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1 de septiembre de 2013

Momento Minsky: Fragilidad Sistémica

“Una característica fundamental de nuestra economía es que el sistema financiero oscila entre la robustez y la fragilidad, y esa oscilación es parte integrante del proceso que genera los ciclos económicos.” (Hyman P. Minsky, 1974).

Como bien señala Miguel Puente en Caótica Economía: “La idea principal de Minsky la podemos resumir en una simple cita, “As the system matures, the likelihood of inestability increases” [Conforme un sistema madura, la probabilidad de que se haga inestable aumenta]. En el terreno económico esto se traduce por el hecho de que conforme un sistema estable avanza en el tiempo, las condiciones financieras que operan “por debajo” empiezan a incrementar el riesgo de inestabilidad. Es la regulación financiera e institucional la que aleja al sistema de estas inestabilidades, sin embargo, (I) un periodo de bonanza hace que estas regulaciones se relajen, permitiendo que aflore la inestabilidad y (II) estas estructuras regulatorias deben evolucionar conforme a las practicas del mercado, pues si no, su efectividad se ve mermada.”

El término Momento Minsky fue acuñado por el economista Paul Allen McCulley en honor a Minsky para describir la crisis financiera rusa de 1998 aunque se hizo realmente popular durante la crisis financiera de 2007-2009. El concepto viene a ser pariente cercano al de Cisne Negro que hemos abordado en otra ocasión: El cisne negro de Nassim Nicholas Taleb si bien tiene una connotación distinta en el sentido de que así como un suceso de Cisne Negro es por definición imprevisible y de catastróficas consecuencias, un Momento Minsky, aún siendo igualmente catastrófico, es en cierto modo previsible, porque sabemos que tiene que ocurrir porque tiene su génesis en una inestabilidad endógena (derivada del propio sistema, no de circunstancias externas) es decir, se trata de una fragilidad sistémica si bien no sabemos cuándo ocurrirá.

Hyman P. Minsky dedicó los últimos años de su vida a estudiar este fallo sistémico: el cómo la dinámica interna del sistema financiero le conducía, sin necesidad de perturbaciones externas, a un colapso repentino (aunque previsible) del valor de los activos, un colapso que a modo de simplificación es precedido por una situación de sobreapalancamiento (exceso de financiamiento a crédito en base a expectativas demasiado optimistas o simplemente especulativas que da lugar a un sobreendeudamiento), seguido por insuficiente generación de efectivo para hacer frente al servicio de la deuda (intereses y/o principal), seguido por una ola de ventas de activos que conduce inevitablemente a una depreciación de los activos o un incremento del precio del dinero que acelera aún más la depreciación de los activos y finalmente el default y la recesión, en un ciclo que se retroalimenta positivamente entre todos los agentes intervinientes en el sistema. Para ello Minsky recurre a tres perfiles de inversión que aunque inicialmente son diferentes, cuando se acerca el Momento Minsky tienden a confundirse y solaparse.

Lo interesante del modelo sistémico propuesto por Minsky es que explica muy bien la génesis endógena de la inestabilidad sin recurrir a causas exógenas. O como dice el refrán: “Entre todos lo mataron y el solito se murió”. También es interesante constatar que para Minsky el sistema capitalista evoluciona, de tal modo que se adapta a sus propias inestabilidades superándolas, de tal modo que a cada forma o modelo le sustituye o reemplaza otra forma algo más estable que la anterior. Sin embargo, según insistió, en este proceso de adaptación no hay final o solución para resolver de forma permanente esta tendencia a la inestabilidad (con crisis cada vez de mayor intensidad) por ser inherentes al sistema.

En su trabajo pionero, “Hipótesis de la Inestabilidad Financiera” (Mayo de 1992) Hyman P. Minsky describe al modo sistémico como funciona el sistema económico completo, es decir, introduciendo el factor financiero junto al gobierno, los hogares y las empresas y las interacciones entre ellos. De este modo, partiendo de esta hipótesis, posteriormente construyó un modelo dinámico que otros economistas como el australiano Steve Keen han ampliado y perfeccionado.

Así, para entender mejor la génesis sistémica del Momento Minsky voy a reproducir en su integridad la excelente traducción de Jorge Bielsa de la Universidad de Zaragoza de este original trabajo de Hyman P. Minsky. (En negrita o subrayado lo que he considerado más destacable). Vamos allá.

Hipótesis de la Inestabilidad Financiera

La hipótesis de la inestabilidad financiera tiene tanto aspectos empíricos como teóricos. El aspecto empírico más fácilmente constatable es que las economías capitalistas experimentan de vez en cuando procesos de inflación o de deflación por sobreendeudamiento que parecen potencialmente explosivos. En efecto, durante esos procesos, las reacciones del sistema económico ante un movimiento de la economía no hacen sino amplificarlas, es decir, que tanto la inflación como la deflación por sobreendeudamiento se alimentan a sí mismas. Por otra parte, parece que la intervención de los gobiernos con la intención de detener dichas crisis ha sido inútil en algunas de las crisis pasadas. Esos episodios históricos son una evidencia palpable de la idea de que la economía no siempre responde a los preceptos clásicos de Smith o Walras, que daban por sentado que la economía puede entenderse perfectamente suponiendo que ésta es un sistema estable en constante búsqueda del equilibrio.

Irving Fisher (1933) proporciona la descripción clásica de una deflación por sobreendeudamiento, mientras que Charles Kindleberger (1978) hace lo mismo con el proceso de desequilibrio autosostenido. Por su parte, Martin Wolfson (1986), no sólo recopila información sobre la aparición de relaciones financieras generadoras de inestabilidad financiera, sino que examina varias teorías que explican los ciclos económicos reales a partir de dichas crisis financieras.

Como teoría económica, la hipótesis de la inestabilidad financiera es una interpretación del núcleo de la Teoría General de Keynes. Esta interpretación sitúa a la Teoría General en su contexto histórico. Dado que la Teoría General fue escrita en la primera parte de la década de los años 30, una parte de los hechos que la obra pretendía explicar era la gran recesión financiera y real de los Estados Unidos y las de las otras economías capitalistas del aquel tiempo. La hipótesis de la inestabilidad financiera se basa también en el punto de vista sobre el papel del crédito, del dinero y de las finanzas de Joseph Shumpeter (1934, Cap 3). Por último, dos trabajos clave para entender esta hipótesis son, por supuesto, los de Hyman P. Minsky (1975, 1976).

El argumento teórico de la hipótesis de la inestabilidad financiera parte de una economía típicamente capitalista de activos reales con precio elevado que necesitan ser financiados por medio de un complejo y sofisticado sistema financiero. Como señala Keynes, el problema económico consiste en identificar el “desarrollo del capital de la economía”, en lugar de la clásica “asignación de unos recursos dados entre usos alternativos” que propuso Knight. Así pues, nos centraremos en el proceso real de acumulación que se produce en una economía capitalista.

En ese proceso de acumulación de capital se producen intercambios de dinero actual por dinero futuro. Así, el dinero actual se utiliza para pagar recursos que se emplean para producir bienes de inversión, mientras que el dinero futuro son los “beneficios” que incrementarán esos bienes de capital propiedad de las empresas (en la medida en que los bienes de capital son usados en la producción). Como resultado de este proceso de financiación de la inversión, el control ejercido sobre parte del stock de capital por las unidades de producción se lleva a cabo gracias a la financiación con deuda, es decir, se genera una serie de compromisos de pago en fechas específicas, o cuando se cumplan determinadas condiciones pactadas. De esta forma, para cada unidad económica los pasivos que refleja su balance determinan una serie temporal de compromisos de pago previos, al igual que sus activos representarán una serie de flujos de caja esperados.

Esta estructura fue perfectamente explicada por Keynes (1972):
“Hay una multitud de activos reales en el mundo que constituyen la riqueza en forma de capital (edificios, inventarios de bienes terminados o en proceso de fabricación o de transporte, etc). Sin embargo, para poseerlos, los propietarios nominales de esos activos frecuentemente han pedido prestado dinero. Visto desde el otro lado, los verdaderos propietarios de esa riqueza tienen derechos, no sobre esos activos reales, sino sobre dinero futuro. Una parte considerable de esa financiación tiene lugar a través del sistema bancario, que interpone su garantía entre los clientes que le prestan dinero por medio de depósitos y los clientes a los que les presta para que puedan comprar activos reales. Ese velo monetario interpuesto entre el activo real y el propietario de la riqueza es una de las características más destacadas del mundo moderno.”
Este “velo monetario” keynesiano es distinto del que se suele asociar a la teoría cuantitativa del dinero. El “velo monetario” de la teoría cuantitativa del dinero se refiere a los intercambios en el mercado de bienes, ya sean dinero a cambio de bienes o a la inversa, por lo que en el fondo se trata de intercambios de bienes por bienes. Por el contrario, el velo de Keynes supone que el dinero y la financiación están conectados a través del tiempo. Una parte de esa financiación de la economía está constituida por compromisos de pago con fechas determinadas, en la que los bancos son el pivote central. El dinero fluye en primer lugar de los depositantes a los bancos, y luego de los bancos a las empresas. Después, en fechas posteriores, circula en sentido inverso: de las empresas a los bancos y de éstos a los depositantes. En el momento inicial, los intercambios se producen para financiar la inversión y, posteriormente, los intercambios responden simplemente a los compromisos previos establecidos en los contratos financieros correspondientes.

En un mundo del “velo monetario” keynesiano, el dinero que fluye hacia las empresas es la respuesta a expectativas de beneficio futuro, y el flujo de dinero procedente de las empresas se financia con los beneficios que efectivamente se han generado. En la configuración keynesiana, los principales intercambios económicos tienen lugar a partir de negociaciones entre banqueros genéricos y empresarios genéricos. Los documentos que están encima de la mesa de negociación explican con detalle los costes y las expectativas de beneficio de los empresarios: los hombres de negocios interpretan las cifras y las expectativas con entusiasmo, mientras que los banqueros lo hacen con escepticismo.

De esta forma, en una economía capitalista, el pasado, el presente y el futuro no sólo están ligados por los bienes de capital y por la fuerza de trabajo, sino también por las relaciones financieras. Las relaciones financieras más importantes vinculan la creación y la propiedad del capital con la estructura de esas relaciones financieras y con sus cambios a través del tiempo. Se puede generar una mayor complejidad institucional como consecuencia de la aparición de varios niveles de intermediación entre los propietarios últimos de la riqueza de las economías y las entidades que controlan y gestionan esa riqueza..

Tanto el flujo de los nuevos contratos financieros con las empresas como el precio de los ya existentes están determinados por las expectativas de beneficios. La cuantía de los beneficios efectivamente obtenidos determina si se cumplen los compromisos establecidos en los contratos, es decir, si los activos financieros responden a lo que se esperaba de ellos en las negociaciones previas.

