (Arkesis) dentro del espacio de opinión Satélite Orbital de La Red Comarcal - Diario Online de La Hoya de Buñol-Chiva, Requena-Utiel, Valle de Ayora-Cofrentes y El Camp de Turia. Que la disfruten.

En Buñol hay mucho comunista ¿Les gustará la teoría de sistemas?...

Sí, si por comunista entendemos alguien que está familiarizado con la obra de Karl Marx. Desde mi punto de vista Marx fue un pensador sistémico, esto es, alguien que busca la estructura sistémica subyacente a los hechos. De algún modo fue un pionero de la teoría de sistemas en tanto en cuanto buscó isomorfismos, esto es, estructuras sistémicas semejantes, en su estudio de la evolución de los modos de producción y su impacto en la estructura social y en última instancia en la generación y justificación de la ideología dominante. Esencialmente, un pensador sistémico intenta ir más allá de las apariencias y busca isomorfismos que conduzcan a estructuras sistémicas generadoras de patrones de conducta que expliquen los hechos que observamos.

Ya, pero Marx está superado, ¿o no?...

Aunque Marx está superado en algunos aspectos, por ejemplo su idea de crecimiento comulgaba implícitamente con las hipótesis más arraigadas del siglo XIX de que no había límites físicos o medioambientales al crecimiento y hoy sabemos que esos límites existen. Sin embargo en estos tiempos que corren puede ser muy útil releer a Marx, pues ya anticipaba que el sistema económico que estudió profundamente, la génesis y desarrollo del Capitalismo, nuestro sistema, tiene el germen de su autodestrucción porque llegado un punto crítico no se puede seguir trasladando ingresos del trabajo al capital sin tener un exceso de capacidad y una falta de demanda agregada, algo que veía Marx como una transferencia de los salarios a las ganancias, algo que virtualmente se alcanzó en la crisis de 1990-1991, cuando se rompió la tendencia de recuperación del empleo tras una recesión.

Hasta entonces los modelos estadísticos predecían que tras una recesión, incluso con la conocida crisis del petróleo del año 1973, se producía una recuperación del crecimiento y tras dos-tres trimestres se volvía a recuperar el empleo perdido en la recesión, incluso creando empleo nuevo. Pues bien, desde principios de los 90’s esa tendencia se rompió y la recuperación del empleo es mucho más tardía, del orden de seis veces o más. Es decir, se podía hacer crecer la economía a golpe de incrementos de productividad y también de ingeniería financiera, apalancamiento, incentivos distorsionados, activos sobrevalorados, deuda y mucha “exuberancia irracional” sin crear empleo neto. Con las consecuencias que ya sabemos, claro, pues este crecimiento es ficticio y dura lo que dura (¿Por qué colapsan las pirámides financieras?).

O sea, ¿de aquellos polvos, estos lodos?...

Así es. Era la primera vez en la historia que esto sucedía: crecer sin crear empleo. En este punto, algo comenzó a resquebrajarse en el sistema. También comenzó a tambalearse el “pacto social” implícito y explícito entre trabajo y capital tras las terribles guerras mundiales.

Esto, que podría verse como una liberación humana, la liberación del trabajo productivo y en consecuencia el despliegue de fuerzas creativas del hombre y la mujer, tiene una consecuencia fatal para el propio sistema tal como está concebido: la generación de un desempleo estructural imposible de reducir desde los parámetros del propio sistema, pues el desempleo impacta directamente en el consumo provocando una reacción en cadena, una espiral autoalimentada: más desempleo -> menos consumo -> menos ventas -> menos ingresos fiscales -> más déficit -> más deuda y, en fin, menos crecimiento, más desempleo y vuelta a empezar. Es cierto que el sistema ha intentado todos los parches posibles para, sin tocar su principal contradicción (la bipolaridad trabajo-capital), romper la falta de crecimiento a golpe de intervenciones militares, crédito a mansalva y burbujas, primero las puntocom, después la subprime y la inmobiliaria, y ahora toca la burbuja de los países emergentes, que también acabará por explotar, y cuando lo haga...

¿Qué nos depara el futuro, sistémicamente hablando?...

Nos espera un futuro asimétrico, con una minoría de pudientes y una mayoría empobrecida. Un futuro donde el consumo de la minoría pudiente no va a compensar el reducido consumo de la mayoría empobrecida. Una asimetría en los sistemas productivos, con una sobrecapacidad en el lado de la producción y una insuficiente demanda por el lado del consumo. Un mundo asimétrico donde los poseedores de valiosas materias primas (las commodities o mercancías sin apenas valor añadido) o de la mano de obra barata (que, desgraciadamente no deja de ser otra mercancía dentro del sistema) necesitan que “otros”, que nos las tienen pero son “ricos” (o eran “ricos”) las consuman y “tiren del carro de la economía mundial” a un ritmo que ya no va a ser el de antes por la imposibilidad estructural que antes he comentado y porque eso que algunos han anunciado del desacoplamiento (decoupling) entre los países emergentes (los BRIC, o sea, Brasil, Rusia, India y China principalmente) y los países más desarrollados (USA, UE y Japón principalmente) no es creíble en la medida que existe una elevada interdependencia sistémica como ya expliqué en otro lugar (Lotka-Volterra: Interdependencia Sistémica). Estamos pues ante un punto de ruptura, una encrucijada histórica.

En consecuencia, nos espera un futuro de bajo o nulo crecimiento, cuando no decrecimiento. Un futuro de desacoplamiento cada vez mayor entre la economía financiera y la economía real. Un futuro lleno de deudas, públicas y privadas, que costará generaciones purgar, con el agravante del desempleo estructural, algo inédito en la historia del sistema, que siempre había “ido a más” y ahora le toca “ir a menos”, como acertadamente nos recuerda el economista y catedrático de Estructura Económica de la Universidad Ramón Llull, Santiago Niño Becerra en su reciente obra (El crash del 2010).

En este sentido el riesgo de autodestrucción del sistema es real, como afirma el afamado economista y profesor de la Universidad de Nueva York, Nouriel Roubini: “Los mercados no están funcionando. (Porque) lo que es individualmente racional es que cada empresa quiere sobrevivir y prosperar, y eso significa recortar costes laborales aún más, (pero) mis costes laborales son los ingresos laborales y el consumo de otros. Por eso es que es un proceso de autodestrucción”.

Una visión muy negativa, ¿no crees?...

Podría decir, “es lo que hay”. Me limito a constatar la realidad. No hay duda que también hay aspectos, digamos constructivos, por ejemplo la conciencia de interdependencia sistémica que está emergiendo en el mundo. Estas asimetrías que he comentado y otras que van a surgir, crean tensión social, es cierto, pero también agudizan la inteligencia humana para superar los problemas.

Estoy convencido que tras este sistema, emergerá otro sistema, no sabemos si por evolución o por revolución, del que todavía no sabemos muy bien cómo funcionará, aunque algunas cosas si podemos intuir, por ejemplo, que el nuevo sistema tratará de salvaguardar los avances científico-técnicos y el conocimiento más genuinamente humano. No creo que volvamos a cometer, como especie, la locura de incendiar el equivalente contemporáneo a la Biblioteca de Alejandría. También creo que el futuro sistema transcenderá la bipolaridad trabajo-capital. Lo que no sé es si será mejor o peor para el conjunto de la humanidad. Quiero pensar que mejor, pero…

Entonces el pensamiento sistémico sirve para interpretar la realidad pero no para transformarla, ¿es así?...

Podría parecerlo si hacemos foco en el acto de pensar como algo pasivo, exento de acción, pero el pensamiento sistémico sirve para ambas cosas: para interpretar la realidad, la realidad profunda tras los hechos y a partir de ese conocimiento preciso proponer los mejores “puntos de apalancamiento” donde con el mínimo esfuerzo, esto es, con la mayor efectividad, intervenir en un sistema para cambiarlo.

Para los sistémicos, los mejores “puntos de apalancamiento” se encuentran en los modelos mentales, los paradigmas que usamos los que estamos inmersos en un sistema. Como diría Albert Einstein: “No podemos solucionar los problemas con la misma mente que los ha creado”. Por eso deberíamos reivindicar: ¡¡Necesitamos una nueva mente!!.

En este sentido, la irrupción de Internet y las redes sociales, es un “punto de apalancamiento” crucial porque supone la creación fáctica de una red neural del planeta Tierra. Basta darse cuenta de los fenómenos acaecidos este mismo año 2011 en el norte de África o aquí mismo el movimiento 15-M para darse cuenta del impacto que tiene la comunicación interactiva, horizontal, de todos a todos, rompiendo así el paradigma imperante de la comunicación vertical, de uno a todos. Decididamente es tiempo de transparencia y de comunicar a los ciudadanos la verdad de lo que está pasando.

¿La teoría de juegos sirve para entender la crisis?...

