Mostrando entradas con la etiqueta matemáticas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta matemáticas. Mostrar todas las entradas

19 de abril de 2020

Una conjetura sobre π para responder a la cuestión de Brouwer

Luitzen Egbertus Jan Brouwer (1881-1966) fue un matemático holandés fundador de la filosofía matemática del intuicionismo, que planteo la conocida como “cuestión de Brouwer”: en la expansión decimal de π (Pi), ¿existe alguna posición donde exista una sucesión de mil ceros consecutivos?

Aprovechando el obligado confinamiento del COVID-19, me propongo abordar la pregunta de Brouwer, pregunta que aún no tiene respuesta, desde una conjetura que se puede resumir con una frase:

En la expansión decimal de π (Pi) prevalecen las secuencias alternadas de sucesiones monótonas decrecientes y estrictamente crecientes sobre las sucesiones constantes y en consecuencia la respuesta a la cuestión planteada por Brouwer en el siglo pasado es negativa.

Desarrollo de la conjetura: Alfabeto ABCD

Para sugerir esta conjetura sobre el número π (Pi) he desarrollado un algoritmo que, literalmente, tritura el primer millón de decimales del número π y asigna una codificación binaria, de unos y ceros, a cada incremento (crece) o no incremento (no crece o es igual) de cada decimal n y su consecutivo n+1, de tal modo que a un incremento (entre la posición n y n+1 de un decimal) se le asigna un 1 y a un no incremento (decremento o igualdad) se le asigna un 0. Con este sencillo lenguaje, tendríamos el primer ladrillo del alfabeto que pretendo construir, así pues, a los veinte primeros decimales de π (Pi) 14159265358979323893 le correspondería esa codificación binaria 10110100111010011010. En términos matemáticos, en este primer lenguaje (0) equivale a una sucesión monótona decreciente de dos números consecutivos y (1) equivale a una sucesión monótona estrictamente creciente de dos números consecutivos.

Ahora bien, lo interesante a partir de aquí es crear un alfabeto que permita observar patrones desde una perspectiva más amplia, es decir, una “lente de aumento” que nos permita analizar lo que está sucediendo en las secuencias de ceros y unos de ese gigantesco número π (Pi). Para ello creamos un segundo ladrillo del alfabeto mediante las primeras cuatro letras del alfabeto: A, B, C y D.

De este modo, podemos comprimir la secuencia de ceros y unos a una entidad más manejable y fácilmente observable. Así, podemos asignar los cuatro pares de secuencias concatenadas de ceros y unos del siguiente modo: A=00 - B=01 - C=10 - D=11. Por convención, en el caso de B y C se asigna un asignación de derecha a izquierda, dado que en el álgebra de Boole, comenzamos a contar de derecha a izquierda, así (A=00) = 0 - (B=01) = 1 - (C=10) = 2 y (D=11) = 3.

De acuerdo a este segundo ladrillo, a los veinte primeros decimales de π (Pi) 14159265358979323893 le correspondería una codificación binaria de 19 dígitos (20-1) pero a efectos didácticos incluimos el vigésimo (dado que conocemos el decimal vigésimo primero): 10110100111010011010 y la siguiente codificación alfabética correspondiente de diez letras: BDCADBBCBB.

Análisis

Con estos dos ladrillos, nos ponemos manos a la obra y una vez obtenida la cadena fundamental de ceros y unos y aplicada su “lente de aumento” correspondiente del alfabeto ABCD al primer millón de decimales del número π (Pi) y a su vez ordenados por orden de ocurrencia, obtenemos las siguientes e interesantes gráficas:

Escala Lineal - Patrón ABCD de primer millón de decimales del número Pi


Escala Logarítmica - Patrón ABCD de primer millón de decimales del número Pi


Escala Lineal - Patrón ABCD 10^6 Decimales Pi


Escala Lineal - Patrón ABCD 10^6 Decimales Pi



Conjetura

En términos matemáticos se puede resumir en la siguiente conjetura: En la expansión decimal de π (Pi) prevalecen las secuencias alternadas de sucesiones monótonas decrecientes y estrictamente crecientes sobre las sucesiones constantes y en consecuencia la respuesta a la cuestión planteada por Brouwer en el siglo pasado es negativa.

En términos más coloquiales: al número π (Pi) le gusta la variedad, así (aproximadamente 2 de cada 3 veces) la secuencia es no crecer/crecer o crecer/no crecer (B o C), seguida de (aproximadamente 1 de cada 4,5 veces) no crecer/no crecer (A) y finalmente le gusta (aproximadamente 1 de cada 8 veces) crecer/crecer (D).

Corolarios

En la secuencia analizada, hasta el primer millón de decimales de π (Pi), se desprende una ley empírica de distribución potencial que se aproxima a la conocida como Ley de Zipf, de acuerdo al resultado mostrado en la última gráfica, esto es: secuencia B+C (aproximadamente 66%), secuencia A (aproximadamente 22%) y secuencia D (aproximadamente 12%).

Entre los resultados curiosos en el primer millón de decimales analizados se encuentra que el máximo de una sucesión monótona decreciente (0) es de doce números, esto es, AAAAAA (seis A consecutivas), mientras que para responder afirmativamente a la cuestión de Brouwer (mil ceros consecutivos) hace falta una secuencia de, al menos, 500 A consecutivas y probablemente muchas más porque la letra A de este alfabeto tan sólo indica que la sucesión de dos cifras es monótona decreciente, esto es, que el número siguiente puede ser igual o menor, pues el (0), al contrario que el (1) que sí es estrictamente creciente, indica que es monótona y no estrictamente decreciente.

Por otra parte, el máximo de una sucesión estrictamente creciente (1) encontrada es de un máximo de 8 números, esto es, DDDD (cuatro D consecutivas). Lógicamente, así como no hay límite a la sucesión monótona decreciente (salvo por la impuesta por esta conjetura), sí lo hay para la sucesión monótona estrictamente creciente, es decir, el máximo que podríamos encontrar en toda la extensión (infinita) de π (Pi) es de 10 números, esto es, DDDDD (cinco D consecutivas), dada la limitación de representación del sistema decimal, acotado a diez símbolos. Esto es una obviedad, pero conviene recordarla. Apunte histórico: en 1997, Kanada y Takahashi, de la Universidad de Tokio, encontraron que la secuencia 0123456789 aparecía seis veces entre los 17 mil millones y los 54 mil millones de cifras de la expansión decimal de π (Pi).

Objeciones

Soy consciente que una primera objeción a esta conjetura sobre π (Pi) es el hecho de haberla planteado analizando únicamente el primer millón de cifras de su expansión decimal. Bien, no me cabe duda que con toda la “fuerza bruta” de los superordenadores que hoy existen en el mundo aplicada sobre los más de 13 billones de decimales que se conocen de π (Pi) se podría obtener un contra ejemplo que refutase esta conjetura, pero del mismo modo que todavía no se ha refutado (ni demostrado) la llamada Conjetura (fuerte) de Goldbach, que la planteó en 1742 cuando apenas se conocía más que una cantidad reducida de números primos, cabe decir lo mismo de mi conjetura, del que acepto su carácter provisional (como se le admite a cualquier conjetura), de suponer que es cierta por no haberle encontrado una refutación a partir de la observación empírica del primer millón de cifras de la expansión decimal de π (Pi) para responder a la cuestión planteada por Brouwer en el pasado siglo. En este sentido, estoy abierto a que otros investigadores planteen cuantas refutaciones o pruebas quieran exponer.


