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1 de noviembre de 2010

Futuros del Mundo (y IV)

El Mundo en nuestras manosNuestro aprendizaje de los sistemas y nuestro propio trabajo en el mundo han corroborado a nuestro juicio dos propiedades de los sistemas complejos que son importantes para la clase de revolución profunda de que estamos hablando.

En primer lugar, la información es un factor clave de la transformación. Esto no significa necesariamente más información, mejores estadísticas, mayores bases de datos o Internet, aunque todos estos elementos pueden desempeñar un papel. Significa información relevante, estimulante, seleccionada, potente, oportuna y exacta que fluya por nuevos canales a nuevos receptores, que trasmita nuevos contenidos, sugiera nuevas reglas y objetivos (reglas y objetivos que a su vez son información). Cuando cambien sus flujos de información, todo sistema se comportará de modo distinto. La política de glasnost, por ejemplo -la simple apertura de canales de información que habían estado cerrados durante mucho tiempo en la Unión Soviética-, garantizó la rápida transformación de Europa Oriental más allá de las expectativas de todos. El antiguo sistema se había mantenido gracias a un estricto control de la información. La desaparición de este control desencadenó la reestructuración total del sistema (turbulenta e impredecible, pero inevitable).

En segundo lugar, los sistemas se resisten con fuerza a los cambios de sus flujos de información, especialmente de sus reglas y objetivos. No es extraño que quienes se benefician del sistema actual se opongan activamente a tal revisión. Arraigadas camarillas políticas, económicas y religiosas pueden inhibir casi por completo los intentos de un individuo o de un pequeño grupo de funcionar con reglas diferentes o de alcanzar objetivos distintos de los sancionados por el sistema. A los innovadores se les puede ningunear, marginar, ridiculizar, denegar la promoción o recursos o tribunas públicas. Pueden ser anulados literal o figuradamente.

Sin embargo, sólo los innovadores -que perciben la necesidad de nuevas informaciones, nuevas reglas y nuevos objetivos, que hablan y escriben de ello y experimentan con estas innovaciones- pueden introducir los cambios que transforman los sistemas. Este importante aspecto queda claramente expresado en una cita que muchos atribuyen a Margaret Mead: «No niegues nunca el poder de un pequeño grupo de individuos decididos para cambiar el mundo. De hecho, esto siempre ha sido así».

Hemos aprendido por las malas lo difícil que es vivir con moderación material en un sistema que espera, exhorta y recompensa el consumo. Pero uno puede llegar muy lejos por el camino de la moderación. No es fácil usar energía de modo eficiente en una economía que genera productos energéticamente ineficientes. Pero uno puede elegir, o inventar si es preciso, modos más eficientes de hacer las cosas y de paso mostrárselas a otros.

Ante todo es difícil comunicar información de nuevo tipo en un sistema que está estructurado para escuchar únicamente la vieja información. Intente el lector alguna vez poner en duda en público el valor del crecimiento, o siquiera hacer una distinción entre crecimiento y desarrollo, y verá qué queremos decir. Hace falta valor y claridad para cuestionar un sistema establecido. Pero es posible hacerlo.

En nuestra búsqueda de vías para impulsar una reestructuración pacífica de un sistema que, como es natural, se resiste a su propia transformación, hemos probado muchos instrumentos. Los que son evidentes están expuestos en este libro: análisis racional, recopilación de datos, enfoque sistémico, modelización informática y las palabras más claras que somos capaces de encontrar. Se trata de instrumentos de los que cualquier persona con formación científica o económica echaría mano automáticamente. Como el reciclado, son útiles y necesarios, pero no suficientes.

No sabemos qué será suficiente. Pero quisiéramos concluir mencionando otros cinco instrumentos que también consideramos útiles. Presentamos y comentamos esta lista por primera vez en nuestro libro de 1992. Nuestra experiencia desde entonces ha confirmado que estos cinco instrumentos no son opcionales; son características esenciales de cualquier sociedad que espera sobrevivir a largo plazo. Los presentamos de nuevo aquí, en nuestro capítulo de conclusiones, sin pretender que sean «los modos de trabajar por la sostenibilidad, sino algunos modos».

¿Cuáles son esos instrumentos que abordamos con tanta cautela?

Son éstos: visión, coordinación, verdad, aprendizaje y amor.