Sí, por supuesto. Enlazo con esta afirmación de Roubini en una reciente entrevista al The Wall Street Journal: “Lo que es individualmente racional (reducir mis costes y gastos laborales) genera un círculo vicioso (una conocida estructura sistémica) donde las empresas no contratan porque no hay demanda final, pero si no contratan trabajadores no hay ingresos por trabajo, no hay confianza por parte de los consumidores, no hay suficiente consumo y al final no hay demanda final”. Al final el sistema entra en “parada técnica”. Para saber más sobre Círculos Viciosos y Virtuosos: Cuento sistémico de verano I y Cuento sistémico de verano II.

Es lo que estuvimos a punto de vivir en Septiembre de 2008, aunque desde Agosto de 2007 comenzaron los primeros síntomas (Una lectura sistémica de la crisis financiera), una verdadera crisis sistémica con epicentro en las famosas subprime y la quiebra del banco de inversión Lehman Brothers que estuvo cerca de colapsar el sistema y que únicamente nos “salvó del abismo” el más de lo mismo (otra estructura sistémica), o sea, más deuda, desplazando la solución hacia el futuro (otra estructura sistémica), hacia nuestros hijos y nietos. Es decir, una vulgar “patada para adelante”, que también es una manera bastante explícita de confirmar que el sistema, tal como lo conocemos, está agotado. Y, lo que resulta más inquietante: al sistema apenas le queda margen de maniobra para rescatarse a sí mismo de otro exceso de riesgo sistémico como el que vivimos, cuando hubo que rescatar con dinero público a varias decenas de entidades “demasiado grandes para caer”, con el consiguiente “riesgo moral” que conlleva salvar a quien probablemente ha incurrido en un riesgo temerario abusando de su posición sistémica (Gallinas en Wall Street: riesgo sistémico vs. riesgo moral).

O como diría Roubini: “nos hemos quedado sin más conejos que sacar (de la chistera)”, entre otras cosas porque, hoy, las recetas al uso de estimular la economía con la expansión cuantitativa o manteniendo tipos de interés próximos a cero ya no generan empleo, como dicen los “viejos manuales”, por dos razones fundamentales: (a) el crédito no fluye como antes hacia la economía real porque la mayoría de entidades financieras están gripadas a causa de los excesos cometidos en las burbujas, intoxicadas con deuda soberana de dudoso cobro (recordemos que, aunque parezca lo contrario, en realidad no se rescata a los países deudores, sino a las entidades acreedoras) y “pasándose de frenada” (antes todo lo contrario) a la hora de conceder préstamos a empresas y particulares sobreapalancados, y (b) el crédito que logra fluir a la inversión productiva se destina a incrementar la productividad, la automatización o la deslocalización, no el empleo masivo, porque, hoy en día, como diría Niño Becerra, “hay una cantidad de factor trabajo que no es necesario”, es decir, hay factor trabajo que es irrecuperable aunque se liberalice al máximo la contratación laboral pues en adelante se contratará el factor trabajo conveniente para generar el PIB necesario en cada momento.

En último término es un problema irresoluble dentro de los límites del propio sistema, pues implica un conflicto entre los intereses a corto plazo (buscar el máximo beneficio) frente al largo plazo (ser sostenible evitando su autodestrucción), como acertadamente ha señalado el sociólogo Immanuel Wallerstein.

Buscando isomorfismos con la teoría de juegos este fenómeno se puede estudiar con el conocido “dilema del prisionero” y tiene muy mal arreglo si actuamos unilateralmente como demostró John Nash, el célebre matemático ganador de un premio Nobel de Economía del que se hace un retrato bastante preciso en la conocida película “Una mente maravillosa” (Equilibrio de Nash y Pensamiento Sistémico).

¿De qué va este dilema?...

El dilema del prisionero tiene la virtud de que es muy ilustrativo, fácil de entender y muy profundo del conocimiento de la naturaleza (debilidades) humanas. En este sentido es estructuralmente similar al conflicto nuclear del sistema: la bipolaridad trabajo-capital. Además, es uno de los problemas más y mejor estudiados en Matemáticas Aplicadas.

Imaginemos a dos presos preocupados porque no quieren ir al a cárcel. Han cometido un delito, pero no hay pruebas suficientes para condenarlos, así que la policía opta por interrogarlos por separado (como es habitual) y proponerles el siguiente trato:

- Si delatas a tu compañero (y tu compañero no lo hace), él cumplirá una pena de 10 años, y tú sales libre.

- Si tu compañero te delata (y tú no), serás tú el que cumpla los 10 años, y él saldrá libre.

- Si ambos os delatáis, seréis condenados a 6 años cada uno.

- Si ambos calláis, vuestra condena será de 6 meses para cada uno.

Puesto en una tabla, es más fácil de tener una visión de conjunto del dilema:


Como podemos ver, el resultado final depende de ambas elecciones, simultáneas, pues ninguno sabe qué decidirá el otro. Es entonces cuando entran conceptos como la confianza o la traición. Esta es también la esencia del problema de la interdependencia sistémica en la que nos encontramos en un mundo interconectado y post-global, donde todo está conectado con todo.

Si miramos a favor del grupo, del conjunto, la mejor opción es la de callar, y que el otro piense de la misma forma. De este modo “ganamos” la pena mínima, seis meses cada uno. Pero el problema es que no conocemos lo que el otro desea. Y si el otro es un delincuente…

Sí, como dice el refrán, “piensa el ladrón…”...

Exacto. Por ese motivo, lo más probable, dada la condición humana, es que no confiemos en el otro, ya que seguro que no quiere estar ni un mes en la cárcel. Y no queremos estar 10 años en la cárcel, ¿verdad?. Así que confesaremos que fue él. Pero él seguramente ha pensado lo mismo, con lo que nos vamos a la opción de cumplir ambos 6 años. Este es un “equilibrio de Nash” (un modo de decir que en ese punto hay una solución estable, aunque esto no significa que sea la más satisfactoria para el conjunto), ya que acabaremos en este punto, siempre.

Ahora bien, si bien es cierto que si “jugamos una sola vez” terminaremos así, cuando se juega repetidas veces, existe la posibilidad de otro “equilibrio de Nash” más prometedor: cooperar. Esto lo demostró hace tiempo un matemático llamado Anatol Rapoport que se planteó en los años sesenta la misma pregunta en un concurso de estrategias de resolución del “dilema del prisionero” con repetición.

Su estrategia resultó ganadora siendo sorprendentemente sencilla. La llamó “Tit-for-Tat”, algo así como “donde las dan, las toman”, similar al bíblico “ojo por ojo, diente por diente” y consiste en empezar cooperando y después imitar la última respuesta del adversario. Así de simple. Las cuatro características básicas de esta estrategia son: (a) amabilidad (nunca es la primera en iniciar hostilidades), (b) compasión (el rencor no le dura demasiado), (c) proporcionalidad (la respuesta debe ser proporcional a la provocación) y (d) capacidad de respuesta (no deja de contestar ninguna provocación).

Ya, pero se supone que el “ojo por ojo” nos mete en una espiral de violencia...

Es cierto. El “Tit-for-Tat” tiene un problema: es una estrategia demasiado provocable. Como sucede en el conflicto Palestino-Israelí desde hace décadas. Respondiendo a cada agresión con otra agresión de igual o mayor intensidad. ¿Qué sucede si ambos jugadores practican el “Tit-for-Tat” y uno de ellos tiene una percepción equivocada de la última jugada del otro?. Pues que ambos jugadores se meterán en un “callejón sin salida”. No habrá forma de decir “¡Basta!”. Por esto, ante la posibilidad de que haya errores de interpretación hay que tener cierta capacidad para perdonar, de ahí el “estratégico” consejo cristiano de “poner la otra mejilla”. Se necesita una estrategia que combine inteligentemente indulgencia y castigo: (a) indulgencia, cuando la falta de cooperación parezca una excepción, (b) castigo, cuando la falta de cooperación parezca la regla.

Que es justamente lo que les falta a Palestinos e Israelíes...

Correcto. Volviendo al problema de la crisis y la principal contradicción del sistema, nos encontramos con un “dilema del prisionero”: un consumo en caída libre, derivado básicamente por dos factores: desempleo estructural y bajos salarios (mileurismo y undermileurismo). En principio esto (reducción de costes laborales unitarios para ser más competitivos y exportar más) aumenta las ganancias del capital, a corto plazo. Sin embargo, a largo plazo, como estructuralmente el capital tiende a hacer lo mismo en todas partes, este “patrón de conducta” (mirar exclusivamente por su beneficio cortoplacista, como les sucede a los presos del dilema) perjudica al propio capital (si todos reducen sus costes y todos quieren exportar, ¿quién va a comprar?), pues la reducción de la demanda agregada termina afectando a los beneficios y disipando la acumulación del capital, al igual que nadie puede levantarse tirándose de los cordones de los zapatos.