En el mundo moderno, los análisis de las relaciones financieras y de sus implicaciones sobre el comportamiento del sistema no pueden restringirse a la estructura de las deudas de las empresas y al flujo de dinero que dicha estructura genera. Tanto los hogares (por medio de su capacidad de endeudamiento mediante tarjetas de crédito para la compra de bienes duraderos con precios elevados como automóviles, para la compra de casas, y la posibilidad de adquirir activos financieros); como el sector público (con sus grandes deudas a corto y a largo plazo), o como las entidades de carácter internacional (como resultado de la globalización financiera) tienen estructuras de pasivos que pueden ser aceptadas o rechazadas según la concreta situación de la economía en cada momento. La creciente complejidad de la estructura financiera, junto con la mayor implicación de los estados como agentes refinanciadores —tanto de las instituciones financieras como de las empresas no financieras (ambas características son clave en el mundo moderno)— pueden hacer que el sistema funcione de forma diferente que en épocas anteriores. En concreto, la vulnerabilidad del sistema ante flujos decrecientes de los beneficios ha disminuido notablemente gracias a la creciente participación de los gobiernos para garantizar que el sector financiero no degenerará como lo hizo en el periodo 1929-1933. Sin embargo, esas mismas intervenciones pueden muy bien introducir un gran sesgo al alza (es decir, inflación) en la economía.

A pesar de la mayor complejidad de las relaciones financieras, el determinante clave del comportamiento del sistema sigue siendo el nivel de beneficios. La hipótesis de la inestabilidad financiera incorpora la visión del beneficio de Kalecki (1965) ó Levy (1983), en la que la estructura de la demanda agregada es la que determina los beneficios. En el esquema más sencillo del modelo, con una representación muy simple del comportamiento del consumo por parte de los perceptores de rentas del capital y de salarios, los beneficios agregados igualan a la inversión agregada en cada periodo. En una estructura más compleja (aunque por ello mucho más abstracta) los beneficios agregados son iguales a la suma de la inversión agregada y el déficit público. Las expectativas de beneficio dependen de la inversión futura pero los beneficios que se obtienen realmente dependen de la inversión efectiva. Como consecuencia de ello, la inversión determina si las deudas contraídas serán aceptadas o no. Se invierte en un momento determinado porque los hombres de negocios y sus banqueros esperan que se invierta en el futuro.

Por tanto, en la medida en que describe la forma en la que la deuda es asumida por el sistema, la hipótesis de la inestabilidad financiera es una teoría sobre el impacto de dicha deuda en el comportamiento del mismo. A diferencia de la teoría cuantitativa del dinero, la hipótesis de la inestabilidad financiera considera seriamente a los bancos como empresas que buscan obtener beneficios. Y lo hacen financiando tanto la actividad económica como a otros banqueros. Como cualquier otro empresario de una economía capitalista, los banqueros son conscientes de que la innovación asegura beneficios futuros. Así, los banqueros (usando este término en sentido amplio para todos los intermediarios financieros), ya sean agentes de compraventa o prestamistas primarios, son comerciantes de deuda, que se esfuerzan en innovar tanto en los activos financieros que compran como en los pasivos que intercambian en el mercado. Estas características innovadoras de la banca y las finanzas invalidan el supuesto de la teoría cuantitativa del dinero ortodoxa, que parte de que existe una magnitud invariable llamada “dinero” cuya velocidad de circulación es lo suficientemente estable como para ser considerada constante, de forma que los cambios en esa oferta de dinero están relacionados lineal y proporcionalmente con un nivel de precios bien definido.

Pueden identificarse tres relaciones entre renta y deuda para las unidades económicas, que denominamos, respectivamente, financiación cubierta, especulativa y Ponzi.

Las unidades financieras cubiertas son aquellas que pueden responder a todas las obligaciones establecidas en los contratos con el flujo de caja que generan, de forma que cuánto más grande sea el peso de los recursos propios sobre el pasivo, más probable es que estemos ante una unidad financiera cubierta. Las entidades financieras. especulativas son aquellas que cumplen sus compromisos de pago gracias a que ingresan recursos con nuevas deudas, pues con los flujos de caja que generan, no podrían devolver el principal de la deuda acumulada. Estas entidades necesitan renegociar su deuda, es decir, emitir nuevos pasivos para financiar los compromisos de la deuda antigua que vence. Los gobiernos con deuda flotante, las empresas con papel comercial renegociable y los bancos son ejemplos típicos de entidades especulativas.

En el caso de las entidades Ponzi, los flujos de caja generados por sus operaciones corrientes no son suficientes, no sólo para devolver el principal, sino tampoco para hacer frente a los intereses de las deudas acumuladas. Tales entidades pueden vender activos o pedir prestado. Pero seguir ambas estrategias (vender activos o pedir prestado) para pagar los intereses (o incluso los dividendos de las acciones), reduce los recursos propios, al tiempo que hace crecer las deudas y los compromisos de pago futuros. Una entidad que adquiere esta categoría reduce el margen de seguridad que ofrece a los acreedores de sus deudas.

Puede demostrarse que si domina la financiación cubierta, la economía puede ser muy probablemente un sistema estable que tiende hacia el equilibrio. Por el contrario, cuanto mayor es el peso de las finanzas especulativas o Ponzi, mayor es la probabilidad de que la economía sea un sistema inestable. El primer teorema de la hipótesis de la inestabilidad financiera sostiene que la economía tiene regímenes financieros bajo los que es estable y regímenes financieros bajo los que no lo es. El segundo teorema de la hipótesis de la inestabilidad financiera pone de manifiesto que a través de periodos de prosperidad prolongados, la economía transita desde relaciones financieras que la llevan a un sistema estable a otras relaciones financieras que la abocan a un sistema inestable.

En concreto, a lo largo de un prolongado período de bonanza económica, las economías capitalistas tienden a transformarse, desde una estructura financiera dominada por entidades financieras cubiertas, a otra en la que aumenta el peso de las que están involucradas en las finanzas especulativas y Ponzi. Más aún, si una economía con un considerable número de entidades financieras especulativas experimenta presiones inflacionistas y las autoridades intentan reducir la inflación mediante restricciones monetarias, las unidades especulativas se vuelven unidades Ponzi y el valor neto de las que ya eran unidades Ponzi se evapora rápidamente. En consecuencia, las unidades con falta de liquidez se verán forzadas a adoptar una posición vendedora. Esto llevará probablemente a un colapso en el valor de los activos.

La hipótesis de la inestabilidad financiera es un modelo que describe cómo una economía capitalista puede experimentar ciclos económicos de diversa gravedad sin necesidad de verse afectada por perturbaciones externas. La hipótesis sostiene que los ciclos económicos observados históricamente son una combinación de (i) la dinámica interna de las economías capitalistas, y (ii) el entramado de intervenciones y regulaciones diseñadas para mantener a la economía operando dentro de unos límites razonables.

Para saber más: Momento Minsky en Wikipedia (inglés)

Hyman P. Minsky en Wikipedia (inglés)

Hyman P. Minsky en Wikipedia (español)

Hyman P. Minsky. The Financial Instability Hypothesis. The Levy Economics Institute (inglés)

Hipótesis de la Inestabilidad Financiera de Hyman P. Minsky (traducida por Jorge Bielsa de la Universidad de Zaragoza)

Hyman P. Minsky (1919-1996) en la Brújula Económica (Ramón Morata)

Momento Minsky: las teorías de un desconocido economista explican perfectamente la crisis (El Economista)

Análisis de la teoría económica de Hyman P. Minsky, por Guadalupe Mánteyde Anguiano, UNAM

Hyman P. Minsky. Financial Instability Revisited: The Economics of Disaster

Hyman P. Minsky en The Full Wiki

Steve Keen's Debtwatch

Steve Keen's Debunking Economics

Hyman P. Minsky Archive en Digital Commons

A Theory of Systemic Fragility en Digital Commons

The Fragile Financial System en Digital Commons

Los Procesos Financieros capitalistas y la inestabilidad del capitalismo en Digital Commons

Hyman P. Minsky Archive en The Levy Economics Institute

Obituario en honor a Hyman P. Minsky en el New York Times del 26-Octubre-1996

Hyman P. Minsky, el economista del momento (El Blog Salmón)

La llegada del "momento Minsky" y la gran burbuja de derivados (El Blog Salmón)

La inestabilidad financiera según Minsky (Caótica Economía)

Macrodynamics of debt regimes, financial instability and growth (Gilberto Tadeu Lima & Antonio J. A. Meirelles)

Minsky Financial Instability Model (Steve Keen & Geoff McDonnell)

Minsky & the Financial Instability Hypothesis en Prezi

Steve Keen: Un espeluznante modelo matemático sobre el futuro de esta crisis (Sin Permiso)

Steve Keen: No hay nada más peligroso que una mala teoría económica (Sin Permiso)

Steve Keen: El problema es la deuda privada y el futuro de los EEUU es el desapalancamiento (Sin Permiso)




27 de agosto de 2011

¡¡Necesitamos una nueva mente!!

A continuación reproduzco la entrevista que me hizo Ignacio Tomás (Arkesis) dentro del espacio de opinión Satélite Orbital de La Red Comarcal - Diario Online de La Hoya de Buñol-Chiva, Requena-Utiel, Valle de Ayora-Cofrentes y El Camp de Turia. Que la disfruten.

En Buñol hay mucho comunista ¿Les gustará la teoría de sistemas?...

Sí, si por comunista entendemos alguien que está familiarizado con la obra de Karl Marx. Desde mi punto de vista Marx fue un pensador sistémico, esto es, alguien que busca la estructura sistémica subyacente a los hechos. De algún modo fue un pionero de la teoría de sistemas en tanto en cuanto buscó isomorfismos, esto es, estructuras sistémicas semejantes, en su estudio de la evolución de los modos de producción y su impacto en la estructura social y en última instancia en la generación y justificación de la ideología dominante. Esencialmente, un pensador sistémico intenta ir más allá de las apariencias y busca isomorfismos que conduzcan a estructuras sistémicas generadoras de patrones de conducta que expliquen los hechos que observamos.

Ya, pero Marx está superado, ¿o no?...

Aunque Marx está superado en algunos aspectos, por ejemplo su idea de crecimiento comulgaba implícitamente con las hipótesis más arraigadas del siglo XIX de que no había límites físicos o medioambientales al crecimiento y hoy sabemos que esos límites existen. Sin embargo en estos tiempos que corren puede ser muy útil releer a Marx, pues ya anticipaba que el sistema económico que estudió profundamente, la génesis y desarrollo del Capitalismo, nuestro sistema, tiene el germen de su autodestrucción porque llegado un punto crítico no se puede seguir trasladando ingresos del trabajo al capital sin tener un exceso de capacidad y una falta de demanda agregada, algo que veía Marx como una transferencia de los salarios a las ganancias, algo que virtualmente se alcanzó en la crisis de 1990-1991, cuando se rompió la tendencia de recuperación del empleo tras una recesión.