Parece poca cosa, vista la enormidad de los cambios necesarios. Pero cada uno de estos elementos se mueve dentro de una red de ciclos positivos. De este modo, su aplicación tenaz y coherente, al comienzo por un grupo de personas relativamente pequeño, tendría el potencial de generar un cambio enorme, incluso de poner en tela de juicio el sistema actual, quizá contribuyendo a producir una revolución.

«La transición a una sociedad sostenible podría verse facilitada -dijimos en 1992- por el simple uso de palabras como éstas con mayor frecuencia, con franqueza y sin pedir excusas, en los flujos de información del mundo.» Pero nosotros mismos las utilizamos en su momento excusándonos, sabiendo cómo las recibirían la mayoría de personas.

Muchos de nosotros nos sentimos incómodos si pensamos en tener que basarnos en instrumentos tan «blandos» cuando está en juego el futuro de nuestra civilización, máxime cuando no sabemos cómo realizarlos en nosotros mismos o en otros. De modo que tendemos a desecharlos y pasamos a hablar de reciclado, de comercio de emisiones, de la preservación de la vida salvaje o de otros elementos necesarios de la revolución de la sostenibilidad; aunque insuficientes, al menos sabemos cómo manejarlos.

Así que hablemos de los instrumentos que todavía no sabemos cómo utilizar, pues la humanidad ha de aprender rápidamente a manejarlos.

Visión

Tener una visión es imaginar, primero en términos generales y después de modo cada vez más concreto, lo que uno realmente quiere. Es decir, lo que uno realmente quiere, no lo que otro le ha dicho que debe querer ni lo que uno ha aprendido a estar dispuesto a conseguir. Tener una visión significa soltar las ataduras de la «viabilidad», del descrédito y de pasados desencantos y dejar que la mente se meza en sus sueños más nobles, edificantes y queridos.

Algunas personas, sobre todo jóvenes, se dedican a las visiones con entusiasmo y facilidad. Otras encuentran que el ejercicio de tener visiones es terrible o doloroso, porque un cuadro deslumbrante de lo que podría ser hace que lo que es resulte todavía más intolerable. Algunas personas nunca admiten sus visiones, por temor a que les consideren poco prácticas o «ilusas». A éstas les costaría leer este apartado, suponiendo que se pusieran a leerlo. Y algunas personas han quedado tan escarmentadas por su experiencia que sólo saben explicar por qué cualquier visión es imposible. Esto está bien; los escépticos también hacen falta. La visión ha de ser disciplinada por el escepticismo.

Tendríamos que decir inmediatamente, a favor de los escépticos, que no creemos que una visión haga que algo ocurra. La visión sin acción no sirve de nada. Pero la acción sin visión carece de orientación y es débil. La visión es absolutamente necesaria para guiar y motivar. Más aún, la visión, cuando es ampliamente compartida y se mantiene firmemente en el punto de mira, sí crea nuevos sistemas.

Decimos esto en sentido literal. Dentro de los límites del espacio, el tiempo, los materiales y la energía, las intenciones humanas visionarias no sólo pueden generar nueva información, nuevos ciclos de realimentación, nuevos comportamientos, nuevos conocimientos y nuevas tecnologías, sino también nuevas instituciones, nuevas estructuras físicas y nuevos poderes dentro de los seres humanos. Ralph Waldo Emerson reconoció esta profunda verdad hace ciento cincuenta años:
Cada país y cada persona se rodean al instante de un aparato material que se corresponde exactamente con su condición moral o su pensamiento. Obsérvese cómo cada verdad y cada error, todos ellos fruto de la mente de una persona, se reviste de sociedades, casas, ciudades, lenguaje, ceremonias, periódicos. Obsérvense las ideas de hoy [...] y véase cómo cada una de estas abstracciones se ha sustanciado en un aparato imponente dentro de la comunidad, y cómo la madera, el ladrillo, la arcilla y la piedra han confluido en una forma conveniente, obedeciendo a la idea maestra que reina en las mentes de muchas personas... De esto se desprende, desde luego, que el mínimo cambio en la persona hará que cambie su circunstancia; la mínima ampliación de sus ideas, la mínima mitigación de sus sentimientos con respecto a otras personas [...] originaría los cambios más sorprendentes en las cosas externas.

