1 de noviembre de 2010

Futuros del Mundo (y IV)

El Mundo en nuestras manosNuestro aprendizaje de los sistemas y nuestro propio trabajo en el mundo han corroborado a nuestro juicio dos propiedades de los sistemas complejos que son importantes para la clase de revolución profunda de que estamos hablando.

En primer lugar, la información es un factor clave de la transformación. Esto no significa necesariamente más información, mejores estadísticas, mayores bases de datos o Internet, aunque todos estos elementos pueden desempeñar un papel. Significa información relevante, estimulante, seleccionada, potente, oportuna y exacta que fluya por nuevos canales a nuevos receptores, que trasmita nuevos contenidos, sugiera nuevas reglas y objetivos (reglas y objetivos que a su vez son información). Cuando cambien sus flujos de información, todo sistema se comportará de modo distinto. La política de glasnost, por ejemplo -la simple apertura de canales de información que habían estado cerrados durante mucho tiempo en la Unión Soviética-, garantizó la rápida transformación de Europa Oriental más allá de las expectativas de todos. El antiguo sistema se había mantenido gracias a un estricto control de la información. La desaparición de este control desencadenó la reestructuración total del sistema (turbulenta e impredecible, pero inevitable).

En segundo lugar, los sistemas se resisten con fuerza a los cambios de sus flujos de información, especialmente de sus reglas y objetivos. No es extraño que quienes se benefician del sistema actual se opongan activamente a tal revisión. Arraigadas camarillas políticas, económicas y religiosas pueden inhibir casi por completo los intentos de un individuo o de un pequeño grupo de funcionar con reglas diferentes o de alcanzar objetivos distintos de los sancionados por el sistema. A los innovadores se les puede ningunear, marginar, ridiculizar, denegar la promoción o recursos o tribunas públicas. Pueden ser anulados literal o figuradamente.

Sin embargo, sólo los innovadores -que perciben la necesidad de nuevas informaciones, nuevas reglas y nuevos objetivos, que hablan y escriben de ello y experimentan con estas innovaciones- pueden introducir los cambios que transforman los sistemas. Este importante aspecto queda claramente expresado en una cita que muchos atribuyen a Margaret Mead: «No niegues nunca el poder de un pequeño grupo de individuos decididos para cambiar el mundo. De hecho, esto siempre ha sido así».

Hemos aprendido por las malas lo difícil que es vivir con moderación material en un sistema que espera, exhorta y recompensa el consumo. Pero uno puede llegar muy lejos por el camino de la moderación. No es fácil usar energía de modo eficiente en una economía que genera productos energéticamente ineficientes. Pero uno puede elegir, o inventar si es preciso, modos más eficientes de hacer las cosas y de paso mostrárselas a otros.

Ante todo es difícil comunicar información de nuevo tipo en un sistema que está estructurado para escuchar únicamente la vieja información. Intente el lector alguna vez poner en duda en público el valor del crecimiento, o siquiera hacer una distinción entre crecimiento y desarrollo, y verá qué queremos decir. Hace falta valor y claridad para cuestionar un sistema establecido. Pero es posible hacerlo.

En nuestra búsqueda de vías para impulsar una reestructuración pacífica de un sistema que, como es natural, se resiste a su propia transformación, hemos probado muchos instrumentos. Los que son evidentes están expuestos en este libro: análisis racional, recopilación de datos, enfoque sistémico, modelización informática y las palabras más claras que somos capaces de encontrar. Se trata de instrumentos de los que cualquier persona con formación científica o económica echaría mano automáticamente. Como el reciclado, son útiles y necesarios, pero no suficientes.

No sabemos qué será suficiente. Pero quisiéramos concluir mencionando otros cinco instrumentos que también consideramos útiles. Presentamos y comentamos esta lista por primera vez en nuestro libro de 1992. Nuestra experiencia desde entonces ha confirmado que estos cinco instrumentos no son opcionales; son características esenciales de cualquier sociedad que espera sobrevivir a largo plazo. Los presentamos de nuevo aquí, en nuestro capítulo de conclusiones, sin pretender que sean «los modos de trabajar por la sostenibilidad, sino algunos modos».