Otro pensador, el célebre economista John Maynard Keynes se dio cuenta de este problema y sugirió que la demanda agregada fuera sostenida por el Estado con políticas fiscales e inversión pública, o sea, con deuda. Era una buena solución para el momento, tras la gran depresión y una horrible guerra mundial, cuando todo podía “ir a más”, las materias primas eran abundantes y baratas y no había esos “problemillas” de la deuda soberana, los “límites del crecimiento”, el probable “peak oil” (pico en la extracción de petróleo), el calentamiento global y la contaminación de la biosfera (La nave Tierra no tiene tubo de escape).

El problema es que hoy, con unos Estados, empresas y familias con su capacidad de endeudamiento agotada es insostenible hacer políticas keynesianas, incluido el “truco del almendruco” de generar inflación para reducir deuda más rápidamente y el “cambio de cromos” de generar déficit a cambio de algo de crecimiento. De ahí la crisis, también, en el seno de las ideas políticas de izquierda, en su mayoría de obediencia keynesiana y que le impiden ser algo más que el “taller de reparaciones del capitalismo” como perspicazmente alguien ha escrito. Tampoco desde el lado conservador se encuentran salidas eficaces que vayan más allá de sus conocidos mantras de reducir el tamaño del Estado, reducir los impuestos y la vuelta al déficit cero (aunque miren para otro lado cuando ese mismo Estado se endeuda para rescatar a las “entidades demasiado grandes para caer”) y sin siquiera entender la interdependencia sistémica entre deuda, déficit y crecimiento (La trampa de la deuda).

Definitivamente la situación es de una complejidad tal que supera a los “viejos manuales” de derecha o izquierda. Decididamente hay que repensar el sistema desde sus fundamentos, sabiendo que mientras tanto lo único que se puede hacer son cuidados paliativos, y siguiendo con el isomorfismo anterior, en un contexto post-global estas soluciones deben venir por el lado de la multilateralidad, no de la unilateralidad, es decir, de la cooperación y coordinación internacional para resolver una crisis que es sistémica, no coyuntural (Reflexiones para una crisis sistémica), aunque me temo que la clase política actual, siguiendo los “viejos manuales” no está preparada para entender lo que está pasando y mucho menos de gestionar la crisis a la velocidad a la que van a suceder los acontecimientos cuando se alcance el punto de ruptura en el que quedará patente que los poderes políticos y económicos ya no controlan nada. Será necesario un impulso dinámico para apartarse de los caminos trillados y proponer movimientos audaces hacia decisiones que regeneren la economía financiera y permitan posicionar a la economía real en el centro de la actividad política. El “nuevo manual” no existe, hay que crearlo partiendo de muy pocas certezas, porque las certezas del “viejo manual” ya no sirven. Hace falta por tanto un ejercicio de creatividad y anticipación fuera de lo común en nuestra clase política y económica, acostumbrada a la certidumbre de lo previsible, la repetición del pasado y a “prolongar la recta” en sus modelos, incapaces de entender fenómenos que escapan a esa anticuada lógica en un mundo, el presente, diferente al que reflejan sus modelos (El cisne negro de Nassim Nicholas Taleb). Decididamente hoy más que nunca es necesario un enfoque sistémico en la gobernanza global.

Quiero pensar que el sistema, que no es un ente ajeno, distante o anónimo sino la suma de muchas decisiones individuales que tejemos entre todos, todos los días, terminará por cambiar de juego cuando exista la conciencia colectiva suficiente (masa crítica) que alcance la comprensión de la imposibilidad de engañar a la Naturaleza (no se puede crecer indefinidamente en un planeta finito) y engañarnos a nosotros mismos con falsos valores (el dinero no puede ser la medida de todas las cosas). Decididamente otro mundo es posible, un mundo en el que, como decía Donella Meadows: “pese a existir límites al crecimiento en este planeta finito, no tiene por qué haber límites al desarrollo”.

Para terminar, unas preguntas rápidas. Te pido brevedad.
Y la salida a la crisis es...


No tengo recetas precocinadas, pero en la medida que todos los que estamos inmersos en el mismo sistema, por acción u omisión, tenemos algo que decir y qué hacer para cambiarlo, principalmente porque el tren está en marcha y decir “que pare el tren que yo me bajo” no es una opción. La inercia del sistema es muy grande, pero más grande es nuestra capacidad humana de cambiar cuando vemos el abismo de cerca (Para salir de la crisis).

¿El Universo es caótico?...

El universo es creativo. La teoría del caos nos enseña que los sistemas “en el borde del caos” se comportan de manera auto-organizada, esto es, que exhiben “patrones de conducta” que podríamos calificar de creativos, aún tratándose de sistemas no vivientes, en el sentido convencional del término: el planeta Tierra (teoría Gaia) o el sistema solar (teoría de Poincaré sobre el problema de los tres cuerpos).

¿Dios es matemático?...

Pienso que la idea de Dios es una construcción humana. En esto soy muy escéptico, en el sentido de un Richard Dawkins. Sin embargo no me atrevería decir lo mismo de la experiencia espiritual. El hecho de practicar Zen, aunque sin adscripción alguna, me abre otras perspectivas al fenómeno religioso. Sí, podría decir que la experiencia espiritual es matemáticamente hablando como el infinito, algo inconmensurable que no podemos encerrar en un concepto limitado, y la idea de Dios como el símbolo (lemniscata), es decir, algo acotado y manejable que lo representa. Hay una intuición muy profunda en la tradición del pueblo hebreo cuando al expresar la idea de Dios le pusieron el nombre YHWH, algo impronunciable e irrepresentable.

¿Quedan misterios por descubrir?...

Todos, aunque hay tres que me fascinan. El misterio de lo infinitamente grande, como el Universo donde habitamos. El misterio de lo infinitamente pequeño, como las partículas subatómicas y el enorme vacío existente. Y el misterio de la conciencia humana. Paradójicamente, cuanto más sabemos más ahondamos en la profundidad de nuestra ignorancia.

¿Hay vida más allá de las matemáticas?...

Por supuesto. La teoría de sistemas y el pensamiento sistémico nos enseñan a no despreciar ningún conocimiento humano por muy alejado que esté de nuestras limitadas preferencias. La idea de isomorfismo es clave para entender que cualquier conocimiento en una disciplina científica puede trasladarse y enriquecer e iluminar a otras áreas del saber. En este sentido me apasiona la Psicología, Neurociencias, Epistemología, Antropología, Arqueología, Economía, Ecología, Sociología, Polemología, Biología y Paleontología evolutivas, Astrofísica, Mecánica Cuántica incluso Teología, Sufismo o Budismo Zen. La idea de transdisciplinariedad late en el corazón mismo del pensamiento sistémico. Es su esencia.


1 de noviembre de 2010

Futuros del Mundo (y IV)

El Mundo en nuestras manosNuestro aprendizaje de los sistemas y nuestro propio trabajo en el mundo han corroborado a nuestro juicio dos propiedades de los sistemas complejos que son importantes para la clase de revolución profunda de que estamos hablando.

En primer lugar, la información es un factor clave de la transformación. Esto no significa necesariamente más información, mejores estadísticas, mayores bases de datos o Internet, aunque todos estos elementos pueden desempeñar un papel. Significa información relevante, estimulante, seleccionada, potente, oportuna y exacta que fluya por nuevos canales a nuevos receptores, que trasmita nuevos contenidos, sugiera nuevas reglas y objetivos (reglas y objetivos que a su vez son información). Cuando cambien sus flujos de información, todo sistema se comportará de modo distinto. La política de glasnost, por ejemplo -la simple apertura de canales de información que habían estado cerrados durante mucho tiempo en la Unión Soviética-, garantizó la rápida transformación de Europa Oriental más allá de las expectativas de todos. El antiguo sistema se había mantenido gracias a un estricto control de la información. La desaparición de este control desencadenó la reestructuración total del sistema (turbulenta e impredecible, pero inevitable).

En segundo lugar, los sistemas se resisten con fuerza a los cambios de sus flujos de información, especialmente de sus reglas y objetivos. No es extraño que quienes se benefician del sistema actual se opongan activamente a tal revisión. Arraigadas camarillas políticas, económicas y religiosas pueden inhibir casi por completo los intentos de un individuo o de un pequeño grupo de funcionar con reglas diferentes o de alcanzar objetivos distintos de los sancionados por el sistema. A los innovadores se les puede ningunear, marginar, ridiculizar, denegar la promoción o recursos o tribunas públicas. Pueden ser anulados literal o figuradamente.

Sin embargo, sólo los innovadores -que perciben la necesidad de nuevas informaciones, nuevas reglas y nuevos objetivos, que hablan y escriben de ello y experimentan con estas innovaciones- pueden introducir los cambios que transforman los sistemas. Este importante aspecto queda claramente expresado en una cita que muchos atribuyen a Margaret Mead: «No niegues nunca el poder de un pequeño grupo de individuos decididos para cambiar el mundo. De hecho, esto siempre ha sido así».

Hemos aprendido por las malas lo difícil que es vivir con moderación material en un sistema que espera, exhorta y recompensa el consumo. Pero uno puede llegar muy lejos por el camino de la moderación. No es fácil usar energía de modo eficiente en una economía que genera productos energéticamente ineficientes. Pero uno puede elegir, o inventar si es preciso, modos más eficientes de hacer las cosas y de paso mostrárselas a otros.