Coordinación

No podríamos llevar a cabo nuestro trabajo sin coordinadnos en red. La mayoría de las redes a que pertenecemos son informales. Tienen presupuestos reducidos, si es que tienen uno, y muy pocas de ellas aparecen en los índices de organizaciones internacionales. Son casi invisibles, pero sus efectos no son insignificantes. Las redes de coordinación informales transmiten la información de la misma manera que las instituciones formales, pero a menudo de modo más eficiente. Son el hogar natural de la nueva información y a partir de ellas pueden evolucionar nuevas estructuras del sistema.

Algunas de nuestras redes de coordinación tienen un carácter muy local, otras son internacionales. Algunas son electrónicas, otras implican a personas que se miran a la cara todos los días. Cualquiera que sea su forma, están constituidas por personas que comparten un interés por un aspecto determinado de la vida, que se mantienen en contacto y se transmiten datos, instrumentos, ideas y aliento, que se quieren, respetan y apoyan mutuamente. Uno de los propósitos principales de una red consiste simplemente en recordar a sus miembros que no están solos.

Una red carece de jerarquía. Es un tejido de conexiones entre iguales, que se sostiene no por la fuerza, el deber, incentivos materiales o un contrato social, sino por valores comunes y el entendimiento de que algunas tareas pueden llevarse a cabo conjuntamente, ya que por separado nunca se realizarían.

Conocemos redes de agricultores que intercambian métodos orgánicos de control de plagas. Hay redes de coordinación de periodistas ecologistas, arquitectos «verdes», modeladores informáticos, diseñadores de juegos, fondos fiduciarios de tierras, cooperativas de consumidores. Existen miles y miles de redes que se han desarrollado a medida que personas con objetivos comunes se encontraron unas a otras. Algunas redes acaban estando tan ocupadas y devienen tan esenciales que se convierten en organizaciones formales con oficinas y presupuesto, pero la mayoría van y vienen según necesidad. Sin duda, Internet ha facilitado y acelerado la formación y el mantenimiento de redes de coordinación.

Las redes dedicadas a la sostenibilidad a escala tanto local como mundial son especialmente necesarias para crear una sociedad sostenible que armonice con los ecosistemas locales manteniéndose al mismo tiempo dentro de los límites planetarios. Aquí podemos decir poca cosa de las redes de coordinación locales; unas localidades son distintas de otras. Una función de las redes locales consiste en ayudar a restablecer el sentido de comunidad y relación con el lugar, un sentido que se ha perdido en gran medida desde la Revolución Industrial.

En lo que respecta a las redes de coordinación mundiales, quisiéramos hacer un voto por que sean realmente mundiales. Los medios de participación en los flujos de información internacionales están tan mal distribuidos como los medios de producción. Hay más teléfonos en Tokio, dicen, que en toda África. Esto debe de ser todavía más cierto si hablamos de ordenadores, aparatos de fax, conexiones aéreas e invitaciones a reuniones internacionales. Pero una vez más el milagro de la inventiva humana parece aportar una solución sorprendente en forma de Internet y dispositivos de acceso baratos.

Verdad

No estamos más seguros de la verdad que cualquier otra persona. Pero a menudo sabemos distinguir una mentira cuando la escuchamos. Muchas mentiras son deliberadas, entendidas como tales tanto por quien habla como por la audiencia. Se expresan con el fin de manipular, engatusar, engañar, postergar acciones, justificar medidas que interesan, conquistar o mantener el poder o negar una realidad incómoda.

Las mentiras distorsionan el flujo de información. Un sistema no puede funcionar bien sí sus flujos informativos están corrompidos por mentiras. Uno de los principios más importantes de la teoría de sistemas, por razones que esperamos haber dejado claras en este libro, es que la información no debe ser distorsionada, aplazada o secuestrada.

«Toda la humanidad está en peligro -dice Buckminster Fuller- si cada uno de nosotros no se atreve, ahora y en adelante, a decir sólo la verdad y nada más que la verdad, y a hacerlo de inmediato, ahora mismos.» Siempre que se habla con alguien, en la calle, en el trabajo, ante una multitud, y especialmente a un niño, uno puede esforzarse por deshacer una mentira o afirmar una verdad. Se puede negar la idea de que poseer más cosas nos hace mejores personas. Se puede poner en duda la noción de que más para los ricos ayudará a los pobres. Cuanto más se pueda contrarrestar la desinformación, tanto más gestionable será nuestra sociedad.