Hasta entonces los modelos estadísticos predecían que tras una recesión, incluso con la conocida crisis del petróleo del año 1973, se producía una recuperación del crecimiento y tras dos-tres trimestres se volvía a recuperar el empleo perdido en la recesión, incluso creando empleo nuevo. Pues bien, desde principios de los 90’s esa tendencia se rompió y la recuperación del empleo es mucho más tardía, del orden de seis veces o más. Es decir, se podía hacer crecer la economía a golpe de incrementos de productividad y también de ingeniería financiera, apalancamiento, incentivos distorsionados, activos sobrevalorados, deuda y mucha “exuberancia irracional” sin crear empleo neto. Con las consecuencias que ya sabemos, claro, pues este crecimiento es ficticio y dura lo que dura (¿Por qué colapsan las pirámides financieras?).

O sea, ¿de aquellos polvos, estos lodos?...

Así es. Era la primera vez en la historia que esto sucedía: crecer sin crear empleo. En este punto, algo comenzó a resquebrajarse en el sistema. También comenzó a tambalearse el “pacto social” implícito y explícito entre trabajo y capital tras las terribles guerras mundiales.

Esto, que podría verse como una liberación humana, la liberación del trabajo productivo y en consecuencia el despliegue de fuerzas creativas del hombre y la mujer, tiene una consecuencia fatal para el propio sistema tal como está concebido: la generación de un desempleo estructural imposible de reducir desde los parámetros del propio sistema, pues el desempleo impacta directamente en el consumo provocando una reacción en cadena, una espiral autoalimentada: más desempleo -> menos consumo -> menos ventas -> menos ingresos fiscales -> más déficit -> más deuda y, en fin, menos crecimiento, más desempleo y vuelta a empezar. Es cierto que el sistema ha intentado todos los parches posibles para, sin tocar su principal contradicción (la bipolaridad trabajo-capital), romper la falta de crecimiento a golpe de intervenciones militares, crédito a mansalva y burbujas, primero las puntocom, después la subprime y la inmobiliaria, y ahora toca la burbuja de los países emergentes, que también acabará por explotar, y cuando lo haga...

¿Qué nos depara el futuro, sistémicamente hablando?...

Nos espera un futuro asimétrico, con una minoría de pudientes y una mayoría empobrecida. Un futuro donde el consumo de la minoría pudiente no va a compensar el reducido consumo de la mayoría empobrecida. Una asimetría en los sistemas productivos, con una sobrecapacidad en el lado de la producción y una insuficiente demanda por el lado del consumo. Un mundo asimétrico donde los poseedores de valiosas materias primas (las commodities o mercancías sin apenas valor añadido) o de la mano de obra barata (que, desgraciadamente no deja de ser otra mercancía dentro del sistema) necesitan que “otros”, que nos las tienen pero son “ricos” (o eran “ricos”) las consuman y “tiren del carro de la economía mundial” a un ritmo que ya no va a ser el de antes por la imposibilidad estructural que antes he comentado y porque eso que algunos han anunciado del desacoplamiento (decoupling) entre los países emergentes (los BRIC, o sea, Brasil, Rusia, India y China principalmente) y los países más desarrollados (USA, UE y Japón principalmente) no es creíble en la medida que existe una elevada interdependencia sistémica como ya expliqué en otro lugar (Lotka-Volterra: Interdependencia Sistémica). Estamos pues ante un punto de ruptura, una encrucijada histórica.

En consecuencia, nos espera un futuro de bajo o nulo crecimiento, cuando no decrecimiento. Un futuro de desacoplamiento cada vez mayor entre la economía financiera y la economía real. Un futuro lleno de deudas, públicas y privadas, que costará generaciones purgar, con el agravante del desempleo estructural, algo inédito en la historia del sistema, que siempre había “ido a más” y ahora le toca “ir a menos”, como acertadamente nos recuerda el economista y catedrático de Estructura Económica de la Universidad Ramón Llull, Santiago Niño Becerra en su reciente obra (El crash del 2010).

En este sentido el riesgo de autodestrucción del sistema es real, como afirma el afamado economista y profesor de la Universidad de Nueva York, Nouriel Roubini: “Los mercados no están funcionando. (Porque) lo que es individualmente racional es que cada empresa quiere sobrevivir y prosperar, y eso significa recortar costes laborales aún más, (pero) mis costes laborales son los ingresos laborales y el consumo de otros. Por eso es que es un proceso de autodestrucción”.

Una visión muy negativa, ¿no crees?...

Podría decir, “es lo que hay”. Me limito a constatar la realidad. No hay duda que también hay aspectos, digamos constructivos, por ejemplo la conciencia de interdependencia sistémica que está emergiendo en el mundo. Estas asimetrías que he comentado y otras que van a surgir, crean tensión social, es cierto, pero también agudizan la inteligencia humana para superar los problemas.

Estoy convencido que tras este sistema, emergerá otro sistema, no sabemos si por evolución o por revolución, del que todavía no sabemos muy bien cómo funcionará, aunque algunas cosas si podemos intuir, por ejemplo, que el nuevo sistema tratará de salvaguardar los avances científico-técnicos y el conocimiento más genuinamente humano. No creo que volvamos a cometer, como especie, la locura de incendiar el equivalente contemporáneo a la Biblioteca de Alejandría. También creo que el futuro sistema transcenderá la bipolaridad trabajo-capital. Lo que no sé es si será mejor o peor para el conjunto de la humanidad. Quiero pensar que mejor, pero…

Entonces el pensamiento sistémico sirve para interpretar la realidad pero no para transformarla, ¿es así?...

Podría parecerlo si hacemos foco en el acto de pensar como algo pasivo, exento de acción, pero el pensamiento sistémico sirve para ambas cosas: para interpretar la realidad, la realidad profunda tras los hechos y a partir de ese conocimiento preciso proponer los mejores “puntos de apalancamiento” donde con el mínimo esfuerzo, esto es, con la mayor efectividad, intervenir en un sistema para cambiarlo.

Para los sistémicos, los mejores “puntos de apalancamiento” se encuentran en los modelos mentales, los paradigmas que usamos los que estamos inmersos en un sistema. Como diría Albert Einstein: “No podemos solucionar los problemas con la misma mente que los ha creado”. Por eso deberíamos reivindicar: ¡¡Necesitamos una nueva mente!!.

En este sentido, la irrupción de Internet y las redes sociales, es un “punto de apalancamiento” crucial porque supone la creación fáctica de una red neural del planeta Tierra. Basta darse cuenta de los fenómenos acaecidos este mismo año 2011 en el norte de África o aquí mismo el movimiento 15-M para darse cuenta del impacto que tiene la comunicación interactiva, horizontal, de todos a todos, rompiendo así el paradigma imperante de la comunicación vertical, de uno a todos. Decididamente es tiempo de transparencia y de comunicar a los ciudadanos la verdad de lo que está pasando.

¿La teoría de juegos sirve para entender la crisis?...

Sí, por supuesto. Enlazo con esta afirmación de Roubini en una reciente entrevista al The Wall Street Journal: “Lo que es individualmente racional (reducir mis costes y gastos laborales) genera un círculo vicioso (una conocida estructura sistémica) donde las empresas no contratan porque no hay demanda final, pero si no contratan trabajadores no hay ingresos por trabajo, no hay confianza por parte de los consumidores, no hay suficiente consumo y al final no hay demanda final”. Al final el sistema entra en “parada técnica”. Para saber más sobre Círculos Viciosos y Virtuosos: Cuento sistémico de verano I y Cuento sistémico de verano II.

Es lo que estuvimos a punto de vivir en Septiembre de 2008, aunque desde Agosto de 2007 comenzaron los primeros síntomas (Una lectura sistémica de la crisis financiera), una verdadera crisis sistémica con epicentro en las famosas subprime y la quiebra del banco de inversión Lehman Brothers que estuvo cerca de colapsar el sistema y que únicamente nos “salvó del abismo” el más de lo mismo (otra estructura sistémica), o sea, más deuda, desplazando la solución hacia el futuro (otra estructura sistémica), hacia nuestros hijos y nietos. Es decir, una vulgar “patada para adelante”, que también es una manera bastante explícita de confirmar que el sistema, tal como lo conocemos, está agotado. Y, lo que resulta más inquietante: al sistema apenas le queda margen de maniobra para rescatarse a sí mismo de otro exceso de riesgo sistémico como el que vivimos, cuando hubo que rescatar con dinero público a varias decenas de entidades “demasiado grandes para caer”, con el consiguiente “riesgo moral” que conlleva salvar a quien probablemente ha incurrido en un riesgo temerario abusando de su posición sistémica (Gallinas en Wall Street: riesgo sistémico vs. riesgo moral).

O como diría Roubini: “nos hemos quedado sin más conejos que sacar (de la chistera)”, entre otras cosas porque, hoy, las recetas al uso de estimular la economía con la expansión cuantitativa o manteniendo tipos de interés próximos a cero ya no generan empleo, como dicen los “viejos manuales”, por dos razones fundamentales: (a) el crédito no fluye como antes hacia la economía real porque la mayoría de entidades financieras están gripadas a causa de los excesos cometidos en las burbujas, intoxicadas con deuda soberana de dudoso cobro (recordemos que, aunque parezca lo contrario, en realidad no se rescata a los países deudores, sino a las entidades acreedoras) y “pasándose de frenada” (antes todo lo contrario) a la hora de conceder préstamos a empresas y particulares sobreapalancados, y (b) el crédito que logra fluir a la inversión productiva se destina a incrementar la productividad, la automatización o la deslocalización, no el empleo masivo, porque, hoy en día, como diría Niño Becerra, “hay una cantidad de factor trabajo que no es necesario”, es decir, hay factor trabajo que es irrecuperable aunque se liberalice al máximo la contratación laboral pues en adelante se contratará el factor trabajo conveniente para generar el PIB necesario en cada momento.

En último término es un problema irresoluble dentro de los límites del propio sistema, pues implica un conflicto entre los intereses a corto plazo (buscar el máximo beneficio) frente al largo plazo (ser sostenible evitando su autodestrucción), como acertadamente ha señalado el sociólogo Immanuel Wallerstein.

Buscando isomorfismos con la teoría de juegos este fenómeno se puede estudiar con el conocido “dilema del prisionero” y tiene muy mal arreglo si actuamos unilateralmente como demostró John Nash, el célebre matemático ganador de un premio Nobel de Economía del que se hace un retrato bastante preciso en la conocida película “Una mente maravillosa” (Equilibrio de Nash y Pensamiento Sistémico).

¿De qué va este dilema?...

El dilema del prisionero tiene la virtud de que es muy ilustrativo, fácil de entender y muy profundo del conocimiento de la naturaleza (debilidades) humanas. En este sentido es estructuralmente similar al conflicto nuclear del sistema: la bipolaridad trabajo-capital. Además, es uno de los problemas más y mejor estudiados en Matemáticas Aplicadas.