Ante todo es difícil comunicar información de nuevo tipo en un sistema que está estructurado para escuchar únicamente la vieja información. Intente el lector alguna vez poner en duda en público el valor del crecimiento, o siquiera hacer una distinción entre crecimiento y desarrollo, y verá qué queremos decir. Hace falta valor y claridad para cuestionar un sistema establecido. Pero es posible hacerlo.

En nuestra búsqueda de vías para impulsar una reestructuración pacífica de un sistema que, como es natural, se resiste a su propia transformación, hemos probado muchos instrumentos. Los que son evidentes están expuestos en este libro: análisis racional, recopilación de datos, enfoque sistémico, modelización informática y las palabras más claras que somos capaces de encontrar. Se trata de instrumentos de los que cualquier persona con formación científica o económica echaría mano automáticamente. Como el reciclado, son útiles y necesarios, pero no suficientes.

No sabemos qué será suficiente. Pero quisiéramos concluir mencionando otros cinco instrumentos que también consideramos útiles. Presentamos y comentamos esta lista por primera vez en nuestro libro de 1992. Nuestra experiencia desde entonces ha confirmado que estos cinco instrumentos no son opcionales; son características esenciales de cualquier sociedad que espera sobrevivir a largo plazo. Los presentamos de nuevo aquí, en nuestro capítulo de conclusiones, sin pretender que sean «los modos de trabajar por la sostenibilidad, sino algunos modos».

¿Cuáles son esos instrumentos que abordamos con tanta cautela?

Son éstos: visión, coordinación, verdad, aprendizaje y amor.

Parece poca cosa, vista la enormidad de los cambios necesarios. Pero cada uno de estos elementos se mueve dentro de una red de ciclos positivos. De este modo, su aplicación tenaz y coherente, al comienzo por un grupo de personas relativamente pequeño, tendría el potencial de generar un cambio enorme, incluso de poner en tela de juicio el sistema actual, quizá contribuyendo a producir una revolución.

«La transición a una sociedad sostenible podría verse facilitada -dijimos en 1992- por el simple uso de palabras como éstas con mayor frecuencia, con franqueza y sin pedir excusas, en los flujos de información del mundo.» Pero nosotros mismos las utilizamos en su momento excusándonos, sabiendo cómo las recibirían la mayoría de personas.

Muchos de nosotros nos sentimos incómodos si pensamos en tener que basarnos en instrumentos tan «blandos» cuando está en juego el futuro de nuestra civilización, máxime cuando no sabemos cómo realizarlos en nosotros mismos o en otros. De modo que tendemos a desecharlos y pasamos a hablar de reciclado, de comercio de emisiones, de la preservación de la vida salvaje o de otros elementos necesarios de la revolución de la sostenibilidad; aunque insuficientes, al menos sabemos cómo manejarlos.

Así que hablemos de los instrumentos que todavía no sabemos cómo utilizar, pues la humanidad ha de aprender rápidamente a manejarlos.

Visión

Tener una visión es imaginar, primero en términos generales y después de modo cada vez más concreto, lo que uno realmente quiere. Es decir, lo que uno realmente quiere, no lo que otro le ha dicho que debe querer ni lo que uno ha aprendido a estar dispuesto a conseguir. Tener una visión significa soltar las ataduras de la «viabilidad», del descrédito y de pasados desencantos y dejar que la mente se meza en sus sueños más nobles, edificantes y queridos.

Algunas personas, sobre todo jóvenes, se dedican a las visiones con entusiasmo y facilidad. Otras encuentran que el ejercicio de tener visiones es terrible o doloroso, porque un cuadro deslumbrante de lo que podría ser hace que lo que es resulte todavía más intolerable. Algunas personas nunca admiten sus visiones, por temor a que les consideren poco prácticas o «ilusas». A éstas les costaría leer este apartado, suponiendo que se pusieran a leerlo. Y algunas personas han quedado tan escarmentadas por su experiencia que sólo saben explicar por qué cualquier visión es imposible. Esto está bien; los escépticos también hacen falta. La visión ha de ser disciplinada por el escepticismo.

Tendríamos que decir inmediatamente, a favor de los escépticos, que no creemos que una visión haga que algo ocurra. La visión sin acción no sirve de nada. Pero la acción sin visión carece de orientación y es débil. La visión es absolutamente necesaria para guiar y motivar. Más aún, la visión, cuando es ampliamente compartida y se mantiene firmemente en el punto de mira, sí crea nuevos sistemas.

Decimos esto en sentido literal. Dentro de los límites del espacio, el tiempo, los materiales y la energía, las intenciones humanas visionarias no sólo pueden generar nueva información, nuevos ciclos de realimentación, nuevos comportamientos, nuevos conocimientos y nuevas tecnologías, sino también nuevas instituciones, nuevas estructuras físicas y nuevos poderes dentro de los seres humanos. Ralph Waldo Emerson reconoció esta profunda verdad hace ciento cincuenta años:
Cada país y cada persona se rodean al instante de un aparato material que se corresponde exactamente con su condición moral o su pensamiento. Obsérvese cómo cada verdad y cada error, todos ellos fruto de la mente de una persona, se reviste de sociedades, casas, ciudades, lenguaje, ceremonias, periódicos. Obsérvense las ideas de hoy [...] y véase cómo cada una de estas abstracciones se ha sustanciado en un aparato imponente dentro de la comunidad, y cómo la madera, el ladrillo, la arcilla y la piedra han confluido en una forma conveniente, obedeciendo a la idea maestra que reina en las mentes de muchas personas... De esto se desprende, desde luego, que el mínimo cambio en la persona hará que cambie su circunstancia; la mínima ampliación de sus ideas, la mínima mitigación de sus sentimientos con respecto a otras personas [...] originaría los cambios más sorprendentes en las cosas externas.

Coordinación

No podríamos llevar a cabo nuestro trabajo sin coordinadnos en red. La mayoría de las redes a que pertenecemos son informales. Tienen presupuestos reducidos, si es que tienen uno, y muy pocas de ellas aparecen en los índices de organizaciones internacionales. Son casi invisibles, pero sus efectos no son insignificantes. Las redes de coordinación informales transmiten la información de la misma manera que las instituciones formales, pero a menudo de modo más eficiente. Son el hogar natural de la nueva información y a partir de ellas pueden evolucionar nuevas estructuras del sistema.

Algunas de nuestras redes de coordinación tienen un carácter muy local, otras son internacionales. Algunas son electrónicas, otras implican a personas que se miran a la cara todos los días. Cualquiera que sea su forma, están constituidas por personas que comparten un interés por un aspecto determinado de la vida, que se mantienen en contacto y se transmiten datos, instrumentos, ideas y aliento, que se quieren, respetan y apoyan mutuamente. Uno de los propósitos principales de una red consiste simplemente en recordar a sus miembros que no están solos.

Una red carece de jerarquía. Es un tejido de conexiones entre iguales, que se sostiene no por la fuerza, el deber, incentivos materiales o un contrato social, sino por valores comunes y el entendimiento de que algunas tareas pueden llevarse a cabo conjuntamente, ya que por separado nunca se realizarían.

Conocemos redes de agricultores que intercambian métodos orgánicos de control de plagas. Hay redes de coordinación de periodistas ecologistas, arquitectos «verdes», modeladores informáticos, diseñadores de juegos, fondos fiduciarios de tierras, cooperativas de consumidores. Existen miles y miles de redes que se han desarrollado a medida que personas con objetivos comunes se encontraron unas a otras. Algunas redes acaban estando tan ocupadas y devienen tan esenciales que se convierten en organizaciones formales con oficinas y presupuesto, pero la mayoría van y vienen según necesidad. Sin duda, Internet ha facilitado y acelerado la formación y el mantenimiento de redes de coordinación.

Las redes dedicadas a la sostenibilidad a escala tanto local como mundial son especialmente necesarias para crear una sociedad sostenible que armonice con los ecosistemas locales manteniéndose al mismo tiempo dentro de los límites planetarios. Aquí podemos decir poca cosa de las redes de coordinación locales; unas localidades son distintas de otras. Una función de las redes locales consiste en ayudar a restablecer el sentido de comunidad y relación con el lugar, un sentido que se ha perdido en gran medida desde la Revolución Industrial.

En lo que respecta a las redes de coordinación mundiales, quisiéramos hacer un voto por que sean realmente mundiales. Los medios de participación en los flujos de información internacionales están tan mal distribuidos como los medios de producción. Hay más teléfonos en Tokio, dicen, que en toda África. Esto debe de ser todavía más cierto si hablamos de ordenadores, aparatos de fax, conexiones aéreas e invitaciones a reuniones internacionales. Pero una vez más el milagro de la inventiva humana parece aportar una solución sorprendente en forma de Internet y dispositivos de acceso baratos.