Aprendizaje

La visión, la coordinación y la verdad no sirven de nada si no determinan la acción. Hay muchas cosas que hacer para convertir en realidad un mundo sostenible. Es preciso elaborar nuevos métodos de cultivo. Hay que poner en marcha nuevas empresas y rediseñar las antiguas para reducir su huella ecológica. Hay que restaurar tierras, proteger parques, transformar sistemas de energía, establecer acuerdos internacionales. Hay que promulgar leyes y abolir otras. Hay que enseñar a los niños, al igual que a los adultos. Hay que rodar películas, tocar música, publicar libros, crear páginas web, aconsejar a personas, orientar a grupos, eliminar subsidios, desarrollar indicadores de sostenibilidad y corregir precios para que reflejen el coste íntegro.

Todas las personas encontrarán su papel más idóneo en cualquiera de estos quehaceres. No somos quiénes para prescribir una función determinada a cualquier persona, salvo a nosotros mismos. Pero sí haremos una sugerencia: cualquier cosa que haga uno, que la haga con humildad. Que no la haga a modo de política inmutable, sino de experimento. Que aproveche su acción, cualquiera que ésta sea, para aprender.

Las profundidades de la ignorancia humana son mucho mayores de lo que la mayoría de nosotros estamos dispuestos a admitir. Esto es especialmente cierto en una época en que la economía mundial se funde en un todo más integrado que nunca, cuando esta economía está presionando sobre los límites de un planeta maravillosamente complejo y se requieren maneras de pensar totalmente nuevas. Hoy por hoy, nadie sabe lo suficiente. Ningún dirigente, por muy autorizado que se crea, comprende la situación. No hay que imponer ninguna política al mundo entero. Si uno no soporta perder, mejor que no juegue.

Aprender significa tener voluntad de ir lentamente, probar las cosas y de este modo recopilar información sobre los efectos de las acciones, incluida la crucial pero no siempre bienvenida información de que alguna acción no sirve. No se puede aprender sin cometer errores, contar la verdad sobre los mismos y seguir adelante. Aprender significa explorar un nuevo sendero con vigor y valor, estando abiertos a las exploraciones de otras personas en otros senderos y tener voluntad de cambiar de sendero si resulta que uno lleva más directamente al objetivo.

Los dirigentes del mundo han perdido tanto el hábito como la libertad de aprender. De alguna manera se ha establecido un sistema político en que los electores esperan que los líderes tengan todas las respuestas, que escojan a unas pocas personas para ser líderes, y esto los hace caer rápidamente si proponen remedios desagradables. Este sistema perverso socava la capacidad de liderazgo de la gente y la capacidad de aprender de los dirigentes.

Ha llegado el momento para nosotros de decir la verdad en esta cuestión. Los dirigentes del mundo no saben mejor que otros cómo hacer realidad una sociedad sostenible; la mayoría de ellos ni siquiera saben que es necesario hacerlo. Una revolución sostenible exige que cada persona actúe como un dirigente que aprende en algún nivel, desde la familia hasta la comunidad, el país y el mundo. Y exige que cada uno de nosotros apoyemos a los dirigentes dejándoles que admitan incertidumbres, lleven a cabo experimentos honestos y reconozcan los errores.

Nadie puede ser libre de aprender sin paciencia ni indulgencia. Pero en condiciones de extralimitación no queda mucho tiempo para la paciencia y la indulgencia. Encontrar el correcto equilibrio entre los aparentes antagonismos de la urgencia y la paciencia, la responsabilidad y la indulgencia, es una tarea que requiere compasión, humildad, clarividencia, honestidad y -la más difícil de las palabras, el aparentemente más escaso de todos los recursos- amor.

Amor

En la cultura industrial no nos está permitido hablar de amor salvo en el sentido más romántico y común de la palabra. Cualquiera que apele a la capacidad de la gente para practicar fraternalmente el amor, el amor a la humanidad en su conjunto, el amor a la naturaleza y a nuestro planeta que nos nutre, es más probable que sea ridiculizado que no tomado en serio. La diferencia más profunda entre los optimistas y los pesimistas es su postura en el debate acerca de si los seres humanos son capaces de actuar colectivamente sobre la base del amor. En una sociedad que desarrolla por sistema el individualismo, la competitividad y la inmediatez, los pesimistas son de lejos mayoría.