Imaginemos a dos presos preocupados porque no quieren ir al a cárcel. Han cometido un delito, pero no hay pruebas suficientes para condenarlos, así que la policía opta por interrogarlos por separado (como es habitual) y proponerles el siguiente trato:

- Si delatas a tu compañero (y tu compañero no lo hace), él cumplirá una pena de 10 años, y tú sales libre.

- Si tu compañero te delata (y tú no), serás tú el que cumpla los 10 años, y él saldrá libre.

- Si ambos os delatáis, seréis condenados a 6 años cada uno.

- Si ambos calláis, vuestra condena será de 6 meses para cada uno.

Puesto en una tabla, es más fácil de tener una visión de conjunto del dilema:


Como podemos ver, el resultado final depende de ambas elecciones, simultáneas, pues ninguno sabe qué decidirá el otro. Es entonces cuando entran conceptos como la confianza o la traición. Esta es también la esencia del problema de la interdependencia sistémica en la que nos encontramos en un mundo interconectado y post-global, donde todo está conectado con todo.

Si miramos a favor del grupo, del conjunto, la mejor opción es la de callar, y que el otro piense de la misma forma. De este modo “ganamos” la pena mínima, seis meses cada uno. Pero el problema es que no conocemos lo que el otro desea. Y si el otro es un delincuente…

Sí, como dice el refrán, “piensa el ladrón…”...

Exacto. Por ese motivo, lo más probable, dada la condición humana, es que no confiemos en el otro, ya que seguro que no quiere estar ni un mes en la cárcel. Y no queremos estar 10 años en la cárcel, ¿verdad?. Así que confesaremos que fue él. Pero él seguramente ha pensado lo mismo, con lo que nos vamos a la opción de cumplir ambos 6 años. Este es un “equilibrio de Nash” (un modo de decir que en ese punto hay una solución estable, aunque esto no significa que sea la más satisfactoria para el conjunto), ya que acabaremos en este punto, siempre.

Ahora bien, si bien es cierto que si “jugamos una sola vez” terminaremos así, cuando se juega repetidas veces, existe la posibilidad de otro “equilibrio de Nash” más prometedor: cooperar. Esto lo demostró hace tiempo un matemático llamado Anatol Rapoport que se planteó en los años sesenta la misma pregunta en un concurso de estrategias de resolución del “dilema del prisionero” con repetición.

Su estrategia resultó ganadora siendo sorprendentemente sencilla. La llamó “Tit-for-Tat”, algo así como “donde las dan, las toman”, similar al bíblico “ojo por ojo, diente por diente” y consiste en empezar cooperando y después imitar la última respuesta del adversario. Así de simple. Las cuatro características básicas de esta estrategia son: (a) amabilidad (nunca es la primera en iniciar hostilidades), (b) compasión (el rencor no le dura demasiado), (c) proporcionalidad (la respuesta debe ser proporcional a la provocación) y (d) capacidad de respuesta (no deja de contestar ninguna provocación).

Ya, pero se supone que el “ojo por ojo” nos mete en una espiral de violencia...

Es cierto. El “Tit-for-Tat” tiene un problema: es una estrategia demasiado provocable. Como sucede en el conflicto Palestino-Israelí desde hace décadas. Respondiendo a cada agresión con otra agresión de igual o mayor intensidad. ¿Qué sucede si ambos jugadores practican el “Tit-for-Tat” y uno de ellos tiene una percepción equivocada de la última jugada del otro?. Pues que ambos jugadores se meterán en un “callejón sin salida”. No habrá forma de decir “¡Basta!”. Por esto, ante la posibilidad de que haya errores de interpretación hay que tener cierta capacidad para perdonar, de ahí el “estratégico” consejo cristiano de “poner la otra mejilla”. Se necesita una estrategia que combine inteligentemente indulgencia y castigo: (a) indulgencia, cuando la falta de cooperación parezca una excepción, (b) castigo, cuando la falta de cooperación parezca la regla.

Que es justamente lo que les falta a Palestinos e Israelíes...

Correcto. Volviendo al problema de la crisis y la principal contradicción del sistema, nos encontramos con un “dilema del prisionero”: un consumo en caída libre, derivado básicamente por dos factores: desempleo estructural y bajos salarios (mileurismo y undermileurismo). En principio esto (reducción de costes laborales unitarios para ser más competitivos y exportar más) aumenta las ganancias del capital, a corto plazo. Sin embargo, a largo plazo, como estructuralmente el capital tiende a hacer lo mismo en todas partes, este “patrón de conducta” (mirar exclusivamente por su beneficio cortoplacista, como les sucede a los presos del dilema) perjudica al propio capital (si todos reducen sus costes y todos quieren exportar, ¿quién va a comprar?), pues la reducción de la demanda agregada termina afectando a los beneficios y disipando la acumulación del capital, al igual que nadie puede levantarse tirándose de los cordones de los zapatos.

Otro pensador, el célebre economista John Maynard Keynes se dio cuenta de este problema y sugirió que la demanda agregada fuera sostenida por el Estado con políticas fiscales e inversión pública, o sea, con deuda. Era una buena solución para el momento, tras la gran depresión y una horrible guerra mundial, cuando todo podía “ir a más”, las materias primas eran abundantes y baratas y no había esos “problemillas” de la deuda soberana, los “límites del crecimiento”, el probable “peak oil” (pico en la extracción de petróleo), el calentamiento global y la contaminación de la biosfera (La nave Tierra no tiene tubo de escape).

El problema es que hoy, con unos Estados, empresas y familias con su capacidad de endeudamiento agotada es insostenible hacer políticas keynesianas, incluido el “truco del almendruco” de generar inflación para reducir deuda más rápidamente y el “cambio de cromos” de generar déficit a cambio de algo de crecimiento. De ahí la crisis, también, en el seno de las ideas políticas de izquierda, en su mayoría de obediencia keynesiana y que le impiden ser algo más que el “taller de reparaciones del capitalismo” como perspicazmente alguien ha escrito. Tampoco desde el lado conservador se encuentran salidas eficaces que vayan más allá de sus conocidos mantras de reducir el tamaño del Estado, reducir los impuestos y la vuelta al déficit cero (aunque miren para otro lado cuando ese mismo Estado se endeuda para rescatar a las “entidades demasiado grandes para caer”) y sin siquiera entender la interdependencia sistémica entre deuda, déficit y crecimiento (La trampa de la deuda).

Definitivamente la situación es de una complejidad tal que supera a los “viejos manuales” de derecha o izquierda. Decididamente hay que repensar el sistema desde sus fundamentos, sabiendo que mientras tanto lo único que se puede hacer son cuidados paliativos, y siguiendo con el isomorfismo anterior, en un contexto post-global estas soluciones deben venir por el lado de la multilateralidad, no de la unilateralidad, es decir, de la cooperación y coordinación internacional para resolver una crisis que es sistémica, no coyuntural (Reflexiones para una crisis sistémica), aunque me temo que la clase política actual, siguiendo los “viejos manuales” no está preparada para entender lo que está pasando y mucho menos de gestionar la crisis a la velocidad a la que van a suceder los acontecimientos cuando se alcance el punto de ruptura en el que quedará patente que los poderes políticos y económicos ya no controlan nada. Será necesario un impulso dinámico para apartarse de los caminos trillados y proponer movimientos audaces hacia decisiones que regeneren la economía financiera y permitan posicionar a la economía real en el centro de la actividad política. El “nuevo manual” no existe, hay que crearlo partiendo de muy pocas certezas, porque las certezas del “viejo manual” ya no sirven. Hace falta por tanto un ejercicio de creatividad y anticipación fuera de lo común en nuestra clase política y económica, acostumbrada a la certidumbre de lo previsible, la repetición del pasado y a “prolongar la recta” en sus modelos, incapaces de entender fenómenos que escapan a esa anticuada lógica en un mundo, el presente, diferente al que reflejan sus modelos (El cisne negro de Nassim Nicholas Taleb). Decididamente hoy más que nunca es necesario un enfoque sistémico en la gobernanza global.

Quiero pensar que el sistema, que no es un ente ajeno, distante o anónimo sino la suma de muchas decisiones individuales que tejemos entre todos, todos los días, terminará por cambiar de juego cuando exista la conciencia colectiva suficiente (masa crítica) que alcance la comprensión de la imposibilidad de engañar a la Naturaleza (no se puede crecer indefinidamente en un planeta finito) y engañarnos a nosotros mismos con falsos valores (el dinero no puede ser la medida de todas las cosas). Decididamente otro mundo es posible, un mundo en el que, como decía Donella Meadows: “pese a existir límites al crecimiento en este planeta finito, no tiene por qué haber límites al desarrollo”.

Para terminar, unas preguntas rápidas. Te pido brevedad.
Y la salida a la crisis es...


No tengo recetas precocinadas, pero en la medida que todos los que estamos inmersos en el mismo sistema, por acción u omisión, tenemos algo que decir y qué hacer para cambiarlo, principalmente porque el tren está en marcha y decir “que pare el tren que yo me bajo” no es una opción. La inercia del sistema es muy grande, pero más grande es nuestra capacidad humana de cambiar cuando vemos el abismo de cerca (Para salir de la crisis).

¿El Universo es caótico?...

El universo es creativo. La teoría del caos nos enseña que los sistemas “en el borde del caos” se comportan de manera auto-organizada, esto es, que exhiben “patrones de conducta” que podríamos calificar de creativos, aún tratándose de sistemas no vivientes, en el sentido convencional del término: el planeta Tierra (teoría Gaia) o el sistema solar (teoría de Poincaré sobre el problema de los tres cuerpos).

¿Dios es matemático?...

Pienso que la idea de Dios es una construcción humana. En esto soy muy escéptico, en el sentido de un Richard Dawkins. Sin embargo no me atrevería decir lo mismo de la experiencia espiritual. El hecho de practicar Zen, aunque sin adscripción alguna, me abre otras perspectivas al fenómeno religioso. Sí, podría decir que la experiencia espiritual es matemáticamente hablando como el infinito, algo inconmensurable que no podemos encerrar en un concepto limitado, y la idea de Dios como el símbolo (lemniscata), es decir, algo acotado y manejable que lo representa. Hay una intuición muy profunda en la tradición del pueblo hebreo cuando al expresar la idea de Dios le pusieron el nombre YHWH, algo impronunciable e irrepresentable.

¿Quedan misterios por descubrir?...

Todos, aunque hay tres que me fascinan. El misterio de lo infinitamente grande, como el Universo donde habitamos. El misterio de lo infinitamente pequeño, como las partículas subatómicas y el enorme vacío existente. Y el misterio de la conciencia humana. Paradójicamente, cuanto más sabemos más ahondamos en la profundidad de nuestra ignorancia.

¿Hay vida más allá de las matemáticas?...