Para saber más: Luitzen Egbertus Jan Brouwer en Wikipedia

Luitzen Egbertus Jan Brouwer en Wikipedia (inglés)

Intuicionismo en Wikipedia

Número π en Wikipedia

Sucesión matemática en Wikipedia

Ley de Zipf en Wikipedia

Ley potencial en Wikipedia

Método empírico-analítico

Conjetura de Goldbach en Wikipedia

Conjeturas matemáticas en Wikipedia



1 de abril de 2013

Dependencia a largo plazo: del Nilo a los mercados financieros

El pasado verano, con algo más de tiempo en mi haber, emprendí la lectura de varias obras relacionadas con la economía financiera y la física, disciplinas que tenía algo olvidadas. Reconozco que siempre me ha fascinado la relación entre la matemática y la economía, y la menos obvia entre física y economía, aunque en esta ocasión no quería ir por los caminos trillados, sino conocer el punto de vista de los llamados heterodoxos. Entre mis matemáticos preferidos se encuentra Benoît Mandelbrot, el reconocido pionero de la llamada Geometría Fractal. Mandelbrot, que falleció hace dos años y medio, hizo grandes aportaciones al conocimiento matemático de la realidad física y también, aunque menos conocida, es su contribución al conocimiento del funcionamiento real de los mercados financieros. En su obra, escrita en colaboración con Richard L. Hudson, Fractales y Finanzas. Una aproximación matemática a los mercados: arriesgar, perder y ganar desmenuza la matemática convencional aplicada a la economía financiera desde tiempos de Louis Bachelier y realiza un diagnóstico certero de las insuficiencias de la base estadística en la que se fundamenta: la distribución normal o campana de Gauss y la consecuente presunción de que los riesgos financieros pueden ser acotados.

En la referida obra de Mandelbrot se encuentra un apasionado y apasionante relato del descubrimiento del Exponente de Hurst, en honor a Harold Edwin Hurst, hidrólogo británico cuya investigación le puso a Mandelbrot sobre la pista que necesitaba para el desarrollo de su análisis R/S, fundamental para el estudio de la dependencia a largo plazo, un concepto que más allá de la interesante matemática subyacente resulta de lo más sutil y, porque no decirlo, cautivador e inquietante por sus profundas implicaciones que, considero, abre una reflexión de calado sobre las consecuencias futuras de la presente crisis sistémica, unas consecuencias que se atisban importantes y que a tenor de este concepto de dependencia a largo plazo, creo que van a reverberar en la economía mundial y en el modo de hacer las cosas en las próximas décadas: ¿Hasta qué punto la situación económica y financiera es resultado de unos hechos alejados en el tiempo? ¿Cuándo consideramos que el pasado ya no influye en el presente? ¿Cuánto tiempo tiene que pasar para que no exista dependencia con el pasado?. Estas y otras preguntas son las que están en la base del Exponente de Hurst, una herramienta matemática muy interesante para analizar el peso del pasado en nuestro presente y a la vez un hermoso isomorfismo sistémico-hidrológico que hunde sus raíces en el origen de la civilización. Pues bien, volviendo al relato de Mandelbrot, me sentí atrapado por el proceso de investigación de Hurst, y a falta de una película que rindiera culto a su descubrimiento me dije qué mejor que trasladar al blog algunos de los pasajes clave de ese descubrimiento tal y como lo cuenta Mandelbrot en su libro. Confío en que las siguientes líneas cautiven su curiosidad tanto como a mí me han cautivado.

Harold Edwin Hurst (1880-1978) fue un funcionario modelo del imperio británico. Hijo de un constructor con pocos medios dejó la escuela a los quince años y se formó en química y carpintería. Tras asistir a clases nocturnas, a los 20 años obtuvo una beca para estudiar en Oxford. Para sorpresa de todos obtuvo un sobresaliente en física, a pesar de su deficiente preparación previa en matemáticas. Pero fue en Egipto donde encontró su futuro. A principios del siglo XX, el imperio británico había conseguido dominar la revuelta fundamentalista en Sudán, a lo que siguió un periodo de relativa paz, desarrollo y construcción de presas. La mayor parte del curso del Nilo era propiedad indisputable del gobierno británico: desde el lago Victoria hasta el amplio delta que desemboca en el Mediterráneo, pasando por el lago Alberto, la unión del Nilo Blanco y el Nilo azul en Jartum, las zonas pantanosas y arcillosas y las escarpadas ribas de Sudán y el sur de Egipto. Incluso para un imperio tan vasto como el británico, la escala del Nilo era inmensa. El río tenía 6.695 kilómetros de largo. Su amplia cuenca cubría el 10 por ciento de la superficie del continente africano entero. El caudal medio a lo largo de un siglo era de 92.400 millones de metros cúbicos. Sólo una octava parte de esa cantidad, observó Hurst, transportada milagrosamente a Yorkshire, inundaría el condado hasta una altura de un metro de agua.

Desde la construcción de la primera presa de Asuán, en 1902, la tecnología y la industria británicas se dedicaron por entero a la explotación del poderío económico del Nilo, el control de las inundaciones y la expansión de la tierra irrigable. La primera tarea de Hurst a su llegada a El Cairo fue curiosa: transmitir la hora oficial del observatorio a la ciudadela, para una salva al mediodía. Pero, debido a su formación científica, pronto se le encomendó el gran proyecto imperial de cartografiar y medir el río. Viajó en barco, a pie con porteadores, en bicicleta, en automóvil y después en avión. Los ingenieros británicos y sus ayudantes egipcios desplegaron medidores para contar las revoluciones por minuto al paso de la corriente. Con plomadas, cuerdas de piano y trigonometría, sondearon las profundidades del río. Construyeron nuevos indicadores de nivel de mármol en mampostería. En Sudán anclaron pilares en el subsuelo permanente para fijar los indicadores de flujo. Midieron el arrastre de arena, arcilla y sedimento, observando una turbidez máxima a finales de agosto, antes del punto álgido de la crecida, y agua clara en invierno.

Su meta principal era controlar el río. Los ingenieros hidráulicos de la época comprendían bien las fluctuaciones fluviales estacionales. Pero la variación anual en un río tan vasto era un problema muy distinto. El caudal del Nilo variaba ampliamente, desde los 151.000 millones de metros cúbicos del año húmedo de 1878-1879 hasta los 42.000 millones de metros cúbicos durante la sequía de 1913-1914. Además, a ese periodo seco le siguió otro sólo dos años más tarde. Las épocas de abundancia también tendían a agruparse. Pero, escribió Hurst, «no había una periodicidad obvia». ¿Cómo puede controlarse algo sin una pauta predecible?.

La solución obvia era una presa lo bastante elevada para contener agua de varios años húmedos y liberarla durante una racha de años secos. Pero, ¿cuánto de elevada?. El diseño de presas era una tarea importante en el siglo XIX, pero -como hoy en las finanzas- se prefería la vía matemáticamente más fácil. Los ingenieros asumían que las variaciones anuales del caudal eran estadísticamente independientes, como en el lanzamiento de moneda de Bachelier (en el que se basa el conocimiento convencional de los mercados financieros). Por supuesto, con una moneda puede salir cara o cruz, de lo contrario no habría ganador. Y hay una fórmula simple para eso: el rango entre la ganancia máxima de Harry en un momento del juego y su máxima pérdida en otro varía con la raíz cuadrada del número de lanzamientos. Por ejemplo, digamos que el juego dura 100 tiradas, y que la mayor ganancia de Harry fue de ocho y su máxima pérdida, tres. El rango entre ambos extremos es 11. Supongamos ahora que el juego se alarga 100 veces, hasta las 10.000 tiradas. La fórmula dice que el rango debería ser unas diez veces mayor, o 110. Según la teoría, la mejor puntuación de Harry debería ser 67, y la peor -43 (rango 110 entre ambos extremos). Tomando a Harry como modelo, un ingeniero puede hacer unos cuantos cálculos simples. Supongamos que pretende reemplazar una presa de veinticinco años por otra más alta, a prueba de cien años de caudal. La escala temporal de la nueva presa es cuatro veces mayor que la antigua, Así pues, si se aplica la matemática convencional, la nueva presa debería ser el doble de alta que la antigua. Limpio y simple.