El individualismo y la cortedad de miras son los mayores problemas del sistema social actual, pensamos, y la causa más profunda de la insostenibilidad. El amor y la compasión institucionalizados en soluciones colectivas es la mejor alternativa. Una cultura que no cree en estas mejores cualidades humanas, las discute y desarrolla, sufre una trágica limitación de sus opciones. «¿Cuán buena puede ser la sociedad que permite la naturaleza humana? -se preguntaba el psicólogo Abraham Maslow- ¿Cuán buena es la naturaleza humana que permite la sociedad?.»

La revolución de la sostenibilidad tendrá que ser, sobre todo, una transformación colectiva que permita que se exprese y alimente lo mejor de la naturaleza humana, y no lo peor. Muchas personas han reconocido esta necesidad y esta oportunidad. Por ejemplo, John Maynard Keynes escribió en 1932:
«El problema de la escasez y la pobreza y la lucha económica entre clases y naciones no es nada más que un terrible galimatías, un galimatías transitorio e innecesario. Porque el mundo occidental ya tiene los recursos y la técnica, si pudiéramos crear la organización para usarlos, capaces de relegar el Problema Económico, que ahora ab-sorbe nuestra energía moral y material, a un lugar secundario... De este modo, no está lejos el [...] día en que el Problema Económico se ubicará en el asiento de atrás que le corresponde y [...] el foro del corazón y la cabeza estará ocupado... por nuestros problemas reales: el problema de la vida y las relaciones humanas, de la creación, el comportamiento y la religión.»

No es fácil practicar el amor, la amistad, la generosidad, la comprensión o la solidaridad en un sistema cuyas reglas, objetivos y flujos de información apuntan a cualidades humanas inferiores. Pero lo intentamos, y urgimos al lector a que lo intente. Seamos pacientes con nosotros mismos y con nuestros semejantes al hacer frente, nosotros y ellos, a las dificultades de un mundo que cambia. Comprendamos y asumamos la inevitable resistencia; porque hay resistencia, cierto apego a las vías de la insostenibilidad, dentro de cada uno de nosotros. Seleccionemos y confiemos en los mejores instintos humanos que hay en nosotros y en toda persona. Escuchemos el cinismo que nos rodea y compadezcámonos de quienes creen en él, pero no lo creamos nosotros mismos.

La humanidad no puede triunfar en la aventura de reducir la huella ecológica humana a un nivel sostenible si no emprende dicha aventura en un espíritu de cooperación mundial. El colapso no podrá evitarse si las personas no aprenden a verse a sí mismas y a otras como componentes de una sociedad mundial integrada. Esto requerirá compasión, no sólo con el aquí y ahora, sino también con lo distante y lo futuro. La humanidad tiene que aprender a amar la idea de dejar a las futuras generaciones un planeta vivo.

¿Es realmente posible todo lo que hemos defendido en este libro, desde el aumento de la eficiencia del uso de recursos hasta un gran ejercicio de compasión? ¿Puede realmente el mundo descender suavemente por debajo de los límites y evitar el colapso? ¿Es posible reducir la huella ecológica humana a tiempo? ¿Hay suficiente vi-sión, tecnología, libertad, comunidad, responsabilidad, previsión, dinero, disciplina y amor a escala mundial?

De todas las preguntas hipotéticas que hemos formulado en este libro, éstas son las más difíciles de responder, aunque muchas personas pretenderán tener la respuesta. Incluso nosotros, los autores, discrepamos a la hora de poner argumentos en uno u otro platillo de la balanza. La alegría ritual de mucha gente desinformada, especialmente los dirigentes mundiales, llevaría a decir que las preguntas ni siquiera son relevantes, que no existen límites significativos. Muchas de las que están informadas también están contagiadas del profundo cinismo que se halla justo una capa por debajo de la alegría pública ritual. Éstas dirían que ya existen graves problemas y que lo peor está todavía por venir, pero que no hay posibilidad alguna de resolverlos.

Ambas respuestas se basan, por supuesto, en modelos mentales. El quid de la cuestión es que nadie lo sabe.

No nos cansaremos de repetir -y así lo hemos hecho en este libro- que el mundo no se enfrenta a un futuro prefijado, sino a una elección. Tiene que elegir entre distintos modelos mentales, que lógicamente conducen a situaciones diferentes. Un modelo mental dice que este mundo no tiene, a efectos prácticos, ningún límite. Optar por este modelo mental favorecerá que todo continúe como si nada y llevará la economía humana todavía más allá de los límites. El resultado será el colapso.