Por supuesto. La teoría de sistemas y el pensamiento sistémico nos enseñan a no despreciar ningún conocimiento humano por muy alejado que esté de nuestras limitadas preferencias. La idea de isomorfismo es clave para entender que cualquier conocimiento en una disciplina científica puede trasladarse y enriquecer e iluminar a otras áreas del saber. En este sentido me apasiona la Psicología, Neurociencias, Epistemología, Antropología, Arqueología, Economía, Ecología, Sociología, Polemología, Biología y Paleontología evolutivas, Astrofísica, Mecánica Cuántica incluso Teología, Sufismo o Budismo Zen. La idea de transdisciplinariedad late en el corazón mismo del pensamiento sistémico. Es su esencia.


27 de febrero de 2010

Para salir de la crisis

Para salir de la crisisPara salir de la crisis. Un modelo cuantificado hacia la creación de empleo, libro-informe coordinado por los profesores Francisco Parra Luna [catedrático emérito de Sociología de la UCM] y José Ignacio Ruiz Rodríguez [decano de la Facultad de Filosofía de la UAH] y en donde he tenido la oportunidad de colaborar, es una muestra concreta de la potencialidad y capacidad del enfoque sistémico para abordar desde un modelo consistente e integrado la crisis económica que nos afecta en un modo tal que no podemos mirar hacia otro lado cuando emerge virulentamente en su manifestación más palpable: el desempleo galopante.

El modelo desarrollado en el informe se caracteriza por un cuestionamiento previo: se piensa, universalmente, que la crisis es una crisis económica. Pero podría ser un error. La crisis sería sistémica y hundiría sus raíces y causas en los sistemas de valores practicados o producidos. En consecuencia, equipos expertos en sistemas axiológicos, teoría de sistemas y dinámica de sistemas con distintos y variados perfiles académicos y profesionales como ingenieros, empresarios, economistas, historiadores, matemáticos, consultores, sociólogos, sindicalistas y otros, pueden ver mejor el problema en su globalidad y sugerir soluciones más eficaces. De ahí la no concordancia de las conclusiones del informe con el pesimismo generalizado en los enfoques exclusivamente economicistas. Dada la naturaleza y complejidad de las variables en juego en esta crisis económica, su solución requiere la intervención forzosa de equipos multidisciplinarios. ¿Tomará nota el Gobierno de España?.

El resultado de aplicar algunos de estos principios resulta en un modelo que intenta integrar el máximo posible las dimensiones que entran en juego: primero las sistémicas [situando a España en su entorno internacional más directamente comparable], después las axiológicas [fundando el modelo en los desequilibrios de nuestro sistema de valores]; después epistemológicas [“interpenetrando” sistémicamente las variables más relevantes], después operativas [asumiendo medidas teóricas que pueden ser a un tiempo neoliberales, keynesianas y otras] y finalmente cuantitativas o métricas [con cálculos lo suficientemente claros como para que toda persona culta los entienda].

Utilizando estos postulados nos sale un modelo operativo que en principio presenta “emergencias” claramente positivas. Avanzando el resultado, se puede resumir que el modelo que llamamos Axiológico-SETCU [primero por tomar como materia prima los “valores” y después por requerir los requisitos de Simbólico-Psicológico (S), Ético (E), Técnico (T), Consensuado (C), y Urgente (U)].

El modelo Axiológico-SETCU constata que las ideologías tradicionales agonizan lentamente. Las izquierdas y las derechas tienden a difuminarse. Solamente hay decisiones acertadas o erróneas a la hora de conseguir el mejor “sistema de vida” posible para las poblaciones. Apenas quedan ya teorías económicas o sociales claramente contrapuestas. Neoliberalismos y keynesianismos, o cualesquiera otros apriorismos teóricos, se encuentran en fase de integración. Se tiende hacia síntesis integradas con lo mejor de cada teoría y lo más adaptadas posible a las circunstancias de cada tiempo y lugar. La complejidad axiológica de la vida real, en tanto que inevitable “sistema de valores”, resulta crecientemente incompatible con los especialismos académicos, lo que en términos prácticos significa que ningún economista puede entender la Economía, como ningún jurista el Derecho o ningún médico la Medicina. Ya lo dijo Letamendi: “el que sólo sabe de Medicina ni de Medicina sabe”.

Resultando respecto al paro y la crisis económica, que sólo desde enfoques máximamente multidisciplinares se puede optar a comprender lo que en España significan hoy sus desequilibrios axiológicos internos. Sin embargo, cuando se operacionalizan estas dimensiones sistémicas aparecen nuevas variables que “interpenetradas” hacen posible los resultados anunciados. Lo que posiblemente incite a algunos economistas poco dados a la innovación metodológica a eludir el modelo por no resultarles confortable. Todo lo cual convierte a la crisis y el paro en España en un problema más filosófico que económico, más ético que político, más personal que social. Y lo que en el fondo está en juego no es la crisis y el paro, ni siquiera el “sistema de valores” producido, sino el comportamiento individual de cada uno de nosotros ante lo que podemos y debemos hacer, o lo que es lo mismo: “No te preguntes qué puede hacer tu país por ti, pregúntate que puedes hacer tú por tu país” de John F. Kennedy.

Por último, el modelo Axiológico-SETCU descubre que en España existe un potencial de empleo “pro-competitivo” no satisfecho, que existen posibilidades financieras desaprovechadas muy por encima de las que existen en otros países desarrollados y que en virtud de la capacidad morfogenética de los sistemas sociales, se encuentra una solución, parcial pero significativa, al problema del paro en España, permitiendo además salir de la crisis incluso antes que el resto de los países desarrollados, con la posibilidad de crecer ya en 2010 un 0,4% del PIB; proseguir con un crecimiento promedio del 3,5% anual hasta 2013; rebajar el paro del 20% al 12-15% de la población activa; reducir el déficit público del 10% previsto al 6,6% del PIB; y pasar de disponer de 21.700 euros per capita en 2.010 a cerca de 25.000 en 2.013, todo ello sin incrementar impuestos ni emitir nueva deuda pública.

¿Misión imposible?. Este modelo ha nacido para ser debatido y aplicado. Comencemos por estudiarlo. Les invito a ello.


Para saber más: Para salir de la crisis. Un modelo cuantificado hacia la creación de empleo [Ediciones del Serbal]

Para salir de la crisis [Blog del profesor Francisco Parra Luna]

Un modelo axiológico para salir de la crisis [Artículo del profesor Francisco Parra Luna en Cinco Días]

«Si seguimos con el modelo actual seremos la vergüenza de Europa» [entrevista a Francisco Parra y José Ignacio Ruiz]

Presentación de un nuevo modelo para sacar a España de la crisis en el portal Universia

Presentación de un nuevo modelo para sacar a España de la crisis en el portal de la Universidad de Alcalá de Henares

1 de mayo de 2009

El crash del 2010 de Santiago Niño Becerra

“Crisis? What Crisis?”. Así, como el título del famoso álbum de la mítica banda británica Supertramp [sin desmerecer al también británico y genial Jeff Lyne con su Electric Light Orchestra a los que también sigo escuchando en ocasiones cuando viajo] podría iniciar este post sobre la última obra de Santiago Niño Becerra (Barcelona, 1951), catedrático de Estructura Económica de la Facultad de Economía IQS [Universidad Ramon Llull] “El crash del 2010” en la editorial Los libros del Lince. ¿Por qué?. Para comenzar porque Santiago Niño Becerra, al que considero un sistémico que me recuerda a los excelentes economistas británicos Kenneth Boulding y Paul Ormerod y al singular sociólogo norteamericano Immanuel Wallerstein, considera que en realidad la crisis todavía no ha llegado, que lo que estamos viviendo en la actualidad no es la crisis, que llegará, sino la pre-crisis.

Para el autor, la crisis, la verdadera-crisis la viviremos a partir de mediados del próximo año 2010, pues, como afirma Santiago Niño Becerra: “1) lo-que-ahora-estamos-viviendo no es ‘la crisis’, sino la situación previa a la crisis que se manifestará cuando ya se hayan agotado los efectos que están produciendo los planes de ayuda-estímulo, y 2) lo que viene no es una recesión convencional, sino una crisis sistémica, por lo que ninguna comparación es válida excepto la comparación con la Gran Depresión: otra crisis sistémica”.

Crisis sistémica, en efecto [que ya abordé en Reflexiones para una crisis sistémica] lo que se avecina es, pensamos muchos sistémicos, una crisis sistémica, esto es, una crisis profunda que pondrá en cuestión la manera de hacer las cosas, una crisis que tenemos que pasar, necesariamente y que es inevitable a pesar de los esfuerzos por sortearla mediante megainyecciones de liquidez, multimillonarias operaciones de rescate o hiperendeudamiento de los estados para escapar [de la crisis]: “se avecina una crisis de proporciones gigantescas, totalmente inevitable, muy parecida a la de 1929, salvo por la diferencia de que ahora la caída está produciéndose a cámara lenta”.

En esta obra, que comienza perturbadoramente con una cita de Jeremy Rifkin [ex secretario de trabajo con Bill Clinton]: “En este siglo, menos de un cinco por ciento de la población producirá los bienes y servicios que consuma el resto, así que no necesitamos una fuerza laboral masiva” y que anuncia a modo de “columna vertebral” de toda la obra y desde las primeras páginas, como la confluencia de tres “tendencias sistémicas profundas”: hacia una mayor productividad [menor uso del factor trabajo para producir lo mismo o más] por un lado, hacia un mayor endeudamiento [para compensar el subconsumo del factor trabajo no utilizado] por otro y hacia una sobreexplotación/despilfarro de las commodities [materias primas básicas] hasta cerca del umbral de su irreversible agotamiento [peak oil], está en el germen de la crisis sistémica que se avecina, puede sorprender a algunos la valentía, originalidad e independencia de pensamiento de su autor, pues al contrario que muchos otros economistas de su generación y anteriores, Santiago Niño Becerra no solicita el “aval” de sus observaciones o conclusiones mediante el fácil recurso de citar a tal o cual reputado economista o premio Nobel de Economía, al contrario, como buen profesor nos pide que reflexionemos sobre los datos que aporta para llegar por nuestros medios a nuestras propias conclusiones. En este sentido el autor hace gala de la misma libertad de espíritu que nos muestra diariamente desde el 2005 en su columna de opinión de lacartadelabolsa.com

A diferencia de otros economistas o especialistas que se “enrocan” en la “crisis de la subprime” que comenzó en el mes de septiembre del año 2007 y apenas atisban más allá de este hecho, explotándolo al máximo como si allí se encontrase la “piedra filosofal” de la crisis y su “solución”, el enfoque de Santiago Niño Becerra es sustancialmente sistémico, pues aún reconociendo este hecho acaecido en EE.UU. y la crisis financiera global consiguiente que también traté en otro post, lo entronca en un contexto mucho más amplio, observando la estructura subyacente y el suprasistema donde acontece, eslabonando los hechos históricos de modo diacrónico a la vez que sincrónico en contraposición a los autores que se atienen únicamente a una visión sincrónica propia del que observa de manera miope los acontecimientos, sin conectarlos con ese “todo mayor que la suma de sus partes” que es la historia de los sistemas económicos, su emergencia, evolución, declinación y colapso. O como diría sir Francis Crick, premio Nobel de Medicina y codescubridor de la estructura del ADN: “Si quieres comprender la función, estudia la estructura”.