Pero erróneo. De hecho, Hurst concluyó que la presa debería ser más alta. Lo que halló es que el rango entre la mayor y la menor crecida del Nilo se ampliaba más deprisa de lo que predecía el modelo de la moneda. Las subidas del río eran mayores, y las bajadas menores. Pero el problema no eran las crecidas individuales. En realidad, los datos de las crecidas anuales se ajustaban razonablemente bien a una campana de Gauss. En apariencia, eran las rachas climáticas (las inundaciones o sequías continuadas) lo que modificaba el juego. Esto parece obvio ahora: no sólo importa la magnitud de las crecidas, sino su secuencia precisa.

Tras estudiar los registros de las crecidas, Hurst concibió su propia fórmula para incorporar este efecto. Para ello miró mucho más allá del Nilo, sin preconcepciones. Examinó los registros de las crecidas del río Truckee, cerca del lago Tahoe, y del lago Hurón; los cambios de nivel anuales del lago Dalalven, en Suecia; las pluviometrías desde Adelaida, en Australia, hasta Washington; las capas de sedimentos lacustres en Rusia, Noruega y Canadá; las temperaturas desde St. Louis hasta Helsinki; los anillos de crecimiento de los pinos y secuoyas de Flagstaff; incluso las manchas solares. Recopiló y escudriño todos los registros fiables y a largo plazo que pudo encontrar en relación al clima, hasta un total de 5.915 mediciones anuales correspondientes a 51 fenómenos distintos. En casi todos los casos, cuando representó el rango de cada registro en función del número de años, vio que se ampliaba más deprisa de lo esperado, igual que en el Nilo. De hecho, encontró que, en todas partes, los diferentes fenómenos obedecían a la misma fórmula: el rango se ampliaba no según una raíz cuadrada, como en el lanzamiento de una moneda, sino según una potencia 3/4 (de dimensión fractal: 0,73 para ser precisos). Un número extraño; pero, afirmó Hurst, un hecho fundamental de la naturaleza.

Los hidrólogos se mostraron escépticos. De 1951 a 1956, Hurst (quién ya había cumplido los 70 años) publicó tres largos ensayos sobre sus hallazgos, cada uno acompañado de una retahíla de comentarios impresos de defensores y detractores. Algunos lo ensalzaban y aportaban más registros en su apoyo. Otros lo acusaban de hacer vudú estadístico. Un tal F.A. Sharman, observó sarcásticamente que cualquiera que pretendiera haber encontrado un hilo conductor desde los anillos de los árboles hasta las manchas solares y los estratos de lodo debía haber dado «un paso sensacional hacia la ley universal única de la naturaleza». Pero en el caso de Hurst, «lo único que tenían en común los fenómenos era su anarquía».

Quizá, pero la fórmula funciona. Por ejemplo, supongamos que queremos asegurar el suministro de agua de Nueva York durante un siglo: ¿qué capacidad deberían tener los depósitos?. La fórmula de Hurst daba la respuesta. De 1826 a 1945, observó, la precipitación anual media en Nueva York había sido de 1 metro; y la desviación estándar de año a año era de 16 centímetros. De acuerdo con la fórmula, para almacenar agua suficiente capaz de cubrir un siglo de sequías o inundaciones extremas, necesitaríamos depósitos lo bastante profundos para almacenar hasta 16,7 veces la desviación estándar: 2,67 metros, o el suministro de dos años y medio. Desde entonces, distintos hidrólogos han confirmado el resultado básico de Hurst en otros ríos. Sus propios cálculos mostraron que el Nilo podía controlarse mediante una serie de embalses interdependientes de volumen moderado río arriba, lejos de Egipto. Sin embargo, para cuando se emprendió el proyecto en los años cincuenta, el gobierno independiente de nuevo cuño de Gamal Abdel Nasser prefirió una afirmación política más grandiosa del orgullo egipcio, la gran presa de Asuán. Pero los cálculos de Hurst seguían siendo necesarios.

A menudo las teorías tienen que rendirse a los hechos. la cosa no era tan simple. Al leer los artículos de Hurst advertí que su preocupación no había sido la magnitud de las variaciones, sino su secuencia precisa. Si se tomaban todos juntos, omitiendo su secuencia original, sus datos no aportaban nada especial: una aburrida campana de Gauss. El problema me atrapó. En el caso del algodón, las correlaciones entre los precios pasados y futuros fueron obvias. Lo mencioné en su momento, pero no había podido ir más lejos; así que había aparcado el estudio de la secuencia precisa, y había obrado como si cada precio fuera independiente del anterior. Pero la investigación de Hurst planteaba otro misterio. Con un valioso encanto añadido: que era tan verdaderamente antigua, tanto como las pirámides.

¿En qué medida el pasado conforma el futuro?. Un filósofo de la moral lo expresaría así: ¿es el destino lo que determina nuestra trayectoria vital, o elegimos nuestros caminos con cada nueva decisión?. Un matemático emplea otra terminología: ¿es un suceso dependiente de otro, o independiente?. Si el suceso B depende del suceso A, entonces el desarrollo de A modifica las posibilidades de que ocurra B. Si un baloncestista encesta dos veces seguidas, la evidencia sugiere que tiene más posibilidades de hacerlo por tercera vez. Sea por destreza o por psicología, un jugador puede tener rachas buenas; hasta cierto punto, los lanzamientos sucesivos son mutuamente dependientes. Pero, ¿cuánto durará la racha?, ¿se rompe tras un fallo, o dos, o cinco seguidos?, ¿sobre cuántos lanzamientos persiste el efecto de «mano caliente»?. En términos matemáticos, ¿sobre cuántos periodos es significativa la dependencia?. Mirémoslo desde otra perspectiva. Supongamos que somos espectadores del partido. ¿Cuántos fallos hacen falta para que concluyamos que el jugador ya no está en racha?, ¿tres?, ¿siete?. Lo que parece dependiente a primera vista no tiene por qué serlo cuando se estudia más a fondo. Como bien sabe a su pesar todo grafista, los sucesos más aleatorios e independientes pueden exhibir pautas y ciclos de manera espontánea.

Los economistas adoptan una postura reduccionista sobre el tema. En primer lugar, como ya he dicho, la mayoría de sus modelos financieros asumen, incorrectamente, que el precio de un día es independiente del anterior. Pero cuando se trata de magnitudes económicas como la producción, la inflación o el desempleo, la regla es alguna forma de dependencia, y los economistas recurren a recetas de cocina para medir su fuerza y su alcance. Si la inflación sube en abril, ¿cuán probable es que lo haga en mayo?, ¿y en junio?, ¿y en julio?. Para cada lapso de tiempo, los economistas miden la fuerza de la correlación, que puede variar entre un valor arbitrario de 1 para sucesos perfectamente acompasados y -1 para sucesos que siempre van con el paso cambiado. El valor 0 significa ausencia total de correlación: los eventos suceden sin ninguna influencia mutua. Entre 1 y -1 hay un número infinito de valores intermedios, cada uno de los cuales cuenta una historia diferente sobre el signo y la fuerza de la dependencia a corto plazo. Lo habitual es que las correlaciones más fuertes sean las más a corto plazo, y las débiles a largo plazo. Si se representan gráficamente todas las correlaciones, de corto a largo plazo, se obtiene una curva descendente. La rapidez de la caída varía de una magnitud económica a otra. La inflación es «persistente», lo que quiere decir que su curva desciende con relativa lentitud. Una vez la inflación se dispara, es difícil de parar (como descubrieron los bancos centrales en los años setenta). Las curvas de muchas otras magnitudes económicas exhiben abultamientos peculiares en su descenso. Las existencias de maíz son así: la curva cuenta con un bulto en la marca anual, porque el ciclo anual de siembra y cosecha tiene un marcado efecto en el suministro. El producto nacional bruto, la medida estándar del rendimiento económico, exhibe varios bultos extraños en su caída hacia una correlación nula (una pauta corriente es entre uno y pocos años, entre 15 y 20 años, y entre 40 y 60 años). Los economistas han estado debatiendo sobre el significado de estas prominencias en el ciclo económico durante décadas, sin llegar a una respuesta clara.