Otro modelo mental dice que los límites son reales y que están cerca, que no queda tiempo suficiente y que la gente no puede ser moderada, responsable o compasiva. Por lo menos no a tiempo. Este modelo es como la profecía autocumplida: si los habitantes del planeta optan por creérselo, se demostrará que tenían razón. El resultado será el colapso.

Un tercer modelo mental dice que los límites son reales y que están cerca, y que en algunos casos ya se hallan por debajo de nuestros caudales productivos actuales. Pero que hay justo el tiempo suficiente y no hay que perderlo. Hay energía suficiente, material suficiente, dinero suficiente, resistencia ambiental suficiente y virtud humana suficiente para poner en práctica una reducción planificada de la huella ecológica de la humanidad: una revolución de la sostenibilidad hacia un mundo mucho mejor para la vasta mayoría.

Este tercer modelo bien podría resultar equivocado. Pero las pruebas que hemos visto, desde los datos recabados de todo el mundo hasta los modelos informáticos planetarios, indican que cabe la posibilidad de que se haga realidad. No hay otra manera de saberlo a ciencia cierta que intentarlo.


Extractos tomados de “Los límites del crecimiento 30 años después”. Donella Meadows, Jørgen Randers y Dennis Meadows.

26 de septiembre de 2010

Futuros del Mundo (III)

Herman Daly“El estado estacionario exigiría menos de nuestros recursos ambientales, pero mucho más de nuestros recursos morales”. Herman Daly.

La humanidad puede responder de tres maneras a las señales que indican que el uso de los recursos y las emisiones contaminantes han crecido más allá de sus límites sostenibles. Una de ellas es negar, disimular o confundir las señales. Este enfoque adopta muchas formas. Algunos afirman que no hay necesidad de preocuparse por los límites, que el mercado y la tecnología ya resolverán automáticamente cualquier problema.

Otros dicen que no conviene tratar de reducir la extralimitación hasta que haya un cúmulo de estudios complementarios. Y hay quienes pretenden trasladar los costes de su extralimitación a quienes se hallan muy lejos en el espacio o en el tiempo. Por ejemplo, es posible:

- Construir chimeneas más altas para que la contaminación atmosférica se vaya más lejos, donde tendrán que respirarla otros.
- Trasladar sustancias químicas tóxicas o residuos nucleares para su vertido en alguna región remota.
- Sobreexplotar los recursos pesqueros o forestales aduciendo la necesidad de mantener los puestos de trabajo o pagar las deudas ahora, al tiempo que se reducen las reservas naturales de las que dependen en última instancia los puestos de trabajo y los pagos de la deuda.
- Subvencionar industrias extractivas que dejan de ser rentables debido a la escasez.
- Buscar más recursos mientras se usan de modo ineficiente los que ya se han descubierto.
- Compensar el descenso de la fertilidad del suelo mediante la aplicación creciente de fertilizantes.
- Mantener bajos los precios a base de préstamos o subvenciones, de modo que no pueden aumentar en respuesta a la escasez.
- Emplear la fuerza militar, o amenazar con su uso, para asegurar la utilización de recursos que sería demasiado caro comprar.

Lejos de resolver los problemas que se derivan de una huella ecológica excesiva, estas respuestas no harán más que agravarlos.

Una segunda manera de responder consiste en aliviar las presiones de los límites a base de recetas tecnológicas o económicas. Por ejemplo, es posible:

- Reducir la cantidad de contaminación generada por kilómetro recorrido en automóvil o por kilovatio de electricidad generada.
- Utilizar los recursos de modo más eficiente, reciclarlos o sustituir los recursos no renovables por recursos renovables.
- Reemplazar funciones que solía desempeñar la naturaleza, como el tratamiento de aguas residuales, el control de avenidas o la fertilización del suelo a base de energía, capital humano y mano de obra.

Estas medidas son urgentemente necesarias. Muchas de ellas comportan un aumento de la ecoeficiencia y aliviarán las presiones durante un determinado plazo, comprando un tiempo esencial. Pero no eliminarán las causas de dichas presiones. Si se genera menos contaminación por kilómetro recorrido en automóvil pero se recorren más kilómetros, o se incrementa la capacidad de tratamiento de aguas residuales pero aumenta el caudal de residuos líquidos, lo único que se hace es posponer los problemas, pero no resolverlos.

