27 de noviembre de 2011

¿El sistema puede funcionar sin consumidores?

La pregunta, retadora, estaba formulada en una entradilla a un artículo del diario El País del pasado 14 de Noviembre de 2011 dedicado a la reciente obra de la ensayista y activista social estadounidense Barbara Ehrenreich con el sugestivo título de “Sonríe o muere. La trampa del pensamiento positivo” (Editorial Turner). El libro aún no lo he leído, prometo hacerlo, pero su mención en la redes sociales por Ramón Morata me dio pie a avanzar algunas reflexiones sistémicas sobre el siempre interesante bucle trabajo-producción-renta-consumo que quiero compartir.

Mi respuesta a la pregunta anterior es, sin duda: no. El sistema no puede funcionar sin consumidores. Ahora bien, la pregunta tiene otras derivadas. En un escenario final el sistema que conocemos necesita consumo, consumidores/compradores, para dar salida a su producción, es obvio, pero no está claro que necesite, simétricamente, factor trabajo. El factor trabajo es un “mal necesario” desde una perspectiva radical de la productividad. El ideal de la productividad máxima es reducir el factor trabajo a cero. Sí, han leído bien: cero. Esto en sí mismo no es negativo: ¿acaso no es un valor humano evitar la esclavitud del trabajo y hacer más con menos esfuerzo o, mejor, nulo esfuerzo?. Aunque, eso sí, para lograr esto, a cambio hay que invertir y mucho en factor capital, conocimiento intensivo y otros recursos no siempre abundantes. En este sentido, aspirar a una mayor productividad “porque sí”, sin comprometer inversión de capital o conocimiento es una imposibilidad metafísica que da lugar a lo que algunos autores llaman “productividad sucia” (porque no se centra en incrementar la productividad vía inversión de capital o conocimiento sino en bajar los costes del factor trabajo, vía deslocalización y otros procedimientos de sobreexplotación).

El problema o paradoja sistémica que ocasiona esta imparable tendencia productivista del sistema a sustituir trabajo humano por automatización y/o por “productividad sucia” es no tener presente que los consumidores (de los productos/servicios generados por la automatización y/o por la “productividad sucia”) obtienen mayoritariamente sus ingresos/renta para consumir en tanto que trabajadores/asalariados, en consecuencia si reducimos o malpagamos el factor trabajo estamos reduciendo, también, la capacidad de compra de los consumidores y en consecuencia esto conduce a la larga (en apariencia, en un primer análisis) a una implosión del propio sistema: el sistema “canibaliza” a los consumidores/compradores vía desempleo. En esto consiste, por cierto, una depresión económica. Esto es algo que aprendió en carne propia Henry Ford, que, como nos recuerda el ex ministro Jordi Sevilla en su reciente artículo Teoría del endeudamiento “(Henry Ford) encontró nuevos compradores en sus propios trabajadores para lo que tuvo que subirles los sueldos. El salario pasó a ser, así, una variable económica ambivalente: por un lado, coste de producción que conviene rebajar; por otro, demanda efectiva que convendría mantener o elevar”.

Desde otra perspectiva, digamos más “positivista”, esto no es un problema irresoluble, pues lo que se “automatiza” habitualmente es porque tiene poco valor añadido (Nota: a la vuelta de la esquina podemos estar ante la posibilidad de automatizar también la producción de bienes y servicios de alto valor añadido, un aspecto a considerar que aceleraría aún más este proceso): en consecuencia, esto de reducir factor trabajo tiene una lectura positiva, si bien es cierto, a corto/medio plazo genera exclusión social y reduce la capacidad de compra, luego, acelera la depresión.

Elevando el tiro, esto nos conduce a una visión evolucionista en el que la productividad actúa como una fuerza que empuja la evolución del concepto de trabajo humano hacia cotas de mayor valor añadido a la vez que redefine la función del trabajo humano y el consumo. En última instancia también afecta a la demografía, aunque no siempre como intuitivamente cabría esperar: riqueza y natalidad no correlacionan en la misma medida que pobreza y natalidad, dando lugar a fuertes asimetrías globales: escasez crónica, hambrunas, mortandad infantil, etc. Eso sí, puede que en el camino muchos individuos/personas se atasquen y no quieran/puedan ofrecer más valor añadido cuando el sistema les señala como “no necesarios”. Ahí sí tenemos un serio problema si los individuos/personas excluidos/desplazados son mayoría. ¿Soluciones?: la propuesta ¿utópica? de Luis Racionero, “Del paro al ocio” (1983) (para mí, una puesta al día del famoso “El Derecho a la Pereza” del yerno de Karl Marx, Paul Lafargue) es factible sí y solo sí se reparte el trabajo. ¿Problema?. Repartir el trabajo equivale a trabajar menos días/horas y consecuentemente reducir el salario. Algo en principio no muy atractivo para los trabajadores, si bien alguna variante de la idea, como el modelo alemán de reparto de trabajo ha demostrado su viabilidad siempre y cuando se involucre el Estado en subvencionar las horas no trabajadas.