¿Cuáles son esos instrumentos que abordamos con tanta cautela?

Son éstos: visión, coordinación, verdad, aprendizaje y amor.

Parece poca cosa, vista la enormidad de los cambios necesarios. Pero cada uno de estos elementos se mueve dentro de una red de ciclos positivos. De este modo, su aplicación tenaz y coherente, al comienzo por un grupo de personas relativamente pequeño, tendría el potencial de generar un cambio enorme, incluso de poner en tela de juicio el sistema actual, quizá contribuyendo a producir una revolución.

«La transición a una sociedad sostenible podría verse facilitada -dijimos en 1992- por el simple uso de palabras como éstas con mayor frecuencia, con franqueza y sin pedir excusas, en los flujos de información del mundo.» Pero nosotros mismos las utilizamos en su momento excusándonos, sabiendo cómo las recibirían la mayoría de personas.

Muchos de nosotros nos sentimos incómodos si pensamos en tener que basarnos en instrumentos tan «blandos» cuando está en juego el futuro de nuestra civilización, máxime cuando no sabemos cómo realizarlos en nosotros mismos o en otros. De modo que tendemos a desecharlos y pasamos a hablar de reciclado, de comercio de emisiones, de la preservación de la vida salvaje o de otros elementos necesarios de la revolución de la sostenibilidad; aunque insuficientes, al menos sabemos cómo manejarlos.

Así que hablemos de los instrumentos que todavía no sabemos cómo utilizar, pues la humanidad ha de aprender rápidamente a manejarlos.

Visión

Tener una visión es imaginar, primero en términos generales y después de modo cada vez más concreto, lo que uno realmente quiere. Es decir, lo que uno realmente quiere, no lo que otro le ha dicho que debe querer ni lo que uno ha aprendido a estar dispuesto a conseguir. Tener una visión significa soltar las ataduras de la «viabilidad», del descrédito y de pasados desencantos y dejar que la mente se meza en sus sueños más nobles, edificantes y queridos.

Algunas personas, sobre todo jóvenes, se dedican a las visiones con entusiasmo y facilidad. Otras encuentran que el ejercicio de tener visiones es terrible o doloroso, porque un cuadro deslumbrante de lo que podría ser hace que lo que es resulte todavía más intolerable. Algunas personas nunca admiten sus visiones, por temor a que les consideren poco prácticas o «ilusas». A éstas les costaría leer este apartado, suponiendo que se pusieran a leerlo. Y algunas personas han quedado tan escarmentadas por su experiencia que sólo saben explicar por qué cualquier visión es imposible. Esto está bien; los escépticos también hacen falta. La visión ha de ser disciplinada por el escepticismo.

Tendríamos que decir inmediatamente, a favor de los escépticos, que no creemos que una visión haga que algo ocurra. La visión sin acción no sirve de nada. Pero la acción sin visión carece de orientación y es débil. La visión es absolutamente necesaria para guiar y motivar. Más aún, la visión, cuando es ampliamente compartida y se mantiene firmemente en el punto de mira, sí crea nuevos sistemas.