Verdad

No estamos más seguros de la verdad que cualquier otra persona. Pero a menudo sabemos distinguir una mentira cuando la escuchamos. Muchas mentiras son deliberadas, entendidas como tales tanto por quien habla como por la audiencia. Se expresan con el fin de manipular, engatusar, engañar, postergar acciones, justificar medidas que interesan, conquistar o mantener el poder o negar una realidad incómoda.

Las mentiras distorsionan el flujo de información. Un sistema no puede funcionar bien sí sus flujos informativos están corrompidos por mentiras. Uno de los principios más importantes de la teoría de sistemas, por razones que esperamos haber dejado claras en este libro, es que la información no debe ser distorsionada, aplazada o secuestrada.

«Toda la humanidad está en peligro -dice Buckminster Fuller- si cada uno de nosotros no se atreve, ahora y en adelante, a decir sólo la verdad y nada más que la verdad, y a hacerlo de inmediato, ahora mismos.» Siempre que se habla con alguien, en la calle, en el trabajo, ante una multitud, y especialmente a un niño, uno puede esforzarse por deshacer una mentira o afirmar una verdad. Se puede negar la idea de que poseer más cosas nos hace mejores personas. Se puede poner en duda la noción de que más para los ricos ayudará a los pobres. Cuanto más se pueda contrarrestar la desinformación, tanto más gestionable será nuestra sociedad.

Aprendizaje

La visión, la coordinación y la verdad no sirven de nada si no determinan la acción. Hay muchas cosas que hacer para convertir en realidad un mundo sostenible. Es preciso elaborar nuevos métodos de cultivo. Hay que poner en marcha nuevas empresas y rediseñar las antiguas para reducir su huella ecológica. Hay que restaurar tierras, proteger parques, transformar sistemas de energía, establecer acuerdos internacionales. Hay que promulgar leyes y abolir otras. Hay que enseñar a los niños, al igual que a los adultos. Hay que rodar películas, tocar música, publicar libros, crear páginas web, aconsejar a personas, orientar a grupos, eliminar subsidios, desarrollar indicadores de sostenibilidad y corregir precios para que reflejen el coste íntegro.

Todas las personas encontrarán su papel más idóneo en cualquiera de estos quehaceres. No somos quiénes para prescribir una función determinada a cualquier persona, salvo a nosotros mismos. Pero sí haremos una sugerencia: cualquier cosa que haga uno, que la haga con humildad. Que no la haga a modo de política inmutable, sino de experimento. Que aproveche su acción, cualquiera que ésta sea, para aprender.

Las profundidades de la ignorancia humana son mucho mayores de lo que la mayoría de nosotros estamos dispuestos a admitir. Esto es especialmente cierto en una época en que la economía mundial se funde en un todo más integrado que nunca, cuando esta economía está presionando sobre los límites de un planeta maravillosamente complejo y se requieren maneras de pensar totalmente nuevas. Hoy por hoy, nadie sabe lo suficiente. Ningún dirigente, por muy autorizado que se crea, comprende la situación. No hay que imponer ninguna política al mundo entero. Si uno no soporta perder, mejor que no juegue.

Aprender significa tener voluntad de ir lentamente, probar las cosas y de este modo recopilar información sobre los efectos de las acciones, incluida la crucial pero no siempre bienvenida información de que alguna acción no sirve. No se puede aprender sin cometer errores, contar la verdad sobre los mismos y seguir adelante. Aprender significa explorar un nuevo sendero con vigor y valor, estando abiertos a las exploraciones de otras personas en otros senderos y tener voluntad de cambiar de sendero si resulta que uno lleva más directamente al objetivo.

Los dirigentes del mundo han perdido tanto el hábito como la libertad de aprender. De alguna manera se ha establecido un sistema político en que los electores esperan que los líderes tengan todas las respuestas, que escojan a unas pocas personas para ser líderes, y esto los hace caer rápidamente si proponen remedios desagradables. Este sistema perverso socava la capacidad de liderazgo de la gente y la capacidad de aprender de los dirigentes.

Ha llegado el momento para nosotros de decir la verdad en esta cuestión. Los dirigentes del mundo no saben mejor que otros cómo hacer realidad una sociedad sostenible; la mayoría de ellos ni siquiera saben que es necesario hacerlo. Una revolución sostenible exige que cada persona actúe como un dirigente que aprende en algún nivel, desde la familia hasta la comunidad, el país y el mundo. Y exige que cada uno de nosotros apoyemos a los dirigentes dejándoles que admitan incertidumbres, lleven a cabo experimentos honestos y reconozcan los errores.

Nadie puede ser libre de aprender sin paciencia ni indulgencia. Pero en condiciones de extralimitación no queda mucho tiempo para la paciencia y la indulgencia. Encontrar el correcto equilibrio entre los aparentes antagonismos de la urgencia y la paciencia, la responsabilidad y la indulgencia, es una tarea que requiere compasión, humildad, clarividencia, honestidad y -la más difícil de las palabras, el aparentemente más escaso de todos los recursos- amor.

Amor

En la cultura industrial no nos está permitido hablar de amor salvo en el sentido más romántico y común de la palabra. Cualquiera que apele a la capacidad de la gente para practicar fraternalmente el amor, el amor a la humanidad en su conjunto, el amor a la naturaleza y a nuestro planeta que nos nutre, es más probable que sea ridiculizado que no tomado en serio. La diferencia más profunda entre los optimistas y los pesimistas es su postura en el debate acerca de si los seres humanos son capaces de actuar colectivamente sobre la base del amor. En una sociedad que desarrolla por sistema el individualismo, la competitividad y la inmediatez, los pesimistas son de lejos mayoría.

El individualismo y la cortedad de miras son los mayores problemas del sistema social actual, pensamos, y la causa más profunda de la insostenibilidad. El amor y la compasión institucionalizados en soluciones colectivas es la mejor alternativa. Una cultura que no cree en estas mejores cualidades humanas, las discute y desarrolla, sufre una trágica limitación de sus opciones. «¿Cuán buena puede ser la sociedad que permite la naturaleza humana? -se preguntaba el psicólogo Abraham Maslow- ¿Cuán buena es la naturaleza humana que permite la sociedad?.»

La revolución de la sostenibilidad tendrá que ser, sobre todo, una transformación colectiva que permita que se exprese y alimente lo mejor de la naturaleza humana, y no lo peor. Muchas personas han reconocido esta necesidad y esta oportunidad. Por ejemplo, John Maynard Keynes escribió en 1932:
«El problema de la escasez y la pobreza y la lucha económica entre clases y naciones no es nada más que un terrible galimatías, un galimatías transitorio e innecesario. Porque el mundo occidental ya tiene los recursos y la técnica, si pudiéramos crear la organización para usarlos, capaces de relegar el Problema Económico, que ahora ab-sorbe nuestra energía moral y material, a un lugar secundario... De este modo, no está lejos el [...] día en que el Problema Económico se ubicará en el asiento de atrás que le corresponde y [...] el foro del corazón y la cabeza estará ocupado... por nuestros problemas reales: el problema de la vida y las relaciones humanas, de la creación, el comportamiento y la religión.»

No es fácil practicar el amor, la amistad, la generosidad, la comprensión o la solidaridad en un sistema cuyas reglas, objetivos y flujos de información apuntan a cualidades humanas inferiores. Pero lo intentamos, y urgimos al lector a que lo intente. Seamos pacientes con nosotros mismos y con nuestros semejantes al hacer frente, nosotros y ellos, a las dificultades de un mundo que cambia. Comprendamos y asumamos la inevitable resistencia; porque hay resistencia, cierto apego a las vías de la insostenibilidad, dentro de cada uno de nosotros. Seleccionemos y confiemos en los mejores instintos humanos que hay en nosotros y en toda persona. Escuchemos el cinismo que nos rodea y compadezcámonos de quienes creen en él, pero no lo creamos nosotros mismos.

La humanidad no puede triunfar en la aventura de reducir la huella ecológica humana a un nivel sostenible si no emprende dicha aventura en un espíritu de cooperación mundial. El colapso no podrá evitarse si las personas no aprenden a verse a sí mismas y a otras como componentes de una sociedad mundial integrada. Esto requerirá compasión, no sólo con el aquí y ahora, sino también con lo distante y lo futuro. La humanidad tiene que aprender a amar la idea de dejar a las futuras generaciones un planeta vivo.

¿Es realmente posible todo lo que hemos defendido en este libro, desde el aumento de la eficiencia del uso de recursos hasta un gran ejercicio de compasión? ¿Puede realmente el mundo descender suavemente por debajo de los límites y evitar el colapso? ¿Es posible reducir la huella ecológica humana a tiempo? ¿Hay suficiente vi-sión, tecnología, libertad, comunidad, responsabilidad, previsión, dinero, disciplina y amor a escala mundial?