Por eso considero que esta obra es tan importante el conocimiento económico que destila como la sabiduría histórica que transmite, al conectarnos hechos históricos concretos con las causas del auge y caída de sistemas económicos a lo largo de los últimos dos mil años, desde el imperio romano hasta nuestros días.

Otro aspecto clave de esta obra es el énfasis en el concepto de tendencia a largo plazo, algo que sorprendentemente ha “desaparecido en combate” en la literatura económica convencional, para la que cualquier leve mejoría del día anterior en algún índice es interpretada rápidamente como un síntoma de recuperación y algún político oportunista alardea como una señal de que pronto volveremos a las tasas de crecimiento “como las de antes”. Tal vez por esto hay quien califica a Santiago Niño Becerra como un autor pesimista, apocalíptico, un agorero. Sin embargo, lejos de parecerlo y aunque reconozca que sea cierto que los mensajes fuertes se venden bien, en mi opinión Santiago Niño Becerra no hace más que ponerse en el papel de notario de la historia económica, de un “geólogo de la economía” si me permiten la expresión: cuando afirma sin ambigüedad que el mayor cambio que vamos a vivir es precisamente en la tendencia en los hábitos de producción y consumo: de “ir-a-más” a “ir-a-menos” como le gusta expresar. Y no porque Santiago Niño Becerra tenga una “bola de cristal” o quiera “aguarnos la fiesta” sino porque la cantidad datos estadísticos, tablas y gráficos de tendencias que maneja es abrumadora e incontestable. En la línea de los mejores Forrester y Meadows, sin duda. Evidentemente se puede equivocar, no sería humano no equivocarse, pero me temo que los modelos de sistemas [implícitos] que maneja no dan para demasiados escenarios alternativos. Con toda probabilidad, con Santiago Niño Becerra ya no se podrá repetir aquel viejo tópico de que los economistas son los que explican muy bien porque ha pasado lo que ha pasado pero no son capaces de predecirlo.

Puede que esta obra no guste a los monetaristas, ni siquiera a los keynesianos pues desde luego Santiago Niño Becerra no apuesta por ninguna solución “clásica”, “neoclásica” o “prêt-à-porter” a la crisis, antes al contrario y de modo totalmente coherente con todo su discurso considera que la crisis en tanto que crisis sistémica va a hacer irrelevantes las “soluciones habituales”, pero tampoco habrá “otras soluciones” para evitarla hasta que la crisis, esta crisis que se avecina, haya pasado, algo que Santiago Niño Becerra sitúa hacia el 2018. Así pues, la “solución”, en forma de profunda transformación, cambio sistémico o adaptación evolutiva del sistema [que no destrucción o final traumático con aparición de otro sistema alternativo, algo que el autor sitúa más adelante, hacia el 2070] vendrá de la mano de la misma crisis, no antes. En este sentido la crisis que viene es inevitable, pero no es el fin del mundo ni mucho menos, y su “solución” también, pero después de la crisis, no antes de pasarla.

En el fondo y en mi opinión, el conflicto o contraste de diferencias latente entre la visión de Santiago Niño Becerra frente a otros economistas-que-explican-la-crisis y que también he leído desde que estalló la “crisis de la subprime” [algunos de “reconocido prestigio” y hasta Premios Nobel] es el mismo debate o contraste de pareceres que existe entre metereólogos y climatólogos: un metereólogo te puede predecir el tiempo para dentro de dos o tres días (está para eso), pero no le pidas que te diga la temperatura media para los próximos diez o cincuenta años (no está para eso), justo lo que sí te podría decir un climatólogo y viceversa. Pues bien, si me permiten la metáfora, tengo para mí que Santiago Niño Becerra es afortunadamente nuestro “mejor economista-climatólogo” del reino en el ámbito económico y posiblemente a nivel mundial. Y digo afortunadamente porque por una vez y esperemos que sirva de precedente, no hemos tenido que acudir a ningún “experto” extranjero para desentrañar las claves y tendencias que nos va a tocar vivir los próximos diez años.

Una frase para la historia: “La crisis de 2010 va a obligarnos a vivir de acuerdo con nuestras necesidades y no nuestros deseos. Dado que vamos a dejar de ir a más para empezar a ir a menos, lo necesario va a volver a ser lo único importante.”

Para terminar os dejo con un artículo de Santiago Niño Becerra publicado en el diario El País el pasado 13-04-2009 y que en mi opinión sintetiza muy bien el pensamiento de su autor en esta obra que considero imprescindible para cualquier persona preocupada/ocupada por el devenir de esta crisis.


“Esto que está pasando”

Cuál es el escenario en el que nos estamos viendo inmersos, cada día con más certidumbre, cada vez con mayor dramatismo? Los datos son inequívocos. Estancamiento, en el mejor de los casos, o decrecimiento del producto interior bruto (PIB); aumento del desempleo, galopante en varias economías, por ejemplo en la española; caída generalizada de la inversión; hundimiento del consumo; oferta de crédito muy inferior a las necesidades que de crédito existen. ¿Qué está sucediendo? ¿Por qué está sucediendo?.

En la evolución temporal de los sistemas económicos se dan dos tipos de tensiones. Algunas se pueden solucionar con relativa facilidad, pues para hacerles frente es suficiente con variar uno, o a lo sumo dos, parámetros económicos; otras tensiones del sistema económico, en cambio, suelen tener una evolución demoledora.

Las primeras, las recesiones coyunturales, pueden ser puntualmente intensas, pero, cuando menos, tienen la virtud de ser relativamente breves; las segundas, por el contrario, son intensas, prolongadas, dramáticas. A lo largo de la historia, el número de esta segunda clase de tensiones es escaso, pero su duración puede dilatarse largamente en el tiempo. Son las crisis sistémicas.

Las crisis sistémicas se caracterizan porque al estallar afectan al propio funcionamiento del sistema y a fin de salir de ellas es preciso sustituir o modificar en profundidad algunos elementos constitutivos del mismo, de forma que se introduzca en él una nueva forma de operar. La crisis de 1929, que condujo a la Gran Depresión, fue de estas características. La crisis ante la que ahora nos hallamos también lo es.

El crash de 1929 se produjo porque el modo de funcionamiento del sistema se agotó: el incremento tan elevado de la productividad habido a partir de 1923 dio lugar a una oferta que no pudo ser absorbida por la demanda, porque ésta era limitada e insuficiente; los instrumentos que se aplicaron, tratando de revertir la situación, no funcionaron debido precisamente a que eran hijos de la situación que pretendían arreglar y, en consecuencia, estaban viciados por ella. La verdadera solución de esa crisis no llegó en realidad hasta 1950, cuando se dotó al sistema de una nueva forma de funcionar.

Actualmente está sucediendo algo muy semejante. El impulso creado por los cambios introducidos en el sistema a partir de 1950 quedó agotado en 1973, que es el momento en el cual se hizo patente que el precio de las commodities, en especial el precio del petróleo, no iba a continuar siendo tan bajo como hasta entonces. Como reacción, se introdujeron cambios que permitieron mejorar la productividad, pero el resultado de ese incremento fue la desvinculación del crecimiento económico de la creación de empleo, y esta circunstancia acabó incidiendo en el equilibrio entre la oferta y la demanda, en un entorno de creciente inestabilidad monetaria. La solución a este problema no resuelto llegó en 1991 y quedó reforzada en 2002.

Fue ingeniosa y simple: los problemas se resolvieron con un aumento exponencial del volumen de crédito concedido a familias y empresas; y el resultado fue brillante: la inversión aumentó, a la vez que lo hacía el consumo, mientras que el desempleo provocado por la oleada de deslocalizaciones fue en parte enjugado por un sector servicios en constante progresión.

Entre el año 2003 y mediados de 2007, con unos tipos de interés excepcionalmente reducidos, y con una, en la práctica, total liberalización en el tránsito de capitales, el PIB comenzó a crecer empujado por la inversión y por el consumo, a la vez que la deuda privada se disparaba en todas las economías, aunque en unas más que en otras. El desenlace es conocido.

Hoy hemos alcanzado un momento en el que este modo de operar se ha agotado. Y no es que se haya agotado desde una perspectiva sólo financiera, sino que lo ha hecho en un nivel puramente físico: el grado de endeudamiento de las personas y de las empresas ya no puede crecer más. Sin ir más lejos, en el caso de España, el endeudamiento familiar y empresarial supera en dos veces el valor añadido que la economía española genera en un año. Y en el caso de Estados Unidos, el endeudamiento es mayor que el valor de la producción estadounidense correspondiente a bastante más de tres años. No es posible que todo ese volumen de deuda continúe creciendo. Pero a la vez, no es posible que se continúen despilfarrando recursos tal como se han estado despilfarrando hasta ahora. Y no es posible, no sólo desde el punto de vista de la ecología, sino por mera eficiencia del propio sistema.

El actual modo de funcionamiento del sistema productivo, desde su mismo origen, fue altamente despilfarrador. Partía de una base errónea, ya que suponía que la cantidad de recursos de los que podía disponer era ilimitada. De todos los recursos, desde el petróleo hasta el uranio, desde el cobre hasta el agua. Por consiguiente, el modo de producción puesto en funcionamiento por nuestro sistema no se paraba a pensar en la eficiencia en el uso de tales recursos. En todo caso, la preocupación era, tan solo, cómo obtener los recursos precisos al más bajo precio posible. Y debido a que durante muchos años el precio de las commodities fue muy reducido, la eficiencia en el uso de los recursos continuó brillando por su ausencia.

La crisis de 1973 concienció a las fuerzas productivas de que la productividad tenía que mejorarse porque el precio de los recursos comenzó a aumentar, pero las fuerzas productivas continuaron actuando como si la cantidad disponible de recursos fuera infinita, lo que no es cierto. No lo era entonces ni lo es ahora. Hoy se sabe que el número de años durante los que podremos disponer de petróleo o de uranio a un precio asumible es muy limitado, y que el agua potable es cada vez más escasa, y que el cobre fácil de obtener no es infinito.

El cambio sistémico que traerá la crisis que estamos comenzando a padecer y que se pondrá de manifiesto de forma especialmente dramática a mediados de 2010 nos hará desembocar en una situación en la que, tarde o temprano, el propio sistema comprenderá que los remedios que se han ido estableciendo desde el año 2007 no sirven de nada.

Y cuando por fin llegue ese momento, la salida de la gravísima y terrible situación a la que el mundo se enfrenta tendrá que consistir en la toma de conciencia de algo que deberíamos haber comprendido hace tiempo. A saber: que la eficiencia en el uso de los recursos debe regir de forma prioritaria la toma de decisiones, y que es a través de la mejora continuada de la productividad como se pueden conseguir los cambios necesarios para ver la salida de la crisis.