Decimos esto en sentido literal. Dentro de los límites del espacio, el tiempo, los materiales y la energía, las intenciones humanas visionarias no sólo pueden generar nueva información, nuevos ciclos de realimentación, nuevos comportamientos, nuevos conocimientos y nuevas tecnologías, sino también nuevas instituciones, nuevas estructuras físicas y nuevos poderes dentro de los seres humanos. Ralph Waldo Emerson reconoció esta profunda verdad hace ciento cincuenta años:
Cada país y cada persona se rodean al instante de un aparato material que se corresponde exactamente con su condición moral o su pensamiento. Obsérvese cómo cada verdad y cada error, todos ellos fruto de la mente de una persona, se reviste de sociedades, casas, ciudades, lenguaje, ceremonias, periódicos. Obsérvense las ideas de hoy [...] y véase cómo cada una de estas abstracciones se ha sustanciado en un aparato imponente dentro de la comunidad, y cómo la madera, el ladrillo, la arcilla y la piedra han confluido en una forma conveniente, obedeciendo a la idea maestra que reina en las mentes de muchas personas... De esto se desprende, desde luego, que el mínimo cambio en la persona hará que cambie su circunstancia; la mínima ampliación de sus ideas, la mínima mitigación de sus sentimientos con respecto a otras personas [...] originaría los cambios más sorprendentes en las cosas externas.

Coordinación

No podríamos llevar a cabo nuestro trabajo sin coordinadnos en red. La mayoría de las redes a que pertenecemos son informales. Tienen presupuestos reducidos, si es que tienen uno, y muy pocas de ellas aparecen en los índices de organizaciones internacionales. Son casi invisibles, pero sus efectos no son insignificantes. Las redes de coordinación informales transmiten la información de la misma manera que las instituciones formales, pero a menudo de modo más eficiente. Son el hogar natural de la nueva información y a partir de ellas pueden evolucionar nuevas estructuras del sistema.

Algunas de nuestras redes de coordinación tienen un carácter muy local, otras son internacionales. Algunas son electrónicas, otras implican a personas que se miran a la cara todos los días. Cualquiera que sea su forma, están constituidas por personas que comparten un interés por un aspecto determinado de la vida, que se mantienen en contacto y se transmiten datos, instrumentos, ideas y aliento, que se quieren, respetan y apoyan mutuamente. Uno de los propósitos principales de una red consiste simplemente en recordar a sus miembros que no están solos.

Una red carece de jerarquía. Es un tejido de conexiones entre iguales, que se sostiene no por la fuerza, el deber, incentivos materiales o un contrato social, sino por valores comunes y el entendimiento de que algunas tareas pueden llevarse a cabo conjuntamente, ya que por separado nunca se realizarían.

Conocemos redes de agricultores que intercambian métodos orgánicos de control de plagas. Hay redes de coordinación de periodistas ecologistas, arquitectos «verdes», modeladores informáticos, diseñadores de juegos, fondos fiduciarios de tierras, cooperativas de consumidores. Existen miles y miles de redes que se han desarrollado a medida que personas con objetivos comunes se encontraron unas a otras. Algunas redes acaban estando tan ocupadas y devienen tan esenciales que se convierten en organizaciones formales con oficinas y presupuesto, pero la mayoría van y vienen según necesidad. Sin duda, Internet ha facilitado y acelerado la formación y el mantenimiento de redes de coordinación.

Las redes dedicadas a la sostenibilidad a escala tanto local como mundial son especialmente necesarias para crear una sociedad sostenible que armonice con los ecosistemas locales manteniéndose al mismo tiempo dentro de los límites planetarios. Aquí podemos decir poca cosa de las redes de coordinación locales; unas localidades son distintas de otras. Una función de las redes locales consiste en ayudar a restablecer el sentido de comunidad y relación con el lugar, un sentido que se ha perdido en gran medida desde la Revolución Industrial.

En lo que respecta a las redes de coordinación mundiales, quisiéramos hacer un voto por que sean realmente mundiales. Los medios de participación en los flujos de información internacionales están tan mal distribuidos como los medios de producción. Hay más teléfonos en Tokio, dicen, que en toda África. Esto debe de ser todavía más cierto si hablamos de ordenadores, aparatos de fax, conexiones aéreas e invitaciones a reuniones internacionales. Pero una vez más el milagro de la inventiva humana parece aportar una solución sorprendente en forma de Internet y dispositivos de acceso baratos.