De todas las preguntas hipotéticas que hemos formulado en este libro, éstas son las más difíciles de responder, aunque muchas personas pretenderán tener la respuesta. Incluso nosotros, los autores, discrepamos a la hora de poner argumentos en uno u otro platillo de la balanza. La alegría ritual de mucha gente desinformada, especialmente los dirigentes mundiales, llevaría a decir que las preguntas ni siquiera son relevantes, que no existen límites significativos. Muchas de las que están informadas también están contagiadas del profundo cinismo que se halla justo una capa por debajo de la alegría pública ritual. Éstas dirían que ya existen graves problemas y que lo peor está todavía por venir, pero que no hay posibilidad alguna de resolverlos.

Ambas respuestas se basan, por supuesto, en modelos mentales. El quid de la cuestión es que nadie lo sabe.

No nos cansaremos de repetir -y así lo hemos hecho en este libro- que el mundo no se enfrenta a un futuro prefijado, sino a una elección. Tiene que elegir entre distintos modelos mentales, que lógicamente conducen a situaciones diferentes. Un modelo mental dice que este mundo no tiene, a efectos prácticos, ningún límite. Optar por este modelo mental favorecerá que todo continúe como si nada y llevará la economía humana todavía más allá de los límites. El resultado será el colapso.

Otro modelo mental dice que los límites son reales y que están cerca, que no queda tiempo suficiente y que la gente no puede ser moderada, responsable o compasiva. Por lo menos no a tiempo. Este modelo es como la profecía autocumplida: si los habitantes del planeta optan por creérselo, se demostrará que tenían razón. El resultado será el colapso.

Un tercer modelo mental dice que los límites son reales y que están cerca, y que en algunos casos ya se hallan por debajo de nuestros caudales productivos actuales. Pero que hay justo el tiempo suficiente y no hay que perderlo. Hay energía suficiente, material suficiente, dinero suficiente, resistencia ambiental suficiente y virtud humana suficiente para poner en práctica una reducción planificada de la huella ecológica de la humanidad: una revolución de la sostenibilidad hacia un mundo mucho mejor para la vasta mayoría.

Este tercer modelo bien podría resultar equivocado. Pero las pruebas que hemos visto, desde los datos recabados de todo el mundo hasta los modelos informáticos planetarios, indican que cabe la posibilidad de que se haga realidad. No hay otra manera de saberlo a ciencia cierta que intentarlo.


Extractos tomados de “Los límites del crecimiento 30 años después”. Donella Meadows, Jørgen Randers y Dennis Meadows.

26 de septiembre de 2010

Futuros del Mundo (III)

Herman Daly“El estado estacionario exigiría menos de nuestros recursos ambientales, pero mucho más de nuestros recursos morales”. Herman Daly.

La humanidad puede responder de tres maneras a las señales que indican que el uso de los recursos y las emisiones contaminantes han crecido más allá de sus límites sostenibles. Una de ellas es negar, disimular o confundir las señales. Este enfoque adopta muchas formas. Algunos afirman que no hay necesidad de preocuparse por los límites, que el mercado y la tecnología ya resolverán automáticamente cualquier problema.

Otros dicen que no conviene tratar de reducir la extralimitación hasta que haya un cúmulo de estudios complementarios. Y hay quienes pretenden trasladar los costes de su extralimitación a quienes se hallan muy lejos en el espacio o en el tiempo. Por ejemplo, es posible:

- Construir chimeneas más altas para que la contaminación atmosférica se vaya más lejos, donde tendrán que respirarla otros.
- Trasladar sustancias químicas tóxicas o residuos nucleares para su vertido en alguna región remota.
- Sobreexplotar los recursos pesqueros o forestales aduciendo la necesidad de mantener los puestos de trabajo o pagar las deudas ahora, al tiempo que se reducen las reservas naturales de las que dependen en última instancia los puestos de trabajo y los pagos de la deuda.
- Subvencionar industrias extractivas que dejan de ser rentables debido a la escasez.
- Buscar más recursos mientras se usan de modo ineficiente los que ya se han descubierto.
- Compensar el descenso de la fertilidad del suelo mediante la aplicación creciente de fertilizantes.
- Mantener bajos los precios a base de préstamos o subvenciones, de modo que no pueden aumentar en respuesta a la escasez.
- Emplear la fuerza militar, o amenazar con su uso, para asegurar la utilización de recursos que sería demasiado caro comprar.

Lejos de resolver los problemas que se derivan de una huella ecológica excesiva, estas respuestas no harán más que agravarlos.

Una segunda manera de responder consiste en aliviar las presiones de los límites a base de recetas tecnológicas o económicas. Por ejemplo, es posible:

- Reducir la cantidad de contaminación generada por kilómetro recorrido en automóvil o por kilovatio de electricidad generada.
- Utilizar los recursos de modo más eficiente, reciclarlos o sustituir los recursos no renovables por recursos renovables.
- Reemplazar funciones que solía desempeñar la naturaleza, como el tratamiento de aguas residuales, el control de avenidas o la fertilización del suelo a base de energía, capital humano y mano de obra.

Estas medidas son urgentemente necesarias. Muchas de ellas comportan un aumento de la ecoeficiencia y aliviarán las presiones durante un determinado plazo, comprando un tiempo esencial. Pero no eliminarán las causas de dichas presiones. Si se genera menos contaminación por kilómetro recorrido en automóvil pero se recorren más kilómetros, o se incrementa la capacidad de tratamiento de aguas residuales pero aumenta el caudal de residuos líquidos, lo único que se hace es posponer los problemas, pero no resolverlos.

La tercera manera de responder consiste en abordar las causas subyacentes, dar un paso atrás y reconocer que el sistema socioeconómico humano, tal como está estructurado actualmente, es imposible de gestionar, ha sobrepasado sus límites y está abocado al colapso; en suma, tratar de cambiar la estructura del sistema.

La expresión cambiar la estructura tiene a menudo connotaciones ominosas. Ha sido utilizada por revolucionarios con ánimo de derrocar el poder establecido, a veces lanzando bombas en el camino. Hay quien puede pensar que cambiar la estructura se refiere a las estructuras físicas, derribando las edificaciones viejas para construir nuevas. O podría interpretarse en el sentido de cambiar la estructura de poder, la jerarquía, la cadena de mando. A la luz de estas interpretaciones, el cambio de estructura parece una cosa difícil, peligrosa y amenazante para los que tienen poder económico o político.

En el lenguaje de sistemas, sin embargo, cambiar la estructura tiene poco que ver con derrocar a nadie, derruir estamentos o desmantelar burocracias. De hecho, hacer todo esto sin ningún cambio real de la estructura no tendrá más consecuencias que el hecho de que otras personas gasten tanto o más tiempo y dinero persiguiendo los mismos objetivos en edificios u organizaciones nuevas, pero produciendo los mismos resultados conocidos.

Desde el punto de vista de la dinámica de sistemas, cambiar la estructura significa cambiar la estructura de realimentación, los vínculos de información dentro de un sistema: el contenido y la actualidad de los datos con que han de operar los agentes del sistema y las ideas, objetivos, incentivos, costes y señales de realimentación que motivan o condicionan el comportamiento. El mismo conjunto de personas, organizaciones y estructuras físicas puede comportarse de modo totalmente distinto si los agentes del sistema son capaces de ver alguna buena razón para hacerlo y si tienen la libertad, tal vez incluso el incentivo, para cambiar. Con el tiempo, un sistema con una nueva estructura de información también cam-biará probablemente sus estructuras sociales y físicas. Puede desarrollar nuevas leyes, nuevas organizaciones, nuevas tecnologías, personas con nuevas cualificaciones, nuevos tipos de máquinas o edificios. Esta transformación no ha de estar dirigida necesariamente de modo centralizado; puede ocurrir sin estar planificada, de forma natural, evolucionaria, apasionante y alegre.

A partir de nuevas estructuras del sistema se desarrollan espontáneamente cambios profundos. Nadie tiene que caer en el sacrificio o la coacción, excepto quizás para impedir que personas con intereses creados omitan, distorsionen o restrinjan informaciones relevantes. La historia de la humanidad ha conocido varias transformaciones estructurales. La revolución agrícola y la Revolución Industrial son los ejemplos más profundos. Ambas comenzaron con nuevas ideas sobre el cultivo de alimentos, el dominio de la energía y la organización del trabajo. De hecho, como veremos en el capítulo siguiente, es el éxito de esas transformaciones del pasado el que ha plantado al mundo ante la necesidad de una nueva transformación, que llamaremos la revolución de la sostenibilidad.

La sociedad sostenible

En 1987, la Comisión Mundial de Medio Ambiente y Desarrollo expresó la idea de la sostenibilidad con palabras memorables: Una sociedad sostenible es una sociedad que «satisface las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las futuras generaciones para satisfacer sus propias necesidades».