Por otra parte, cuando el sistema señala como “no necesario” a alguien, en realidad le está diciendo que es “no necesario” en tanto productor/trabajador, pero no significa que sea “no necesario” como consumidor/comprador: “El cliente es el Rey” en una economía de mercado. Es aquí donde el sistema genera una contradicción ineludible que sucesivos “ajustes finos” han intentado resolver para evitar el presagio de la implosión final del sistema (colapso por sobreproducción o por falta de suficientes consumidores/compradores, ambas caras de la misma moneda), algo que parece ineludible si atendemos a la observación de las tendencias: la percepción de gratuidad a través de Internet, la automatización creciente, la reducción tendencial de las rentas del trabajo, el agotamiento de la capacidad de endeudamiento que servía de amortiguador al desigual reparto de riqueza y el consiguiente decrecimiento del consumo masificado. Llegados a este punto ya da igual preguntarse si fue antes “el huevo o la gallina”, es decir, si hace falta menos factor trabajo porque hay menos consumo o hay menos consumo porque hace falta menos factor trabajo. El proceso se retroalimenta así mismo y en consecuencia la implosión es casi inevitable.

Otro pensador sistémico, el economista Santiago Niño Becerra apunta en la misma dirección: “Pienso que el mañana apunta a una dicotomía económica y social, a un perfil en geometría variable (se está empezando a hablar de eso, ya) poblado de insiders y outsiders en el que en un entorno postglobal unas pocas personas sean totalmente necesarias (imprescindibles, no: nadie lo es), otras lo sean parcialmente, y otras no lo sean en absoluto; en la línea de lo ya apuntado por Jeremy Rifkin de que en algún momento del siglo XXI para generar el 100% del PIB mundial tan sólo será preciso el 5% de la población del planeta: hoy serían 350 millones de personas de los 7.000 millones que habitan el globo.”

Llegados a ese punto cabe preguntarse honestamente dónde encontrarán su “nicho de mercado” la mayoría de los excluidos/desplazados por la tendencia imparable de la productividad.

Desde la perspectiva de las teorías convencionales y por el lado de la oferta se podría anticipar que “la necesidad hace virtud” y, así, en consecuencia, durante las crisis el sistema estimula la creatividad humana para crear nuevas ideas, productos y servicios (“Destrucción creativa” de Schumpeter) para dar paso a un nuevo ciclo (“La oferta crea su propia demanda” de Say). Y desde el lado de la demanda, la doctrina del “Equilibrio general” suele acertar con la obviedad de que los mercados tienden al equilibrio, a autorregularse, de tal modo que no hay que preocuparse demasiado: si un segmento de mercado pierde consumidores/compradores (por ejemplo, por falta de capacidad adquisitiva o capacidad de endeudamiento), se ajustarán en primer lugar los precios/márgenes y en última instancia dejarán de producirse los bienes/servicios para dicho segmento, lo que a su vez expulsará a los trabajadores del segmento, abocando al sistema a una espiral depresiva en ese segmento de mercado y creando las condiciones para que se movilice el lado de la oferta. Lo que no está del todo claro es si la actual crisis sistémica no acabará por cuestionar las teorías convencionales al uso.

Resumiendo: desde un punto de vista evolutivo, es preferible que en una mina a miles de metros bajo tierra trabaje un robot antes que un minero (Nota: Habrán tareas que sin embargo podrían automatizarse pero existirá un fuerte rechazo social a su total automatización. Por poner dos ejemplos fáciles: un cirujano robot o un piloto robot de aeronave podrían llegar a aceptarse socialmente pero siempre bajo la supervisión de un ser humano). Esto es claramente una ventaja evolutiva. El problema lo tenemos cuando bajamos del plano evolutivo/macro al social/micro y observamos que el minero, en tanto que ser humano concreto, no se “recicla” de la noche a la mañana en un ingeniero capaz de diseñar al robot que le va a sustituir. Ahora bien, que un individuo concreto no se recicle/evolucione no es un problema sistémico. Por el contrario, sí lo es que una generación no logre hacerlo a la velocidad que se necesita para evitar un colapso sistémico por falta de suficientes consumidores/compradores. La cuestión es pues gestionar adecuadamente las “transiciones de fase” en la evolución tecnológica, política y social, para introducir las mejoras de productividad acompasadas al ritmo de la capacidad humana de “cambio y reciclaje” personal. La cuestión es pues, ¿llegaremos a tiempo de evitar el desperdicio de tantos recursos humanos “no necesarios”?, ¿hay que hacer algo desde las instituciones o ante el riesgo de hacer “ingeniería social” es mejor dejar que las “fuerzas del mercado” actúen a su libre elección?. O, más allá, ¿esta crisis sistémica nos abre la oportunidad a un salto cualitativo en la evolución del concepto de trabajo, producción, consumo, renta, crecimiento, PIB, oferta, demanda, etc.?.

Lejos de la especulación futurista, el problema real, acuciante, es el “mientras tanto”, porque aún admitiendo por un momento que el sistema tiene en su “core” los mecanismos suficientes para re-crearse y auto-regularse no es menos cierto que los tiempos y plazos de estos mecanismos no siempre son admisibles desde la óptica de la duración promedio de la vida humana (“a largo plazo todos muertos” que decía Keynes): disponer de “estabilizadores automáticos” como el seguro de paro o la renta mínima de inserción está muy bien, el dilema es cómo financiarlos cuando los Estados se quedan sin margen de maniobra para recaudar o endeudarse más. En este punto muerto es donde nos encontramos ahora, sin opciones convencionales ante una crisis sistémica que ha expulsado del ciclo de trabajo-producción-renta-consumo a millones de trabajadores en todo el mundo. En España, cinco millones. ¿Qué hacer para evitar la implosión del sistema?. Esa es la cuestión, la “patata caliente” que tiene sobre la mesa el futuro nuevo gobierno.