Verdad

No estamos más seguros de la verdad que cualquier otra persona. Pero a menudo sabemos distinguir una mentira cuando la escuchamos. Muchas mentiras son deliberadas, entendidas como tales tanto por quien habla como por la audiencia. Se expresan con el fin de manipular, engatusar, engañar, postergar acciones, justificar medidas que interesan, conquistar o mantener el poder o negar una realidad incómoda.

Las mentiras distorsionan el flujo de información. Un sistema no puede funcionar bien sí sus flujos informativos están corrompidos por mentiras. Uno de los principios más importantes de la teoría de sistemas, por razones que esperamos haber dejado claras en este libro, es que la información no debe ser distorsionada, aplazada o secuestrada.

«Toda la humanidad está en peligro -dice Buckminster Fuller- si cada uno de nosotros no se atreve, ahora y en adelante, a decir sólo la verdad y nada más que la verdad, y a hacerlo de inmediato, ahora mismos.» Siempre que se habla con alguien, en la calle, en el trabajo, ante una multitud, y especialmente a un niño, uno puede esforzarse por deshacer una mentira o afirmar una verdad. Se puede negar la idea de que poseer más cosas nos hace mejores personas. Se puede poner en duda la noción de que más para los ricos ayudará a los pobres. Cuanto más se pueda contrarrestar la desinformación, tanto más gestionable será nuestra sociedad.

Aprendizaje

La visión, la coordinación y la verdad no sirven de nada si no determinan la acción. Hay muchas cosas que hacer para convertir en realidad un mundo sostenible. Es preciso elaborar nuevos métodos de cultivo. Hay que poner en marcha nuevas empresas y rediseñar las antiguas para reducir su huella ecológica. Hay que restaurar tierras, proteger parques, transformar sistemas de energía, establecer acuerdos internacionales. Hay que promulgar leyes y abolir otras. Hay que enseñar a los niños, al igual que a los adultos. Hay que rodar películas, tocar música, publicar libros, crear páginas web, aconsejar a personas, orientar a grupos, eliminar subsidios, desarrollar indicadores de sostenibilidad y corregir precios para que reflejen el coste íntegro.

Todas las personas encontrarán su papel más idóneo en cualquiera de estos quehaceres. No somos quiénes para prescribir una función determinada a cualquier persona, salvo a nosotros mismos. Pero sí haremos una sugerencia: cualquier cosa que haga uno, que la haga con humildad. Que no la haga a modo de política inmutable, sino de experimento. Que aproveche su acción, cualquiera que ésta sea, para aprender.

Las profundidades de la ignorancia humana son mucho mayores de lo que la mayoría de nosotros estamos dispuestos a admitir. Esto es especialmente cierto en una época en que la economía mundial se funde en un todo más integrado que nunca, cuando esta economía está presionando sobre los límites de un planeta maravillosamente complejo y se requieren maneras de pensar totalmente nuevas. Hoy por hoy, nadie sabe lo suficiente. Ningún dirigente, por muy autorizado que se crea, comprende la situación. No hay que imponer ninguna política al mundo entero. Si uno no soporta perder, mejor que no juegue.

Aprender significa tener voluntad de ir lentamente, probar las cosas y de este modo recopilar información sobre los efectos de las acciones, incluida la crucial pero no siempre bienvenida información de que alguna acción no sirve. No se puede aprender sin cometer errores, contar la verdad sobre los mismos y seguir adelante. Aprender significa explorar un nuevo sendero con vigor y valor, estando abiertos a las exploraciones de otras personas en otros senderos y tener voluntad de cambiar de sendero si resulta que uno lleva más directamente al objetivo.

Los dirigentes del mundo han perdido tanto el hábito como la libertad de aprender. De alguna manera se ha establecido un sistema político en que los electores esperan que los líderes tengan todas las respuestas, que escojan a unas pocas personas para ser líderes, y esto los hace caer rápidamente si proponen remedios desagradables. Este sistema perverso socava la capacidad de liderazgo de la gente y la capacidad de aprender de los dirigentes.