Dicho así no suena mal: hay que acabar con el despilfarro, tenemos que ser más ecológicos, debemos utilizar los recursos de forma muy productiva. No suena mal, pero todos, Gobiernos, empresas y ciudadanos, debemos comprender y aceptar que para funcionar de ese modo tenemos que aplicar cambios drásticos y profundos, que afectarán muy notablemente a nuestro modo de vida. Y son unos cambios que tendrán que ser, además, permanentes. Introducir esos cambios, teniendo en cuenta que son de gran calibre, no es sencillo para nadie. Ni sencillo ni agradable, sobre todo al principio.

Una frase del propio autor que mejor resume esta obra: “¡¡Es la tendencia, estúpido!!” (parafraseando el famoso slogan “The economy, stupid” de la campaña electoral de Bill Clinton contra George H. W. Bush en 1992).


Para saber más: Artículos de Santiago Niño Becerra en lacartadelabolsa.com

Entrevista a Santiago Niño Becerra en La Vanguardia [3/10/2008]

Entrevista a Santiago Niño Becerra en ABC [2/11/2008] [1/2]

Entrevista a Santiago Niño Becerra en ABC [2/11/2008] [2/2]

Lo que está pasando. Santiago Niño Becerra en El País [13/04/2009]

Entrevista a Santiago Niño Becerra en El Periódico [19/04/2009]

Entrevista a Santiago Niño Becerra en El País [19/04/2009]

Entrevista a Santiago Niño Becerra en la Cadena Ser [15/04/2009]

25 de enero de 2009

Reflexiones para una crisis sistémica

1. Estamos ante una crisis sistémica. ¿Qué es esto?. Sucede cuando el sistema en su conjunto entra en crisis, esto es, cuando el sistema colapsa por incapacidad, sobrepasamiento y/o por falta de instrumentos para resolver los problemas o desastres creados por su propia dinámica [un ejemplo de crisis sistémica podría ser cuando se gripa un motor porque se bloquean cilindros y pistones a causa de falta o mala calidad del aceite]. ¿De qué sistema hablamos?. Del sistema financiero-bancario vigente, la columna vertebral de un sistema globalizado aquejado también de otros problemas no menos graves: calentamiento global, guerras por el control de recursos naturales, hambrunas, etc. ¿Cómo emerge el problema?. Inicialmente como un crash financiero que comenzó con el estallido de una burbuja inmobiliaria-financiera [crédito fácil, crisis de las hipotecas subprime, derivados financieros tóxicos, bancarrota y rescate de entidades financieras para evitar el riesgo sistémico y consiguiente colapso financiero] y ha terminado por contagiar a la economía real, paralizándola [gripándola] creando a su paso un reguero de incertidumbre, deuda y desempleo masivos, desplome del consumo y subsiguiente déficit fiscal, falta de confianza y falta de expectativas. Pero no nos equivoquemos, esto se veía venir: «No hay modo de evitar el colapso final de un boom fundado en la expansión crediticia. La cuestión es sólo si la crisis llegará pronto, como resultado de la interrupción voluntaria de una ulterior expansión crediticia, o más tarde, como catástrofe final y total del sistema monetario en cuestión» (Ludwig von Mises). En esta situación lo más difícil es aceptar el diagnóstico evidente: estamos a las puertas de una Gran Depresión Global. El FMI pronostica la peor crisis global desde la II Guerra Mundial. El FMI augura que la crisis mundial será peor que las de 1974 y 1980. Como la Gran Depresión de 1929 que se prolongó durante toda la década de 1930, pero mucho más compleja por la actual interdependencia sistémica de la economía mundial [globalización]. Y no nos equivoquemos en la consecuencia inmediata: la acelerada destrucción del tejido económico es un hecho que va contra cualquier ilusión de su pronta recuperación de un día para otro. Desafortunadamente en un mundo entrópico es más fácil [y rápido] destruir que construir.

Conclusión: se acabó la fiesta. Reconocer y aceptar lo que pasa es lo primero sensato que cabe concluir. No negar la evidencia es el punto de partida. Todo lo demás es huir de la realidad, mirar para otro lado o lo que es peor desplazar la “patata caliente” a las generaciones futuras para no “sentir dolor” en la actual generación. Admitir más deuda [la receta convencional] pública o privada para “sufrir menos” hoy significa más sacrificios para nuestros hijos y nietos. Si el exceso de deuda y el “crecimiento a golpe de crédito” nos han llevado hasta aquí no parece muy sensato seguir recurriendo a más deuda, más crédito para resolver la crisis. Tendremos que aprender a sobrellevar nuestra propia carga contemporánea sin esperar a desplazarla hacia el futuro, como viene siendo la norma. Tendremos que aprender a resolver la crisis sin acudir a la vieja receta de aumentar la deuda. Ese es el mayor desafío sistémico al que está abocada nuestra generación.


2. ¿Existen “soluciones sistémicas” ante una crisis sistémica?. Por definición, una “solución sistémica” debe afectar a la totalidad del sistema, por tanto si el sistema entra en crisis la “solución sistémica” pasa necesariamente por cambiar el sistema en su conjunto, por evolución o por revolución del modelo ideológico-cultural-económico y energético-tecnológico-industrial subyacentes. Alternativamente se pueden buscar puntos críticos del sistema donde hacer cambios locales [subsistemas] con la esperanza de que influyan en el sistema global [efecto palanca]. Un punto crítico es desde luego favorecer la inversión productiva generadora de innovación y riqueza frente a la perturbadora inversión especulativa creadora de burbujas que terminan explotando y contaminando a la economía real. Es el «return to the basics» que comienza a escucharse en los corrillos financieros. Otro punto crítico no menos importante es el de la transparencia: reconocer la verdad de lo que pasa antes que vender “optimismo analgésico” [echo de menos a líderes políticos que digan la verdad del sobreendeudamiento en que el se ha basado nuestro “boom económico” de estos años]. No sé si a puerta cerrada en la cumbre de Washington del pasado 15-11-2008 se habló de evolución, de revolución o de puntos críticos, pero que es necesario un cambio sistémico no hay duda, lo pide hasta el FMI: El director del FMI pide 'solución sistémica' para crisis de los mercados. Es muy significativo que el FMI sea consciente de la inutilidad de las viejas recetas en el contexto actual. Urge un cambio sistémico, aunque la inercia de las viejas recetas sigue dictando la agenda. Los analistas no descartan que Trichet dirija los tipos de interés al 0%. El problema de estas viejas recetas es que están diseñadas para un tiempo en el que los niveles de saturación de deuda [pública y privada] y apalancamiento financiero [activos comprados a crédito] como los actuales eran inimaginables. A niveles reducidos de deuda pública y privada, si creamos déficit [más gastos que ingresos] temporalmente para salvar la situación, la vieja receta se ve bien pues parece que no duela. El problema surge cuando se pierde la perspectiva de que el único modo de estabilizar la deuda al nivel anterior es obtener superávit [más ingresos que gastos]. Así, convertido en adicto al déficit [público y privado] el sistema se dirige a una huída hacia adelante: cada vez necesita más dosis de déficit para sobrevivir. EE.UU., Reino Unido y España en la “Champions League” de los países que viven de prestado: World Account Balance. ¿Cómo se han solucionado todas las recesiones hasta ahora?. Con la vieja receta: aumentando la deuda total del sistema y promoviendo el crédito [Nota 1]. Pero, como decían nuestras abuelas “tanto va el cántaro a la fuente, que al final se rompe”: agotada la capacidad de endeudamiento el sistema también entra en crisis de soluciones.

Conclusión: de nada sirve parchear un sistema en crisis [pregunta a un mecánico qué hay que hacer con un motor gripado]. Urge un cambio de modelo en varios frentes: cambio en el concepto de crecimiento [apostar por más desarrollo cualitativo antes que más crecimiento cuantitativo], cambio en el concepto de consumo de recursos naturales [apostar por la sostenibilidad y abandono progresivo de la dependencia del petróleo], cambio en los hábitos de consumo energético, alimentario y de transporte [apostar por la racionalidad y la eficiencia energética], cambio en definitiva en nuestra relación con el planeta del que como especie que la habitamos somos un subsistema cuya supervivencia última depende de delicados equilibrios del sistema mayor: el sistema Tierra. En palabras de Dennis y Donella Meadows [Más allá de los límites al crecimiento]: “Decir la verdad, establecer redes, reestablecer el respeto mutuo y crear visiones nuevas del propósito de nuestra especie sobre el planeta”. Todo un programa de acción para los próximos años.


3. Si estamos ante una crisis sistémica tenemos que admitir que lo que nos pasa no es coyuntural sino estructural, no tiene precedentes temporales cercanos y no es atajable con viejas recetas y manoseados manuales. «Los hombres prácticos, que se creen libres de cualquier influencia intelectual, son a menudo esclavos de algún economista difunto» (John Maynard Keynes). En un contexto tan incierto las previsiones de una pronta “vuelta a la normalidad” dejan de ser creíbles. Los modelos ideológico-económicos forjados para entender y resolver situaciones pretéritas no son adecuados para guiarnos en tiempos de crisis sistémica. La situación llega a ser tan excepcional que los gobernantes y consejeros económicos han optado por aplicar todas las medidas [“recetas precocinadas”] a la vez. Todo para que no se diga que no se hace nada. Una situación que me recuerda alguna secuencia de la serie Dr. House, cuando nuestro popular diagnosticador de ficción del imaginario Hospital Universitario de Princeton-Plainsboro opta por dar al enfermo cuyo mal ignora un cocktail de varios tratamientos esperando que alguno de ellos sane al paciente [sin considerar la interacción sistémica de los fármacos y sus impredecibles efectos secundarios cruzados, pero este es otro asunto]. Por eso no es extraño escuchar cosas como las que dice el ministro de Economía “no queda margen de maniobra”: un reconocimiento explícito a que aún aplicando toda la farmacopea conocida de medidas anti-crisis, el enfermo sigue teniendo fiebre. Probablemente la mayoría de políticos todavía no han entendido que estamos ante una crisis sistémica y que lo peor [en forma de crisis social y espiral deflacionaria] está por venir. Entrevista a Santiago Niño Becerra, catedrático de Estructura Económica de la Ramon Llull. Y en forma de colapso político ante la incapacidad de no entender el meollo de la situación La crisis acaba con la coalición de Gobierno en Islandia.

Conclusión: urge pues un cambio de paradigma en el modo de vivir y actuar en este planeta que nos acoge. ¿Y mientras tanto se cambia el paradigma, qué hacemos, cómo vivimos?. Considero que no hay “recetas” más allá de lo que podríamos denominar la aptitud para la supervivencia aplicando la máxima capacidad de adaptación e innovación. Una aptitud que no debería estar reñida con la actitud para la compasión y la solidaridad con los que la crisis deja atrás. Sobrevivir para perder la humanidad a cambio no es un buen negocio. Hacerse voluntario en los comedores sociales o en cualquier ONG que trabaje para el tercer o cuarto mundo puede ofrecer una perspectiva más amplia de la realidad de tu pertenencia a la raza humana y del potencial de fragilidad y generosidad humanas.