Pero, ¿por qué detenerse a los 15 años, o a los 50?. La obra de Hurst me sugirió algo más radical: correlaciones que decrecen, pero tan despacio que parece que nunca desvanecen del todo, por largo que sea el intervalo de tiempo. ¿Cómo es posible?. Recordemos que el interés primordial de Hurst era la fluctuación del caudal fluvial. Su fórmula es una receta matemática para calcular la altura óptima de una presa y el nivel de reserva de agua. Supongamos que el embalse se llena tras una serie de años lluviosos, a los que siguen unos cuantos años moderadamente secos; pero el embalse está lleno, porque la abundancia previa todavía se deja sentir. Luego llegan años muy secos, y la reserva de agua comienza a disminuir. Pero hay más agua de la que habría sin embalse; el efecto de los años lluviosos sigue ahí. El lector puede hacerse una idea de esto en este gráfico, que representa el grosor de los anillos de crecimiento en algunos de los árboles más viejos del mundo, los vetustos abetos de Monte Campito, en las Montañas Blancas de California.



La curva comienza como la mayoría de tales gráficos, llamados correlogramas, con correlaciones altas a corto plazo: los anillos de crecimiento adyacentes, separados sólo por uno o dos años, están fuertemente correlacionados. Más allá de unos pocos años, la correlación cae; la pauta de una década o centuria a la siguiente es más azarosa. Pero la correlación desciende más lentamente de lo esperado. De hecho tienen que pasar 150 años para que las pruebas usuales de significación estadística dejen de detectarla. ¿Por qué se mantiene la correlación de los anillos durante tantos años?. Tras este hecho subyace un debate sobre el calentamiento global.

Esto es dependencia a largo plazo. Se trata de un concepto sutil, así que comencemos con un ejemplo que ilustra la idea general. Una sustancia radiactiva pura se desintegra en progresión geométrica. Tras una vida media, sólo queda la mitad; tras dos vidas medias, queda una cuarta parte; luego una octava parte, y al final prácticamente nada. Pero consideremos una mezcla de sustancias radiactivas distintas con vidas medias muy cortas, cortas, largas y muy largas. Cuando los componentes de vida corta prácticamente han desaparecido, los otros apenas han comenzado a desintegrarse, por lo que su efecto perdurará. Esto es dependencia a largo plazo. No es un ejemplo hipotético: los residuos nucleares constituyen una mescolanza de sustancias radiactivas con múltiples vidas medias. Esto es un hecho y, hasta donde yo sé, un auténtico misterio. En casi todos los otros casos, la idea de la mezcla es sólo una metáfora, pero me ayudó a ver que la dependencia a largo plazo puede dar cuenta de los hallazgos de Hurst. Es un pilar de la geometría fractal.

Vayamos ahora a las finanzas. En 1982, IBM, por entonces la mayor compañía del ramo de la computación, decidió que los muchachos de Apple, por entonces unos advenedizos, estaban amenazando su futuro con un nuevo producto: el ordenador personal. IBM actuó con desacostumbrada celeridad. Prescindió de sus propias factorías de microprocesadores y departamentos de software. Reclutó a una empresa de semiconductores guerrera llamada Intel para fabricar los nuevos microprocesadores, y a un brillante pero insignificante jovenzuelo llamado Bill Gates para que le proporcionara su software. El resto es bien conocido: Intel y Microsoft crecieron más allá de lo imaginable. IBM tropezó y menguó. Pero los destinos de sus acciones se afectan mutuamente, y los beneficios o problemas de una redundan en el negocio o cotización de las otras. El eco de un suceso ocurrido hace más de dos décadas, el nacimiento de dos gigantes industriales al amparo de IBM, continúa reverberando en los precios de las acciones de IBM. La dependencia en este caso tiene un alcance de unos treinta años. Es fácil imaginar dependencias aún a más lago plazo: la disolución por orden judicial del John D. Rockefeller's Standard Oil Trust en 1911 continúa afectando a sus hijos supervivientes, Exxon Mobil, Conoco Phillips, Chevron Texaco y BP Amoco.

Nadie está solo en este mundo. No hay acto que no tenga consecuencias para otros. Un dogma de la teoría del caos es que, en los sistemas dinámicos, el resultado de cualquier proceso es sensible a su punto de partida (o, de acuerdo con el famoso cliché, el aleteo de una mariposa en el Amazonas puede causar un tornado en Texas). No digo que los mercados sean caóticos, pero está claro que la economía global es una máquina inconcediblemente complicada. A toda la complejidad del mundo físico de la meteorología, las cosechas, la minería y las factorías, hay que sumar la complejidad psicológica de las actuaciones personales basadas en expectativas ilusorias de lo que puede o no ocurrir, y que no son más que meros fantasmas. Las compañías y los precios de las acciones, los flujos de comercio y las cotizaciones monetarias, los rendimientos agrícolas y los futuros, todos están interrelacionados en mayor o menor grado, de una manera que apenas estamos comenzando a comprender. En un mundo así, es de sentido común que los sucesos del pasado remoto continúen teniendo eco en el presente.

En los años sesenta, algunos veteranos de Wall Street, hombres que recordaban el trauma de la gran depresión de 1929, me hicieron una advertencia: «Cuando desaparezcamos de este negocio, algo se perderá, y es la memoria de 1929». Ese recuerdo personal, me dijeron, les hacía actuar con más cautela. Colectivamente, su generación proporcionó un freno interno a la especulación más salvaje, una póliza de seguros contra los excesos financieros y las consiguientes catástrofes. Sus memorias proporcionaban una forma práctica de dependencia a largo plazo en los mercados financieros. No sorprende que en 1987, cuando la mayoría de estos hombres se había ido y su sapiencia había sido olvidada, el mercado pasara por primera gran crisis en casi setenta años. O que, dos décadas más tarde, veamos el mercado más alcista y el peor mercado bajista en generaciones. Pero la teoría financiera estándar sigue sosteniendo que lo único que importa en los modelos de mercado son las noticias de hoy y las expectativas de mañana.

Nota: El exponente de Hurst (calculable mediante el método R/S propuesto por Mandelbrot) puede tomar cualquier valor entre cero y uno. Si es mayor de 0,5 la tendencia es persistente, así que significa que un aumento es probable que sea seguido por otro aumento, mientras que las disminuciones son probables que sean continuadas por disminuciones. Un exponente más bajo de 0,5 indica anti-persistencia, así que significa que un movimiento en una dirección hace más probable un movimiento en la otra dirección . Si el exponente de Hurst está cercano a 0,5 se deduce que el patrón es al azar y en consecuencia ningún movimiento predice el siguiente.

Para saber más: Benoît Mandelbrot en Wikipedia (inglés)

Exponente de Hurst (inglés)

¿Por qué es interesante el exponente de Hurst?

Memoria de largo plazo y efecto reset en retornos accionarios latinoamericanos

Memoria a largo plazo en el mercado de valores español: una aproximación mediante el análisis R/S

Memoria de largo plazo en el índice S&P 500: Un enfoque fractal aplicando el coeficiente de Hurst con el método R/S



19 de diciembre de 2010

Lorenzo Ferrer: In Memoriam

Lorenzo Ferrer Figueras 1920-2010Así recuerdo a Lorenzo Ferrer, don Lorenzo como en muchas ocasiones se me escapaba por el respeto a sus canas y mi admiración a su vitalidad intelectual, delante de una pizarra de tiza con ecuaciones y modelos matemáticos, una pizarra y unos alumnos y ex-alumnos que nos quedamos huérfanos de su sabiduría transversal, desde la Matemática más compleja hasta la Historia menos convencional.