Ha llegado el momento para nosotros de decir la verdad en esta cuestión. Los dirigentes del mundo no saben mejor que otros cómo hacer realidad una sociedad sostenible; la mayoría de ellos ni siquiera saben que es necesario hacerlo. Una revolución sostenible exige que cada persona actúe como un dirigente que aprende en algún nivel, desde la familia hasta la comunidad, el país y el mundo. Y exige que cada uno de nosotros apoyemos a los dirigentes dejándoles que admitan incertidumbres, lleven a cabo experimentos honestos y reconozcan los errores.

Nadie puede ser libre de aprender sin paciencia ni indulgencia. Pero en condiciones de extralimitación no queda mucho tiempo para la paciencia y la indulgencia. Encontrar el correcto equilibrio entre los aparentes antagonismos de la urgencia y la paciencia, la responsabilidad y la indulgencia, es una tarea que requiere compasión, humildad, clarividencia, honestidad y -la más difícil de las palabras, el aparentemente más escaso de todos los recursos- amor.

Amor

En la cultura industrial no nos está permitido hablar de amor salvo en el sentido más romántico y común de la palabra. Cualquiera que apele a la capacidad de la gente para practicar fraternalmente el amor, el amor a la humanidad en su conjunto, el amor a la naturaleza y a nuestro planeta que nos nutre, es más probable que sea ridiculizado que no tomado en serio. La diferencia más profunda entre los optimistas y los pesimistas es su postura en el debate acerca de si los seres humanos son capaces de actuar colectivamente sobre la base del amor. En una sociedad que desarrolla por sistema el individualismo, la competitividad y la inmediatez, los pesimistas son de lejos mayoría.

El individualismo y la cortedad de miras son los mayores problemas del sistema social actual, pensamos, y la causa más profunda de la insostenibilidad. El amor y la compasión institucionalizados en soluciones colectivas es la mejor alternativa. Una cultura que no cree en estas mejores cualidades humanas, las discute y desarrolla, sufre una trágica limitación de sus opciones. «¿Cuán buena puede ser la sociedad que permite la naturaleza humana? -se preguntaba el psicólogo Abraham Maslow- ¿Cuán buena es la naturaleza humana que permite la sociedad?.»

La revolución de la sostenibilidad tendrá que ser, sobre todo, una transformación colectiva que permita que se exprese y alimente lo mejor de la naturaleza humana, y no lo peor. Muchas personas han reconocido esta necesidad y esta oportunidad. Por ejemplo, John Maynard Keynes escribió en 1932:
«El problema de la escasez y la pobreza y la lucha económica entre clases y naciones no es nada más que un terrible galimatías, un galimatías transitorio e innecesario. Porque el mundo occidental ya tiene los recursos y la técnica, si pudiéramos crear la organización para usarlos, capaces de relegar el Problema Económico, que ahora ab-sorbe nuestra energía moral y material, a un lugar secundario... De este modo, no está lejos el [...] día en que el Problema Económico se ubicará en el asiento de atrás que le corresponde y [...] el foro del corazón y la cabeza estará ocupado... por nuestros problemas reales: el problema de la vida y las relaciones humanas, de la creación, el comportamiento y la religión.»

No es fácil practicar el amor, la amistad, la generosidad, la comprensión o la solidaridad en un sistema cuyas reglas, objetivos y flujos de información apuntan a cualidades humanas inferiores. Pero lo intentamos, y urgimos al lector a que lo intente. Seamos pacientes con nosotros mismos y con nuestros semejantes al hacer frente, nosotros y ellos, a las dificultades de un mundo que cambia. Comprendamos y asumamos la inevitable resistencia; porque hay resistencia, cierto apego a las vías de la insostenibilidad, dentro de cada uno de nosotros. Seleccionemos y confiemos en los mejores instintos humanos que hay en nosotros y en toda persona. Escuchemos el cinismo que nos rodea y compadezcámonos de quienes creen en él, pero no lo creamos nosotros mismos.