Desde el punto de vista de la teoría de sistemas, una sociedad sostenible es una sociedad que cuenta con mecanismos informativos, sociales e institucionales que le permiten controlar los ciclos de realimentación positivos causantes del crecimiento exponencial de la población y el capital. Esto implica que la tasa de natalidad equivale más o menos a la tasa de mortalidad y que las tasas de inversión equivalen más o menos a las tasas de amortización, a menos o hasta que en virtud de cambios técnicos y decisiones sociales se justifique un cambio limitado y bien estudiado de los niveles de población o capital. Para ser socialmente sostenible, la combinación de población, capital y tecnología debería configurarse de manera que el nivel de vida material sea suficiente y seguro para todos y esté repartido equitativamente. Para ser sostenible desde el punto de vista material y energético, los caudales productivos de la economía deberían cumplir las tres condiciones de Herman Daly:

- La tasa de uso de recursos renovables no debe superar la tasa de regeneración de los mismos.
- La tasa de uso de recursos no renovables no debe superar la tasa de desarrollo de sustitutos renovables sostenibles de aquéllos.
- La tasa de emisión de contaminación no debe superar la capacidad de asimilación del medio ambiente.

Una sociedad así configurada, con una huella ecológica sostenible, sería tan diferente de la sociedad en que viven ahora la mayoría de las personas que resulta difícil de imaginar. Los modelos mentales al comienzo del siglo XXI están impregnados de imágenes de pobreza persistente o de rápido crecimiento material y de esfuerzos decididos por mantener este crecimiento a toda costa. Dominada por imágenes de crecimiento despreocupado o estancamiento frustrante, la conciencia humana común difícilmente puede imaginar una sociedad resuelta, suficiente, justa y sostenible. Antes de reflexionar aquí sobre lo que podría ser la sostenibilidad, es preciso que comencemos definiendo qué no tiene que ser forzosamente.

La sostenibilidad no tiene por qué significar «crecimiento cero». Una sociedad fijada en el crecimiento tiende a rehuir todo cuestionamiento de este objetivo, pero poner en tela de juicio el crecimiento no tiene por qué significar la negación del crecimiento. Como señaló Aurelio Peccei, fundador del Club de Roma, en 1977, esto no haría más que sustituir una simplificación excesiva por otra:

Todos los que habían contribuido a echar por tierra el mito del crecimiento [...] fueron ridiculizados y figuradamente ahorcados, ahogados y descuartizados por los leales defensores de la vaca sagrada del crecimiento. Algunos de éstos [...] acusan al informe [Los límites del crecimiento]... de abogar por el Crecimiento Cero. Está claro que esas personas no han entendido nada, ni del Club de Roma ni del crecimiento. La noción de crecimiento cero es tan primitiva -como en este sentido lo es la del crecimiento infinito- y tan imprecisa que es una necedad conceptual hablar de él en una sociedad viva y dinámica.

Una sociedad sostenible estaría interesada en impulsar el desarrollo cualitativo, no en la expansión física. Utilizaría el crecimiento material como un instrumento estudiado, no un mandato perpetuo. Ni favorable ni contraria al crecimiento, empezaría a discriminar entre tipos de crecimiento y fines del crecimiento. Incluso podría jugar racionalmente con la idea de un crecimiento negativo deseado, para subsanar los excesos, ajustarse a los límites, dejar de hacer cosas que teniendo en cuenta plenamente los costes naturales y sociales en realidad cuestan más de lo que valen.

Antes de que una sociedad sostenible decidiera sobre cualquier propuesta concreta de crecimiento, se preguntaría para qué sirve dicho crecimiento, a quién beneficia y cuánto cuesta, cuánto tiempo durará y si el crecimiento será compatible con las fuentes y sumideros del planeta. Esta sociedad emplearía sus valores y su mejor conocimiento de los límites de la Tierra para optar exclusivamente por los tipos de crecimiento que sirvieran a importantes fines sociales y al mismo tiempo reforzaran la sostenibilidad. Una vez cualquier crecimiento físico hubiera cumplido sus propósitos, la sociedad dejaría de fomentarlo.

Un estado sostenible no sería una sociedad de desencanto y estancamiento, desempleo y quiebra que experimentan los sistemas económicos actuales cuando se interrumpe su crecimiento. La diferencia entre una sociedad sostenible y una recesión económica del tipo que se conoce en nuestra época es como la diferencia entre parar un coche adrede con los frenos y detenerlo chocando contra un muro de ladrillo. Cuando la economía actual se extralimita, da media vuelta demasiado rápida e inesperadamente para que las personas o empresas se reconviertan, reubiquen y reajusten. Una transición deliberada a la sostenibilidad se produciría con lentitud suficiente y con bastante tiempo de preaviso para que las personas y las empresas pudieran encontrar su sitio en la nueva economía.

No hay motivo alguno por el cual una sociedad sostenible tenga que ser primitiva en el aspecto técnico y cultural. Liberada tanto de la ansiedad como de la codicia, brindaría enormes posibilidades a la creatividad humana. Sin el elevado coste del crecimiento para la sociedad y el medio ambiente, la tecnología y la cultura podrían florecer. John Stuart Mill, uno de los primeros (y últimos) economistas que se tomaron en serio la idea de una economía acorde con los límites de la Tierra, vio que lo que él llamaba un «estado estacionario» podría sostener a una sociedad en evolución y en proceso de mejora. Hace más de ciento cincuenta años escribió:

No puedo [...] considerar el estado estacionario del capital y la riqueza con la aversión insensible tan ampliamente manifestada con respecto a dicho estado por los economistas políticos de la escuela antigua. Me inclino a creer que supondría, en su conjunto, una mejora muy notable de nuestra condición actual. Confieso que no me atrae el ideal de vida que defienden quienes piensan que el estado normal del ser humano es luchar para salir adelante; que las patadas, empujones, codazos y pisotones entre unos y otros [...] constituyen la suerte más deseable del género humano. [...] Apenas es necesario señalar que un estado estacionario del capital y la población implica un estado no estacionario de la mejora humana. Habría tanto margen para todo tipo de culturas mentales y de progreso moral y social como para la mejora del arte de vivir y muchas más probabilidades de que realmente mejorara.

Un mundo sostenible no sería ni podría ser un mundo rígido en que la población o la producción o cualquier otra cosa tuvieran que mantenerse patológicamente constantes. Uno de los supuestos más extraños de los actuales modelos mentales es la idea de que un mundo de moderación tenga que ser un mundo de estricto control gubernamental centralizado. Para una economía sostenible, este tipo de control no es posible, deseable ni necesario.

No hace falta mucha imaginación para plantear un conjunto mínimo de estructuras sociales -ciclos de realimentación que faciliten información sobre costes, consecuencias y sanciones- que darían pie a la evolución, la creatividad y el cambio y permitirían muchas más libertades que lo que jamás sería posible en un mundo que sigue aglomerándose hasta chocar contra sus límites o rebasarlos. Una de las más importantes de estas nuevas reglas casaría perfectamente con la teoría económica. Combinaría el conocimiento y la regulación para «internalizar las externalidades» del sistema de mercado, de modo que el precio de un producto reflejara el coste completo (incluidos todos los efectos secundarios ambientales y sociales) de fabricación del producto. Es una medida que vienen reclamando (en vano) todos los libros de texto de economía desde hace decenios. Orientaría automáticamente las inversiones y las compras, de manera que las personas podrían tomar decisiones en el plano monetario que posteriormente no tendrían que lamentar en el plano del valor material o social real.

Algunas personas piensan que una sociedad sostenible tendría que dejar de utilizar recursos no renovables, ya que su uso es por definición insostenible. Esta idea es fruto de una interpretación en extremo rígida de lo que significa ser sostenible. No cabe duda de que una sociedad sostenible utilizaría los dones no renovables de la corteza terrestre de modo más prudente y eficiente que el mundo actual. Les pondría el precio justo, con lo que los mantendría disponibles para futuras generaciones. Pero no hay motivo alguno para no utilizarlos en la medida en que su uso se ajuste a los criterios de sostenibilidad previamente definidos, a saber, que no sobrecarguen un sumidero natural y que se desarrollen sustitutos renovables.

Una sociedad sostenible no tiene por qué ser uniforme. Al igual que en la naturaleza, la diversidad en una sociedad humana sería tanto una causa como un resultado de la sostenibilidad. Algunas personas que han reflexionado sobre la sostenibilidad la ven como una sociedad en gran medida descentralizada, con poblaciones que se basan más en sus recursos locales y menos en el comercio internacional. Establecerían unas condiciones límite que impedirían que cualquier comunidad pudiera amenazar la viabilidad de las demás o de la Tierra en su conjunto. La variedad cultural, la autonomía, la libertad y la autodeterminación podrían ser mayores y no menores en un mundo de este tipo.

Una sociedad sostenible no tiene por qué ser no democrática, aburrida o no estimulante. Ciertas aficiones que divierten y consumen a muchos actualmente, como las carreras de armamentos o la acumulación de riquezas sin límite, probablemente ya no serían factibles, respetadas ni interesantes. Pero seguiría habiendo aficiones, estímulos, problemas que resolver, maneras de que las personas se sometieran a prueba, se sirvieran mutuamente, verificaran sus aptitudes y vivieran placenteramente, tal vez de modo más satisfactorio que lo que es posible actualmente.