Nos dejó el pasado 6 de noviembre, a escasos días de cumplir los 90 años, a pocos días de la desaparición de otro gigante de la Matemáticas como Benoît Mandelbrot, todavía al pie del cañón como catedrático y profesor emérito de la Universitat de València, nunca se jubiló de sus alumnos a los que animaba a seguir estudiando, profundizando y trabajando en todos los frentes abiertos por la Matemática Aplicada: desde las Mecánica Cuántica hasta la Teoría del Caos, desde la Matemática no lineal hasta los modelos de Forrester, desde la Microeconomía hasta la Estadística multivariante, desde la optimización de sistemas hasta la modelización de la ciudad europea del futuro.

No es fácil resumir lo que aportó Lorenzo Ferrer a varias generaciones de estudiantes y profesionales en su larga vida como docente e investigador, pero en un esfuerzo de síntesis podría afirmar sin miedo a equivocarme: Lorenzo Ferrer era un hombre renacentista, transdisciplinar en el sentido que afirmaba otro sistémico como Peter Checkland: “lo que necesitamos no son grupos interdisciplinarios, sino conceptos transdisciplinarios, o sea conceptos que sirvan para unificar el conocimiento por ser aplicables en áreas que superan las trincheras que tradicionalmente delimitan las fronteras académicas”. A esa idea dedicó Lorenzo Ferrer muchos esfuerzos. Un sabio, un científico que ante la crisis sistémica que nos encontramos estoy seguro que nos pediría a todos, desde las más altas autoridades hasta el último de la fila, el máximo esfuerzo personal para combinar inteligencia, debate y acción, sacrificando los pequeños egos en un esfuerzo común para hacer emerger la inteligencia colectiva necesaria para comprender lo que sucede, simular las posibles trayectorias de evolución y realizar las acciones consistentes con el cambio sistémico necesario para la viabilidad y sostenibilidad de la sociedad deseada.

Siempre le recordaré como el profesor-currante que era, comprometido, exigente, inquieto por seguir aprendiendo y divulgando, trabajador incansable que se tomaba muy en serio la enseñanza, con sus memorables apuntes y esquemas escritos a mano que nos recordaba la nobleza de las Matemáticas como una ciencia que necesita más transpiración que genialidad. No fue fruto de la casualidad que Lorenzo Ferrer fuera pionero en la introducción en España de la Investigación Operativa, la Dinámica de Sistemas y la Sistémica, pues, como decía Picasso “la inspiración es trabajar todos los días”.

Si una cualidad humana distinguía a Lorenzo era su curiosidad, bonhomía y persistencia. Raramente un objeto de conocimiento se resistía a su capacidad de trabajo. En los últimos años le recuerdo centrando sus esfuerzos en la Teoría del Caos, una disciplina que me decía le tenía atrapado por su insondable apariencia y sus posibilidades de aplicación en la interpretación de la Historia y su devenir. Fruto de esa reflexión sobre el caos era un libro en clave de novela histórica que estaba escribiendo y aunque inédito espero tener el placer de leer algún día.

Descanse en paz este obrero de la enseñanza y matemático singular que fue por encima de todo una buena persona.

30 de enero de 2010

Industrial Dynamics de Jay Forrester

Industrial DynamicsDinámica Industrial, [Industrial Dynamics, en su original inglés de 1961] que pronto celebrará su 50 cumpleaños, fue la primera obra del original profesor del MIT Jay Wright Forrester, a la que siguieron títulos importantes como Principles of Systems, Urban Dynamics, y la mítica World Dynamics marcan un hito en la historia del Pensamiento Sistémico y en la partida de nacimiento de una nueva disciplina fundamental en el modelado y comprensión de los sistemas complejos: Dinámica de Sistemas.

Compartiendo longevidad con el profesor Ackoff, el profesor Jay Wright Forrester, que Dios mediante cumplirá 92 años este 2010, es una figura clave en la modelización matemática de los sistemas dinámicos, por no decir su creador y pionero. Por decirlo así, Forrester “abrió la caja de truenos” con la primera modelización del Mundo [“World-1”] por encargo del Club de Roma, que dio lugar a la famosa polémica de los “Límites al crecimiento” y a sucesivos refinamientos de sus discípulos Dennis L. Meadows, Donella H. Meadows y Jorgen Randers con “World-2” y “World-3”. Más adelante abordaré en otro post este importante modelo.

Si bien otros discípulos suyos como Peter Senge y John Sterman han popularizado y puesto al alcance de todo el mundo las técnicas de la Dinámica de Sistemas a través de herramientas informáticas y conceptuales más avanzadas, siempre es un placer acudir a la fuente inspiradora de aquella obra pionera que marcó un antes y un después en la comprensión de la complejidad y la interacción con las decisiones humanas.

Industrial Dynamics supuso una ruptura en la forma de mirar los sistemas y su modelización. Hasta entonces los modelos teóricos eran típicamente lineales: “Si aumentamos la cantidad de vendedores, aumentaremos la cantidad de ventas”. En su lugar, la Dinámica de Sistemas apostó por hacer no lineal la esencia de los modelos reales y a restar el énfasis en la predicción. Así, en vez de diseñar el modelo para hacer pronósticos de acontecimientos futuros, la Dinámica de Sistemas opta por captar la mayor cantidad de bucles de realimentación importantes para trasladarlos al modelo mental del modelizador y posteriormente desarrollarlo conceptual, matemática e informáticamente en un ordenador, pues a los pocos bucles de realimentación se vuelve difícil observar la evolución de un sistema complejo sin la ayuda de un ordenador. Una vez hecho esto, la Dinámica de Sistemas permite “perturbar el modelo”, verificando diversas variables para aprender acerca de los puntos críticos del sistema, su probable evolución y resistencia al cambio.

Esta es quizá la mayor aportación de la Dinámica de Sistemas de Jay Forrester a la comprensión de los sistemas: no busca técnicas para controlar el sistema o dominar su funcionamiento, por el contrario pretende agudizar nuestro conocimiento acerca del diseño, estructura y funcionamiento del sistema estudiado a fin de obtener una visión de conjunto para poder interactuar con él más armoniosamente para intervenir sabiamente, se trate de sistemas económicos, sociales, biológicos o tan complejos como el mundo que habitamos.

Sin más dilación voy a dar paso a una de las ideas más interesantes del profesor Forrester al respecto de las limitaciones mentales de los humanos cuando nos enfrentamos a la complejidad de los sistemas sociales, una limitación que viene dada por nuestra incapacidad para comprender la relaciones de “causalidad circular con demora”, la dificultad para encontrar “puntos de apalancamiento” que no siempre están en la proximidad de los síntomas y la miopía en visualizar los efectos de largo plazo de nuestras decisiones. Que lo disfruten.


El comportamiento contraintuitivo de los sistemas sociales

Muchas características de los sistemas sociales confunden a la gente. Ese comportamiento que la gente no se espera surge en los sistemas corporativos y urbanos así como en las presiones mundiales que en la actualidad envuelven el planeta. Tres comportamientos contra-intuitivos de los sistemas sociales son especialmente peligrosos.