La humanidad no puede triunfar en la aventura de reducir la huella ecológica humana a un nivel sostenible si no emprende dicha aventura en un espíritu de cooperación mundial. El colapso no podrá evitarse si las personas no aprenden a verse a sí mismas y a otras como componentes de una sociedad mundial integrada. Esto requerirá compasión, no sólo con el aquí y ahora, sino también con lo distante y lo futuro. La humanidad tiene que aprender a amar la idea de dejar a las futuras generaciones un planeta vivo.

¿Es realmente posible todo lo que hemos defendido en este libro, desde el aumento de la eficiencia del uso de recursos hasta un gran ejercicio de compasión? ¿Puede realmente el mundo descender suavemente por debajo de los límites y evitar el colapso? ¿Es posible reducir la huella ecológica humana a tiempo? ¿Hay suficiente vi-sión, tecnología, libertad, comunidad, responsabilidad, previsión, dinero, disciplina y amor a escala mundial?

De todas las preguntas hipotéticas que hemos formulado en este libro, éstas son las más difíciles de responder, aunque muchas personas pretenderán tener la respuesta. Incluso nosotros, los autores, discrepamos a la hora de poner argumentos en uno u otro platillo de la balanza. La alegría ritual de mucha gente desinformada, especialmente los dirigentes mundiales, llevaría a decir que las preguntas ni siquiera son relevantes, que no existen límites significativos. Muchas de las que están informadas también están contagiadas del profundo cinismo que se halla justo una capa por debajo de la alegría pública ritual. Éstas dirían que ya existen graves problemas y que lo peor está todavía por venir, pero que no hay posibilidad alguna de resolverlos.

Ambas respuestas se basan, por supuesto, en modelos mentales. El quid de la cuestión es que nadie lo sabe.

No nos cansaremos de repetir -y así lo hemos hecho en este libro- que el mundo no se enfrenta a un futuro prefijado, sino a una elección. Tiene que elegir entre distintos modelos mentales, que lógicamente conducen a situaciones diferentes. Un modelo mental dice que este mundo no tiene, a efectos prácticos, ningún límite. Optar por este modelo mental favorecerá que todo continúe como si nada y llevará la economía humana todavía más allá de los límites. El resultado será el colapso.

Otro modelo mental dice que los límites son reales y que están cerca, que no queda tiempo suficiente y que la gente no puede ser moderada, responsable o compasiva. Por lo menos no a tiempo. Este modelo es como la profecía autocumplida: si los habitantes del planeta optan por creérselo, se demostrará que tenían razón. El resultado será el colapso.

Un tercer modelo mental dice que los límites son reales y que están cerca, y que en algunos casos ya se hallan por debajo de nuestros caudales productivos actuales. Pero que hay justo el tiempo suficiente y no hay que perderlo. Hay energía suficiente, material suficiente, dinero suficiente, resistencia ambiental suficiente y virtud humana suficiente para poner en práctica una reducción planificada de la huella ecológica de la humanidad: una revolución de la sostenibilidad hacia un mundo mucho mejor para la vasta mayoría.

Este tercer modelo bien podría resultar equivocado. Pero las pruebas que hemos visto, desde los datos recabados de todo el mundo hasta los modelos informáticos planetarios, indican que cabe la posibilidad de que se haga realidad. No hay otra manera de saberlo a ciencia cierta que intentarlo.


Extractos tomados de “Los límites del crecimiento 30 años después”. Donella Meadows, Jørgen Randers y Dennis Meadows.

2 comentarios:

Ramon.M.S. dijo...

visto via humanismo y conectividad de Andres S.

http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=h2br2_twHfw#!

Maite Inglés y García de la Calera dijo...

Hola José,

He aterrizado en tu blog por casualidad y lo veo lleno de saber. Aunque el mío sea menos docto, espero que sea tan de tu agrado como para mí el tuyo.

http://maiteingles.blogspot.com/


Saludos, Maite