Esto ha sido una larga lista de lo que una sociedad sostenible no es. En el proceso de formulación también hemos implicado, por contraste, qué pensamos que podría ser una sociedad sostenible. Pero los detalles de esta sociedad no los dilucidará un puñado de modeladores informáticos, sino que requerirá el concurso de las ideas, visiones y talentos de miles de millones de personas.

Partiendo del análisis estructural del sistema mundial que hemos descrito en este libro podemos aportar tan sólo un simple conjunto de líneas generales para reestructurar cualquier sistema con vistas a la sostenibilidad. Las enumeramos a continuación.

- Ampliar el horizonte de planificación. Basar la elección entre las opciones del momento mucho más en sus costes y beneficios a largo plazo y no tan sólo en los resultados que darán en el mercado de hoy o las elecciones de mañana. Desarrollar los incentivos, instrumentos y procedimientos necesarios para que los medios de comunicación, el mercado y las elec-ciones informen, respeten y sean responsables ante cuestiones que se desarrollan a lo largo de decenios.

- Mejorar las señales. Conocer mejor y supervisar tanto el bienestar de la población humana como el efecto real de la actividad humana en el ecosistema mundial'. Informar a los gobiernos y al público con la misma continuidad y prontitud sobre las condiciones ambientales y sociales que sobre las condiciones económicas. Incluir los costes ambientales y sociales en los precios económicos; refundir indicadores económicos como el PIB de modo que no confundan costes con beneficios o caudal productivo con bienestar o el deterioro del capital natural con ingresos.

- Acortar los tiempos de respuesta. Buscar activamente señales que indiquen cuándo el medio ambiente o la sociedad están mostrando fatiga. Decidir de antemano qué hacer si surgen problemas (a ser posible, preverlos antes de que aparezcan) y tener preparados los mecanismos institucionales y técnicos necesarios para actuar con eficacia. Educar para la flexibilidad y la creatividad, para el pensamiento crítico y la capacidad para rediseñar tanto los sistemas físicos como sociales. El modelado por ordenador puede ayudar en este sentido, pero igual de importante sería la educación general en el enfoque sistémico.

- Minimizar el uso de recursos no renovables. Los combustibles fósiles, las aguas subterráneas fósiles y los minerales deberían utilizarse siempre con la máxima eficiencia posible; reciclarse en la medida de lo posible (los combustibles no pueden reciclarse, pero el agua y los minerales sí) y consumirse únicamente en el marco de una transición deliberada al uso de recursos renovables.

- Prevenir la erosión de recursos renovables. La productividad de los suelos, las aguas superficiales, las aguas freáticas recargables y todos los seres vivos, incluidos los bosques, los peces y la caza, deberían protegerse y, en la medida de lo posible, restaurarse y reforzarse. Estos recursos sólo deberían utilizarse al ritmo en que pueden autorregenerarse. Esto requiere información sobre sus tasas de regeneración y fuertes sanciones sociales o desincentivos económicos contra su uso excesivo.

- Utilizar todos los recursos con la máxima eficiencia. Cuanto más bienestar humano se pueda obtener dentro de una huella ecológica dada, tanto mayor podrá ser la calidad de vida sin sobrepasar los límites. Importantes mejoras de la eficiencia son técnicamente posibles y económicamente favorables'. Una mayor eficiencia será un factor esencial para conseguir que la población y la economía mundiales actuales vuelvan más acá de los límites sin inducir un colapso.

- Desacelerar y finalmente parar el crecimiento exponencial de la población y del capital físico. El alcance práctico de los seis primeros elementos de esta lista es limitado. Por eso, este último elemento es el más fundamental. Implica un cambio institucional y filosófico y una innovación social. Exige definir niveles de población y producto industrial que sean deseables y sostenibles. Requiere definir objetivos en torno a la idea de desarrollo más que de crecimiento. Reclama, simple pero profundamente, una visión más amplia y satisfactoria de la finalidad de la existencia humana que la mera expansión y acumulación material.

Podemos explayarnos más en torno a este último e importante paso hacia la sostenibilidad reconociendo los problemas acuciantes que subyacen a buena parte de la fijación cultural en el crecimiento: la pobreza, el desempleo y las necesidades no satisfechas. El crecimiento, tal como está actualmente estructurado, no resuelve estos problemas en absoluto, o sólo lo hace de forma lenta e ineficiente. Sin embargo, hasta que no aparezcan soluciones más efectivas, la sociedad nunca abandonará su adicción al crecimiento, porque las personas tienen una necesidad apremiante de esperanza. El crecimiento puede ser una falsa esperanza, pero es mejor que la falta total de esperanza.

Para recuperar la esperanza y resolver problemas muy reales, he aquí tres aspectos en que es preciso cambiar totalmente de mentalidad.

- Pobreza. Compartir es un verbo prohibido en el discurso político, probablemente por el profundo temor de que compartir de verdad significaría que no habría suficiente para nadie. «Suficiencia» y «solidaridad» son conceptos que pueden ayudar a estructurar nuevos enfoques de la eliminación de la pobreza. Todos estamos juntos en esta extralimitación. Hay suficiente para salir adelante si hacemos bien las cosas. Si no las hacemos bien, nadie, por muy rico que sea, escapará a las consecuencias.

- Desempleo. Los seres humanos necesitan trabajar, ponerse a prueba y autodisciplinarse, asumir la responsabilidad de satisfacer sus propias necesidades básicas, obtener la satisfacción de la participación personal y ser aceptados como miembros de la sociedad adultos y responsables. Esta necesidad no debería quedar insatisfecha, como tampoco debería colmarse mediante un trabajo degradante o nocivo. Al mismo tiempo, el empleo no debería ser un requisito para la subsistencia. Se precisa creatividad en este terreno para superar la idea estrecha de que algunas personas «crean» puestos de trabajo para otras o la idea todavía más estrecha de que los trabajadores son meros costes que hay que recortar. Lo que necesitamos es un sistema económico que utilice y apoye las aportaciones que todas las personas son capaces de realizar, que comparta el trabajo, el ocio y los resultados económicos de forma equitativa y que no abandone a su suerte a las personas que por razones temporales o permanentes no pueden trabajar.

- Necesidades inmateriales no satisfechas. Las personas no necesitan automóviles enormes; necesitan admiración y respeto. No necesitan un flujo constante de ropa nueva; necesitan sentir que otros las consideran atractivas, y necesitan emoción, variedad y belleza. Las personas no necesitan juegos electrónicos; necesitan algo interesante en que ocupar sus mentes y emociones. Y así sucesivamente. Tratar de colmar necesidades reales pero inmateriales -de identidad, comunidad, autoestima, superación, amor, alegríacon cosas materiales es crear un apetito insaciable de falsas soluciones para deseos nunca satisfechos. Una sociedad que se permite reconocer y articular sus necesidades inmateriales y encontrar maneras inmateriales de satisfacerlas requeriría caudales de material y energía mucho menores y aportaría niveles mucho más altos de plenitud humana.

¿Cómo puede el individuo abordar en la práctica estos problemas? ¿Cómo puede el mundo desarrollar un sistema que los resuelva? Ésta es la oportunidad de la creatividad y la elección. Las generaciones que viven en los albores del siglo xxi están llamadas no sólo a ajustar su huella ecológica a los límites del planeta, sino a hacerlo mientras reestructuran al mismo tiempo sus mundos interior y exterior. Este proceso afectará a todos los aspectos de la vida y requerirá todo tipo de talento humano. Precisará innovación técnica y empresarial e inventiva comunal, social, política, artística y espiritual. Hace cincuenta años, Lewis Mumford reconoció la magnitud de la tarea y su carácter exclusivamente humano; una tarea que pondrá a prueba y desarrollará la humanidad de cada persona.

Una edad de expansión está dando paso a una edad de equilibrio. El logro de este equilibrio es tarea de los siglos inmediatos. [...] El tema del nuevo período no serán las armas y el hombre ni las máquinas y el hombre: su tema será el resurgir de la vida, el desplazamiento de lo mecánico por lo orgánico, y el restablecimiento de la persona como el fin último de todo esfuerzo humano. Cultivo, humanización, cooperación, simbiosis: éstas son las consig-nas de la nueva cultura que envuelve al mundo. Cada compartimiento de la vida registrará este cambio: afectará a la tarea de la educación y a los procedimientos científicos no menos que a la organización de las empresas industriales, la planificación urbana, el desarrollo regional, el intercambio de recursos del mundo.

La necesidad de llevar el mundo industrial a su próxima etapa de evolución no es una catástrofe, sino una excelente oportunidad. Cómo aprovechar la oportunidad, cómo establecer un mundo que no sólo sea sostenible, operativo y equitativo, sino también profundamente deseable es una cuestión de liderazgo, ética, visión y coraje, cualidades que no corresponden a los modelos informáticos, sino que les son propias al corazón humano y al alma humana.


Extractos tomados de “Los límites del crecimiento 30 años después”. Donella Meadows, Jørgen Randers y Dennis Meadows.

[continuará]