Primero, los sistemas sociales son totalmente insensibles a la mayoría de los cambios que la gente elige en un esfuerzo por alterar el comportamiento de los sistemas. De hecho, los sistemas sociales llaman la atención a tal grado que sería inútil tratar de intervenir. La intuición humana se desarrolla al tener contacto con los sistemas simples. En los sistemas simples, la causa del problema está muy relacionada, en tiempo y espacio, con los síntomas del problema. Si uno toca una estufa caliente, uno se quema al instante; la causa es obvia. Sin embargo, en los sistemas dinámicos complejos, las causas a menudo no tienen relación, en tiempo y espacio, con los síntomas. Las causas verdaderas pueden no tener relación con el tiempo pero si surgen de una parte totalmente diferente del sistema en donde se presenta el síntoma. Sin embargo, el sistema complejo puede ser confuso al presentar una causa aparente que reúne las expectativas derivadas de los sistemas simples. Una persona se dará cuenta de cuáles parecen ser las causas más cercanas a los síntomas tanto en tiempo como en espacio—poco antes en tiempo y cercano al síntoma. Sin embargo, las causas aparentes son generalmente coincidencias que, al igual que el síntoma del problema en sí, son producidas por la dinámica de lazo de retroalimentación de un sistema más grande. Por ejemplo, el sufrimiento humano en las ciudades va acompañado (algunos piensan que es causado) por la vivienda inadecuada. Como resultado, se eleva la vivienda y la población crece a pesar de los esfuerzos. Mucha gente está aprisionada en el deprimente sistema urbano. Otro ejemplo, los síntomas de la población excesiva ya comienzan a ensombrecer todos los países. Los síntomas comienzan con el agolpamiento urbano y la presión social. En lugar de enfrentarse al problema creciente de población, los gobiernos tratan de aligerar las presiones inmediatas ofreciendo apoyo financiero, más policías, transporte escolar y subsidiando servicios de salud. Como consecuencia, la creciente población reduce la calidad de vida de cada individuo.

Segundo, los sistemas sociales aparentemente tienen unos cuantos aspectos influyentes con los cuales pueden cambiar el comportamiento. Estos aspectos altamente influyentes no son lo que la mayoría de la gente espera. Además, cuando se identifica una política altamente influyente, existen más probabilidades de que las personas que se guíen por intuición o por su juicio, desviarán totalmente el sistema en la dirección equivocada. Por ejemplo, en un sistema urbano la vivienda es un aspecto de control influyente pero, si nuestro deseo es convertir la ciudad en un mejor lugar para la gente de la clase baja y demás, lo mejor sería reducir la vivienda económica en lugar de aumentarla. Otro ejemplo es el problema mundial de la población creciente y la disparidad entre los estándares de vida en los países desarrollados y subdesarrollados. Los modelos de dinámica de sistemas dicen que algunos aspectos de control influyentes para aumentar la calidad de vida mundialmente, existen en la tasa de generación de inversión de capital y en la producción de alimentos, pero esa expansión de la industrialización y producción de alimentos son las direcciones contraproducentes, ambas deben ser restringidas. La respuesta común al desastre mundial ha sido el aumento de la industrialización y la producción de alimentos, así que sería conveniente reducir este aumento si se tiene la esperanza de mejoras a largo plazo. Contrario a las expectativas intuitivas, el evitar las prácticas actuales podría aumentar la calidad de vida y contribuir a la estabilización de la población.

Tercero, los sistemas sociales muestran un conflicto en las consecuencias a corto y largo plazo de un cambio de política. Una política que produce mejoras a corto plazo, por lo general degrada un sistema a largo plazo. De igual forma, las políticas que producen mejoras a largo plazo pueden, en un principio, deprimir el comportamiento de un sistema. Esto es especialmente engañoso. El corto plazo es más visible y más convincente. Las presiones a corto plazo son muy obvias. Sin embargo, las secuencias de las acciones dirigidas a la mejora a corto plazo pueden deprimir tan severamente al sistema que ni las medidas heroicas a corto plazo son suficientes. Muchos de los problemas que se enfrentan en la actualidad son los resultados cumulativos de las medidas a corto plazo tomadas en las décadas anteriores.


Al igual que sucede con el profesor Ackoff, Jay Forrester sigue dando ejemplo como profesor emérito de la prestigiosa Sloan School of Management del MIT de Boston, siendo un testimonio viviente para muchos sistémicos.

La frase: “Es cierto que la contaminación, la sobrepoblación, las enfermedades, la escasez de comida, la guerra, o alguna otra fuerza igualmente poderosa, podrán un límite al crecimiento de la población si la persuación o factores psicológicos no lo hacen. El crecimiento exponencial no puede continuar por siempre. De seguir creciendo al ritmo actual, habrá solo un metro cuadrado por persona antes de 400 años. Nuestro gran reto es guiar la transición del crecimiento al equilibrio. A menos que el mundo entienda y comience a actuar pronto, la civilización será sobrepasada por fuerzas que nosotros mismos hemos creado, pero que ya no podemos controlar nunca más”.


Para saber más: Jay Forrester en Wikipedia [inglés] y Jay Forrester en Wikipedia [castellano]

Selected Papers by Forrester [inglés]

System Dynamics en Wikipedia [inglés]

Introduction to System Dynamics del U.S. Departament of Energy's [inglés]

Essential System Dynamics Literature [inglés]

Dinámica de Sistemas en Wikipedia

Cátedra UNESCO de Sostenibilidad de la UPC - Grupo de Dinamica de Sistemas

Diseñando el futuro. Conferencia del profesor Forrester en la Universidad de Sevilla el 15-12-1998

23 de marzo de 2008

El cisne negro de Nassim Nicholas Taleb

The Black Swan“El cisne negro: el impacto de lo altamente improbable” editado por la Editorial Paidós Ibérica es la segunda obra traducida al castellano del profesor libanés-americano, ensayista de éxito y ex-operador bursátil Nassim Nicholas Taleb que se define a sí mismo como “empirista escéptico” es uno de esos pocos libros que una vez leídos te sientes en la obligación moral de recomendarlos vivamente amén de sugerir una profunda reflexión sobre muchos de los supuestos filosófico-matemáticos aplicados a la economía, a la concepción del riesgo y a la gestión de la incertidumbre. Si en los 80's “La Meta” de Eliyahu M. Goldratt removió nuestras viejas y anticuadas concepciones sobre la gestión y en los 90's “La Quinta Disciplina” de Peter M. Senge nos hizo reflexionar sobre la necesidad de adoptar el pensamiento sistémico para afrontar los desafíos crecientes de un mundo complejo, en la presente década la obra de Nassim N. Taleb vendrá a significar en mi opinión lo que Goldratt y Senge representaron en el mismo ámbito en el que plantea sus reflexiones el profesor Taleb: descubrir los errores en los procesos de razonamiento cuando los humanos nos enfrentamos frente a la complejidad, la incertidumbre y la aleatoriedad.

Son varios los ejemplos y conceptos que nos muestra el profesor Taleb en esta obra, en la que profundiza lo avanzado en la anterior “¿Existe la suerte?: engañados por el azar” siendo su punto de arranque el problema de la inducción ejemplificado gráficamente en el caso del “pavo de Russell” (en honor a Bertrand Russell que fue quien expuso por primera vez el ejemplo, retomando el problema de la inducción que inició David Hume, si bien el maestro Russell utilizó la misma metáfora pero con un pollo) que comprobó que todas las mañanas le daban de comer y tras varios meses de observaciones iba a concluir una ley universal (“estos humanos tan amables me debe querer mucho, todos los días me dan de comer”), cuando con la llegada del día de Acción de Gracias al pavo le ocurrió algo inesperado (para el pavo, no para los amables humanos). Pues bien, nuestra manera de pensar no es muy diferente de la del “pavo de Russell”. Gran parte de la matemática estadística, el cálculo de riesgos y las distribuciones de probabilidad están atravesadas por esta manera de pensar: a mayor frecuencia de ocurrencia de un hecho menor sensibilidad frente a lo inesperado. De ahí la metáfora del cisne negro que Taleb toma de David Hume (empirismo) y de Karl Popper (falsacionismo): si nos pasamos toda la vida en el hemisferio norte pensaremos que todos los cisnes son blancos, sin embargo en Australia existen cisnes negros (cygnus atratus) [1]. Y es que un cisne negro nos parece algo imposible debido a nuestra reducida experiencia: un suceso altamente improbable [2].