4. El “credit crunch” [contracción del crédito] consecuencia de la crisis financiera va a reducir significativamente la demanda [créditos al consumo] y la oferta [créditos a la inversión]. Es decir, el “credit crunch” desencadena un “budget crunch” [una contracción de los presupuestos económicos individuales y empresariales]. Entrevista a Nouriel Roubini, gurú del ‘credit crunch’. Un “credit crunch” que ya está aquí instalado en el lado de la oferta [monetaria] para tapar la enorme deuda externa contraída. Confemetal: ´Los bancos están tapando sus agujeros con las ayudas del Gobierno´. ´El huevo y la gallina, los banqueros y el dinero´. Artículo de Juan Torres López catedrático de Economía Aplicada de la Universidad de Málaga sobre la contracción del crédito en España. En esa línea, los escasos recursos económicos del lado de la demanda irán destinados a lo necesario y lo que sobre a pagar deuda y en consecuencia huirán de lo superfluo o prescindible. El hotel Hilton de Valencia se declara en suspensión de pagos. Es cierto que si no se consume se contribuye a un mayor desempleo, pero también lo es que si aumenta el desempleo se reduce el consumo, señor ministro. Sebastián pide el consumo de productos españoles para evitar la destrucción de 120.000 empleos. Estamos ante el típico “círculo vicioso” que también conocemos los sistémicos y que de una vez por todas habrá que romper, pero resolviendo sus causas, no alargando su agonía con la receta de “más madera” [más deuda]. En este contexto no parece muy razonable que los agentes económicos [empresas y familias] aumenten su deuda para seguir “tirando del carro” de la demanda. La economía española entra en recesión por la caída del consumo. Es más apropiado por el contrario “tocar suelo” en lo que a endeudamiento se refiere antes que hacer más grande la “bola de nieve” de la deuda. El crédito al consumo cae un 44% en los últimos meses de 2008. Claro que siempre hay quien considera que al sistema le queda un último cartucho para resolver simultáneamente la contracción del crédito, del consumo y la inversión. Aunque el término académico para este último cartucho se llama expansión monetaria cuantitativa, tiene una imagen muy gráfica en una vieja metáfora de Milton Friedman recordada por el presidente de la Reserva Federal Ben Bernanke, consiste en “arrojar muchos billetes desde un helicóptero”. La Fed se pone aspas de oro. Washington’s New Tack: Helping Home Buyers. En otras palabras, frente al “credit crunch” y el “budget crunch” siempre quedará regalar dinero para estimular el consumo y evitar el desplome de los activos. Lo que nadie puede garantizar es que efectivamente ese dinero fresco en circulación sirva para hacer rodar de nuevo el “círculo virtuoso” del consumo-producción-empleo. ¿Vuelve la trampa de la liquidez?. Quizá la gente, sensatamente, prefiera amortizar deuda o ahorrar antes que endeudarse más adquiriendo casas, coches o bienes de equipo. Como decía John Maynard Keynes «se puede llevar un caballo al agua, pero no obligarlo a beber». Zapatero devolverá ‘in extremis’ 400 euros a cada contribuyente para frenar el desplome del consumo.

Conclusión: a nivel macro es fácil quedar atrapado en el bucle de si fue antes el huevo o la gallina. Lo difícil es asumir el reto a nivel micro de adaptarse a las necesidades de la demanda. Así no te sorprendas si cae brutalmente la cifra de ventas, a lo mejor estás en el lado de la oferta superflua o prescindible en tiempos de crisis. Lo que funcionó antes, no tiene porqué funcionar ahora. Si te has quedado anticuado y no has invertido antes de la crisis en ajustar capacidad e innovar productos y procesos replantéate qué hacer en el contexto que viene: más de lo mismo puede ser inapropiado.


5. En realidad nadie sabe cuándo comenzará la recuperación económica. Están los ¿optimistas? que dicen que esta crisis tiene forma de “V”, caída suave, crecimiento nulo o negativo durante pocos meses y recuperación rápida. Están los ¿realistas? que afirman que esta crisis tiene forma de “U”, después de una caída algo brusca, crecimiento nulo o negativo durante uno o dos ejercicios y luego fuerte recuperación. Por último están los ¿pesimistas? que avisan que esta crisis tiene forma de “L”, desplome en vertical y crecimiento nulo o negativo por muchísimo tiempo (¿una década?) y si llega el crecimiento lo será a largo plazo y no a las tasas que hemos conocido. El mundo después del 'crash'. «El largo plazo es una guía confusa para la coyuntura. En el largo plazo estamos todos muertos. Los economistas se plantean una tarea demasiado fácil, y demasiado inútil, si en cada tormenta lo único que nos dicen es que cuando pasa el temporal el océano está otra vez tranquilo» (John Maynard Keynes).

Conclusión: piensa lo que quieras sobre un futuro que nadie conoce porque depende de una infinidad de factores, pero no confíes en una pronta recuperación económica si con ello quieres expresar que no pasa nada, que no hay porque preocuparse o que no hay que cambiar la forma de hacer las cosas. Mejor que la recuperación te pille habiendo hecho los deberes que confiando en que serás salvado cuando suba la marea. Piensa que en tiempos de crisis sistémica la semana próxima es largo plazo.


6. Sólo podemos confiar en hacer hoy las cosas que tocan en tiempos de crisis: austeridad, productividad y eficiencia. Que no te confundan: España es la octava potencia del mundo [por volumen de PIB], es cierto, pero lo que no te cuentan es que España es de las últimas en productividad [PIB/horas trabajadas]. Proudfoot Global Productivity Report 2008. Decide en qué ranking deseas estar.

Conclusión: mientras no sepamos hacer más/mejores cosas [de valor añadido] en menos tiempo [productividad], nos tocará hacer más/mejores cosas [de valor añadido] con más tiempo [menos productividad].


7. El mercado, la ciudadanía no va a tolerar que le traslademos nuestra ineficiencia y despilfarro. Se terminó la cultura de la ineficiencia y el despilfarro subvencionado por los clientes o por los ciudadanos. Y esto vale tanto para el sector público como para el privado. Ahora más que nunca toca una fuerte dosis de austeridad, productividad y eficiencia. Ahora más que nunca el cliente, el ciudadano sí es el rey. «Cuando baja la marea, se puede ver quien estaba desnudo y quien no» (Warren Buffet).

Conclusión: supervivencia con eficiencia, prioridad número uno. Aportar valor añadido y autenticidad, siempre. Todo lo demás no tiene importancia. El despilfarro prohibido. Observa que hablo de eficiencia, no de eficacia: recuerda que matar moscas a cañonazos es eficaz, pero no eficiente. Eficiente es quien logra un resultado eficaz [un efecto deseado] con el mínimo de recursos posibles.


8. Las políticas de “low-cost” [productos y servicios a bajo coste] van a ser una tendencia poderosa en los próximos años. La crisis lanza a las marcas 'low cost'. Esta tendencia entronca con lo afirmado anteriormente: son tiempos de máxima adaptación e innovación. Adaptación para adecuar la estructura productiva y de costes a los tiempos que corren. Innovación para incrementar la productividad, la eficiencia y la mejora continua a todos los procesos. Pero, cuidado, “low-cost” no significa bajar el precio de lo que el mercado no quiere. Si tu producto o servicio ha perdido atractivo o no encuentra demanda, olvídate de bajar el precio: alinéate con la demanda, sé creativo, innova.

Conclusión: aprendamos lo que esta tendencia significa y apliquémonos el cuento. Si además puedes diferenciarte mejor.


9. Es el momento del aprovechamiento máximo de todas las oportunidades, capacidades y recursos: despilfarro cero de recursos y creatividad infinita. Incluso si estás parado, que eso no te sirva de excusa para no tener inquietudes: tener tiempo disponible es un poderoso activo para invertir en formación y en orientación para dar un impulso a tu desarrollo personal y profesional. No hay límites para el aprendizaje. Recuerda que todos somos inversores: todos decidimos en qué invertimos nuestro tiempo. Y si no estás parado no hay nada más peligroso en estos tiempos que el “absentismo emocional” tan practicado por una gran mayoría bajo la coartada de que así se pasa desapercibido y es más fácil “conservar el empleo”, cuando lo que ocurre es que la falta de compromiso emocional termina “parando” la capacidad de innovación y creatividad de las empresas con el consiguiente riesgo de “pérdida de empleo” para todos.

Conclusión: cuando los manuales, guías y recetas que aprendimos no sirven para salir de este atolladero hay que echar mano de todas las ideas. «Los problemas significativos a los que nos enfrentamos no pueden resolverse en el mismo nivel de pensamiento en el que estos problemas se desarrollan» (Albert Einstein). Cuantas más y heterodoxas mejor. “Si puedes soñarlo, puedes hacerlo” (Walt Disney). No hay que tener miedo a innovar: entramos en territorio inexplorado. O en palabras de Thomas Friedman [La Tierra es plana], lo que toca ahora es “Invent, baby, invent!” [inventa, cariño, inventa] y no “Drill, baby, drill!” [perfora, cariño, perfora: lema de la política energética del candidato John McCain].


10. Vender optimismo en este contexto de crisis puede ser una obligación para los políticos. Podemos llegar a pensar que “allá arriba” hay gente muy inteligente pensando en cómo resolver el lío en el que nos han/hemos metido y en consecuencia no hay que hacer nada porque desde “allá arriba” nos darán una solución precocinada. Es una opción. Por el contrario están los que pensamos que aunque pensemos globalmente que el sistema sigue su curso sin nuestro con-curso, nuestra responsabilidad individual es actuar localmente. “Hoy existe un lapso de tiempo durante el cual cada uno de nosotros tiene la posibilidad de influenciar el futuro a través de su acción individual” (Immanuel Wallerstein). Es el momento de recordar que en la milenaria cultura china, esa palabra que tanto se repite y nos asusta, “crisis”, en chino tiene una doble acepción: Wēi Jī (crisis) significa “peligro” (Wēi) y “oportunidad” (Jī). Decide a qué significado le otorgas más atención. «Tanto si piensa que puede, como si piensa que no puede, está usted en lo cierto» (Henry Ford).

Conclusión: para los que no somos políticos ni profesionales del optimismo ingenuo, trabajar duro con inteligencia y compromiso hoy es nuestra sonrisa de mañana.


Notas

[1] No pretendo con esto “demonizar” el crédito. Entiendo perfectamente que el crédito es una potente palanca para fomentar el desarrollo [por ejemplo los “microcréditos” desarrollados por el economista y premio Nobel Muhammad Yunus]. La cuestión de fondo es ¿cuánto crédito sobre crédito es tolerable para el sistema?, ¿qué cantidad de deuda es sostenible para que un sistema financiero no colapse?, ¿cuánto PIB se sostiene en realidad sobre una burbuja de crédito?.