¿Qué es entonces un “cisne negro” según Taleb?. El profesor Taleb lo define como un hecho fortuito que satisface estas tres propiedades: gran repercusión, probabilidades imposibles de calcular y efecto sorpresa. En primer lugar, su incidencia produce un efecto desproporcionadamente grande. En segundo lugar, tiene una pequeña probabilidad pero imposible de calcular en base a la información disponible antes de ser percibido el hecho. En tercer lugar, una propiedad nociva del “cisne negro” es su efecto sorpresa: en un momento dado de la observación no hay ningún elemento convincente que indique que el evento vaya a ser más probable. Desde luego, estas propiedades no son ajenas a las crisis financieras que vivió el autor cuando se ganaba la vida como operador bursátil.

A partir de este punto el profesor Taleb nos hace un recorrido por todos y cada uno de los diferentes errores del razonamiento humano cuando se encuentra frente a los “cisnes negros” o sucesos improbables. No los voy a exponer todos pero sí algunos de los que considero más importantes, como por ejemplo la distorsión retrospectiva, algo para lo que los economistas e historiadores padecen bien dotados cuando explican las causas de una crisis económica o una guerra mundial, pero son incapaces de anticiparla: los humanos somos muy buenos a la hora de predecir los sucesos de modo retroactivo. Para Taleb, esta distorsión consiste en un sesgo que nos empuja a sobreestimar el valor de las explicaciones racionales de los datos a la vez que subestimamos la importancia de la aleatoriedad inexplicable en los datos. Para el profesor Taleb existe una base genética y filosófica para entender lo mal preparados que estamos los humanos cuando nos enfrentamos a la incertidumbre y la aleatoriedad. Según Taleb, la evolución no favoreció un tipo de pensamiento complejo y probabilístico, antes al contrario somos muy rápidos en adoptar decisiones instantáneas apoyados en una mínima cantidad de datos o en teorías superficiales y carentes de solidez, tal vez (sugiere un divertido Taleb), porque quienes divisaban un león y echaban a correr por presuponer que todos los animales salvajes siempre comen seres humanos tenían más probabilidades de sobrevivir que quienes preferían poner a prueba tal hipótesis de manera experimental. Claro que hay leones de talante amistoso (como hay cisnes negros), pero es preferible ser prudente y cauteloso de antemano que sufrir más tarde las consecuencias (problema de la inducción). Además, para Taleb existe un problema filosófico fundamental: la platonicidad o “falacia platónica”. Somos hijos de la escuela platónica que nos animó a preferir la teoría estructurada, ordinaria y comprensible a la desordenada y compleja realidad; por otra parte, nos inclina asimismo a seleccionar únicamente los hechos que encajan en nuestras teorías (falacia de las pruebas silenciosas) o cuando los hechos han tenido lugar, nos creamos historias post-hoc para que el hecho parezca tener una causa (falacia narrativa).

En mi opinión uno de los argumentos más interesantes del profesor Taleb es el que hace referencia al problema de la circularidad de la estadística y el daño colateral que provoca la distribución normal o de Gauss (por el nombre del matemático alemán Carl Friedrich Gauss): necesitamos datos para descubrir la distribución de probabilidad. ¿Cómo sabemos si contamos con los suficientes?. Por la distribución de probabilidad. Si es gaussiana, bastarán unos pocos. ¿Cómo se sabe que es gaussiana?. Por los datos. Por eso necesitamos que los datos nos digan qué distribución de la probabilidad debemos asumir, y que una distribución de la probabilidad nos diga cuántos datos necesitamos. Esta circularidad causa graves problemas en la regresión, más acuciantes cuando se aplica sin discriminación la distribución gaussiana a todo lo que se mueve. En este punto es cuando el profesor Taleb nos anima con ejemplos donde es apropiado aplicar la distribución normal y donde no: Mediocristán y Extremistán. Imaginemos que tenemos en un estadio de futbol 1.000 personas elegidas al azar reunidas dentro. Si añadimos a ellas la persona más alta del mundo ¿cambiará mucho la media de altura de las 1.001 personas reunidas?. No, no variará apenas. Bienvenidos a Mediocristán, cuyas matemáticas son el álgebra de la estadística clásica y la teoría de la probabilidad. En ese mundo las distribuciones son normales, con curvas en forma de la famosa campana de Gauss. Las variaciones individuales no varían mucho el promedio. Ahora cojamos esas mismas 1.000 personas y hagamos que entre en el estadio Bill Gates, supuestamente el hombre más rico del mundo. ¿Cambiará mucho la media de riqueza de los allí reunidos? Sí, cambiará de una forma brutal al entrar Bill con sus más de 50.000 millones de dólares de patrimonio. Bienvenidos a Extremistán, cuyas matemáticas son mucho menos ortodoxas como, por ejemplo, la geometría fractal descubierta por el matemático estadounidense de origen polaco-lituano Benoît Mandelbrot. Las distribuciones siguen una ley de potencia como la de Zipf o la de Pareto o, más recientemente, la “Long Tail” de Chris Anderson a la que hemos dedicado una entrada en el blog. Por supuesto no hace falta decir que los cisnes negros son propios de Extremistán.

En su experiencia como operador de bolsa Taleb considera que los mercados financieros minusvaloran la probabilidad de los cisnes negros pues los métodos generalmente aplicados por los operadores financieros son los propios de Mediocristán. Es ahí donde Taleb apunta que se pueden obtener ganancias apostando a que tales sucesos extraños tan impactantes de hecho sucederán con mucha mayor frecuencia. No entiendo mucho de derivados financieros pero puedo alcanzar a comprender que si la mayoría de operadores trabajan con los mismos métodos y comparten las mismas concepciones de como operan los mercados (según el paradigma de Mediocristán), es lógico pensar que si alguien se atreve utilizar otros métodos y concepciones muy distintas (según el paradigma de Extremistán) es posible que se puedan obtener ganancias importantes (rendimientos escalables) como los que apunta Taleb mediante la compra de opciones “deep out-of-the-money”, que son muy baratas, que ocasionan pocas pérdidas pero muchas veces, aunque pueden proporcionar un retorno espectacular si los mercados se vuelven locos (cosa que al parecer está ocurriendo mucho más a menudo de lo que cabría esperar según el paradigma de Mediocristán).

Un apartado importante en esta obra es la fundamentada crítica hacia los modelos de gestión de riesgos que se usan actualmente, y que han hecho ganar a algunos académicos su Nobel de Economía (Taleb cita expresamente a Robert C. Merton y Myron S. Scholes, promotores del fiasco del LCTM) que excluyen precisamente los eventos raros que aparecen de vez en cuando en Extremistán y cuyos efectos económicos pueden ser muy importantes. Estos académicos y muchos analistas cuantitativos tranquilizan a los ejecutivos de las empresas, los reguladores y los inversores con una ilusoria sensación de seguridad que no tiene para nada en cuenta la aparición ocasional de cisnes negros que pueden dejar arruinados a más de uno. Para Taleb esta “falacia de la regresión estadística” que consiste en creer que la probabilidad de futuros eventos es predecible examinando acontecimientos de eventos pasados está muy arraigada entre los actores económicos, que tampoco entienden que la aleatoriedad estructurada que encontramos en los juegos de azar (teoría de probabilidades clásica) no se parece a la aleatoriedad que encontramos en la vida real (“falacia lúdica”).

Para Taleb, siguiendo la obra de los psicólogos israelíes fundadores de la Teoría de la Prospección (antecedente de la llamada Neuroeconomía), Amos Tversky y el premio Nobel de Economía, Daniel Kahneman, los seres humanos somos mucho mejores haciendo cosas que comprendiendo nuestro entorno. Pero no lo sabemos [3]. Vivimos con la ilusión del orden, creyendo que la planificación y la previsión son posibles. Nos perturba tanto lo aleatorio que creemos disciplinas que intentan dar sentido al pasado, pero en última instancia, no conseguimos entenderlo, al igual que solemos fallar prediciendo el futuro. Por razones prácticas, resulta que los seres humanos preferimos funcionar con previsiones y predicciones, aunque casi siempre se revelan equivocadas. Para Taleb, los humanos creemos que la innovación se puede planificar, sin embargo las innovaciones importantes suelen ser descubiertas por accidente (serendipidad), pero no se reconoce así cuando escribimos la historia. Las tecnologías que dominan el mundo actual (como Internet, el ordenador personal y el láser) no se utilizan en la forma prevista por los que las inventaron y una parte considerable de los descubrimientos médicos no están planificados en los proyectos de investigación oficiales sino que surgen por puro azar.

Lejos de ofrecer recetas matemáticas para calcular la probabilidad de los sucesos raros (cisnes negros) para protegernos frente a la incertidumbre, lo que nos aporta el profesor Taleb es una buena dosis de sentido común: nunca llegaremos a conocer lo desconocido ya que, por definición, es desconocido. Sin embargo, siempre podemos imaginar cómo podría afectarnos. Es decir, las probabilidades de los cisnes negros no son computables, pero sí podemos tener una idea muy clara de sus consecuencias. Esta es una idea-fuerza para la gestión de la incertidumbre: para tomar una decisión tenemos que centrarnos en las consecuencias (que podemos conocer) más que en la probabilidad. Estar preparado ante la aparición de los cisnes negros es más importante que dedicarle tiempo y esfuerzo a calcular la probabilidad de su ocurrencia. Resumiendo: para que no nos ocurra lo que al “pavo de Russell” hay que estar preparado para lo inesperado (que a diferencia de los pavos, sí podemos imaginar) pero sin preocuparnos de cuándo ocurrirá.

Por último pero no menos importante, Taleb nos recuerda las aportaciones del economista estadounidense y Premio Nobel de Economía, Robert Lucas (expectativas racionales) y en particular su famosa crítica (crítica de Lucas) a los modelos econométricos al uso en política económica. En síntesis, la crítica de Lucas viene a decir que si la gente es racional, entonces su racionalidad les haría descubrir patrones predecibles del pasado y adaptarse, de forma que la información pasada sería totalmente inútil para predecir el futuro. Es decir, al intentar modelizar sistemas económicos basados en búsqueda de patrones en series temporales, hay que tener presente que la racionalidad y capacidad de decisión de las personas que antes han tenido acceso a la información puede alterar la serie temporal posterior, haciendo desaparecer el patrón de comportamiento. En resumen, una vez detectado un patrón de comportamiento (en mercados, sistemas sociales, hábitos de consumo, etc.), la propia racionalidad y decisión colectiva de las personas cancela el patrón (generalmente anticipándose al patrón).

En mi opinión, las ideas del profesor Taleb deben ser muy tenidas en cuenta por los que nos dedicamos al oficio de comprender, modelizar e implementar sistemas humanos complejos, para incorporar a los modelos las aportaciones de pensadores como Lorenz (teoría del caos), Mandelbrot (fractales), Kahneman (teoría de la prospección), Lucas (crítica de Lucas), etc. y evitar en lo posible los sesgos propios de la matemática de Mediocristán en el diseño de modelos, y, por supuesto, todos aquellos que nos hemos atrevido a desarrollar modelos matemáticos de previsión (forecasting) para que en mayor o menor medida evitemos la presunción de fiabilidad, pues nadie conoce el futuro.

Desde un punto de vista sistémico y, aunque el autor no menciona expresamente, en las dos obras que he podido leer he percibido una cierta familiaridad con la Cibernética de segundo orden de Heinz von Foerster, pues en repetidas ocasiones Taleb utiliza la observación de segundo orden a modo de método para ejemplificar ciertos patrones de conducta de determinados personajes (operadores de bolsa como el propio Taleb) ante situaciones donde la aleatoriedad y la incertidumbre ponen a prueba estrategias y concepciones periclitadas para un mundo imprevisible. Tal vez en este punto Taleb no se atreve a ir más allá, incluyendo la idea de circularidad y autorreferencia y es donde encuentro una mayor carencia en su obra, que a modo de crítica concluyo, es decir: Taleb no incorpora a su discurso la idea de que la aleatoridad e incertidumbre de los mercados financieros pudieran no ser ajenos a la propia conducta de los actores que luego sufren las consecuencias. El éxito de su obra es haber conseguido un certero análisis de los errores en los que incurrimos los humanos cuando nos enfrentamos a situaciones aleatorias e imprevisibles, más echo en falta una reflexión de cómo los humanos generamos esas mismas situaciones aleatorias, y en concreto en el campo de las crisis financieras.

La frase: “Mi principal afición es provocar a aquella gente que se toma demasiado en serio a sí misma y la calidad de sus conocimientos y a aquellos que no tienen las agallas para decir a veces no lo sé”.

Como pueden observar, genio y figura. Autor y obra altamente recomendables.


[1] “De la observación de un sinnúmero de cisnes blancos no se podrá inferir que todos los cisnes son blancos, sin embargo, ver un solo cisne negro será suficiente para refutar semejante conclusión.” David Hume (1711-1776), filósofo inglés.

[2] A principios del siglo XVIII, los colonos ingleses que volvieron de Australia trajeron consigo, en las panzas de sus barcos, un cargamento de cisnes negros. Los cisnes negros son originales de la isla austral y hasta ese momento, se pensaba que todos los cisnes eran blancos, porque eran blancos todos los que se conocían. La intrahistoria de esta historia es que este hecho supuso una conmoción en la sociedad inglesa. Aunque nos pueda parecer algo ingenuo a los habitantes del siglo XXI, lo cierto es que la aparición de una especie de cisnes de un color distinto al que estaban acostumbrados a ver, supuso para los habitantes de la época una fuente de debate y de polémica.

[3] Los neurológos saben que nuestro cerebro está programado para tener el control de todo lo que sucede. Sin embargo, lo cierto es que nuestro cerebro está literalmente a oscuras, escondido bajo la cavidad craneal, y el único contacto que tiene del exterior es a través de órganos imperfectos, bien sea la vista, el tacto, el sentido olfativo o el gusto. Y puesto que nuestro cerebro está programado para controlarlo todo y debido a lo imperfecto de las percepciones que llegan a él, elucubra lo que puede, creando modelos abstractos de la realidad, que a veces no tienen porqué coincidir con la realidad misma. En pocas palabras, la explicación podría ser que no estamos preparados fisiológicamente para los hechos imprevisibles. Y sin embargo, los hechos imprevisibles existen.


Para saber más: Web de Nassim Nicholas Taleb [inglés] y Nassim N. Taleb en Wikipedia [castellano] y Nassim N. Taleb en Wikipedia [inglés]

No puedes predecir quién cambiará el mundo (artículo de Nassim N. Taleb en inglés)

Daniel Kahneman en Wikipedia [inglés]

Amos Tversky en Wikipedia [inglés]

Teoría de la Prospección en Wikipedia [inglés]

Robert Lucas en Wikipedia [inglés]

Crítica de Lucas en Wikipedia [inglés]

Modelo de la Isla de Lucas en Wikipedia [inglés]

Web de Benoît Mandelbrot [inglés]

Cibernética de segundo orden [inglés]

Heinz von Foerster en Wikipedia [inglés]

Empirismo en Wikipedia [castellano]

David Hume en Wikipedia [castellano]

Bertrand Russell en Wikipedia [castellano]

Karl Popper en Wikipedia [castellano]

Fractales en Wikipedia [castellano]

Blog de Neuroeconomía [castellano]

Extractos del anterior libro de Nassim Nicholas Taleb “Confundidos por el azar” [castellano]