La tercera manera de responder consiste en abordar las causas subyacentes, dar un paso atrás y reconocer que el sistema socioeconómico humano, tal como está estructurado actualmente, es imposible de gestionar, ha sobrepasado sus límites y está abocado al colapso; en suma, tratar de cambiar la estructura del sistema.

La expresión cambiar la estructura tiene a menudo connotaciones ominosas. Ha sido utilizada por revolucionarios con ánimo de derrocar el poder establecido, a veces lanzando bombas en el camino. Hay quien puede pensar que cambiar la estructura se refiere a las estructuras físicas, derribando las edificaciones viejas para construir nuevas. O podría interpretarse en el sentido de cambiar la estructura de poder, la jerarquía, la cadena de mando. A la luz de estas interpretaciones, el cambio de estructura parece una cosa difícil, peligrosa y amenazante para los que tienen poder económico o político.

En el lenguaje de sistemas, sin embargo, cambiar la estructura tiene poco que ver con derrocar a nadie, derruir estamentos o desmantelar burocracias. De hecho, hacer todo esto sin ningún cambio real de la estructura no tendrá más consecuencias que el hecho de que otras personas gasten tanto o más tiempo y dinero persiguiendo los mismos objetivos en edificios u organizaciones nuevas, pero produciendo los mismos resultados conocidos.

Desde el punto de vista de la dinámica de sistemas, cambiar la estructura significa cambiar la estructura de realimentación, los vínculos de información dentro de un sistema: el contenido y la actualidad de los datos con que han de operar los agentes del sistema y las ideas, objetivos, incentivos, costes y señales de realimentación que motivan o condicionan el comportamiento. El mismo conjunto de personas, organizaciones y estructuras físicas puede comportarse de modo totalmente distinto si los agentes del sistema son capaces de ver alguna buena razón para hacerlo y si tienen la libertad, tal vez incluso el incentivo, para cambiar. Con el tiempo, un sistema con una nueva estructura de información también cam-biará probablemente sus estructuras sociales y físicas. Puede desarrollar nuevas leyes, nuevas organizaciones, nuevas tecnologías, personas con nuevas cualificaciones, nuevos tipos de máquinas o edificios. Esta transformación no ha de estar dirigida necesariamente de modo centralizado; puede ocurrir sin estar planificada, de forma natural, evolucionaria, apasionante y alegre.

A partir de nuevas estructuras del sistema se desarrollan espontáneamente cambios profundos. Nadie tiene que caer en el sacrificio o la coacción, excepto quizás para impedir que personas con intereses creados omitan, distorsionen o restrinjan informaciones relevantes. La historia de la humanidad ha conocido varias transformaciones estructurales. La revolución agrícola y la Revolución Industrial son los ejemplos más profundos. Ambas comenzaron con nuevas ideas sobre el cultivo de alimentos, el dominio de la energía y la organización del trabajo. De hecho, como veremos en el capítulo siguiente, es el éxito de esas transformaciones del pasado el que ha plantado al mundo ante la necesidad de una nueva transformación, que llamaremos la revolución de la sostenibilidad.

La sociedad sostenible

En 1987, la Comisión Mundial de Medio Ambiente y Desarrollo expresó la idea de la sostenibilidad con palabras memorables: Una sociedad sostenible es una sociedad que «satisface las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las futuras generaciones para satisfacer sus propias necesidades».

Desde el punto de vista de la teoría de sistemas, una sociedad sostenible es una sociedad que cuenta con mecanismos informativos, sociales e institucionales que le permiten controlar los ciclos de realimentación positivos causantes del crecimiento exponencial de la población y el capital. Esto implica que la tasa de natalidad equivale más o menos a la tasa de mortalidad y que las tasas de inversión equivalen más o menos a las tasas de amortización, a menos o hasta que en virtud de cambios técnicos y decisiones sociales se justifique un cambio limitado y bien estudiado de los niveles de población o capital. Para ser socialmente sostenible, la combinación de población, capital y tecnología debería configurarse de manera que el nivel de vida material sea suficiente y seguro para todos y esté repartido equitativamente. Para ser sostenible desde el punto de vista material y energético, los caudales productivos de la economía deberían cumplir las tres condiciones de Herman Daly:

- La tasa de uso de recursos renovables no debe superar la tasa de regeneración de los mismos.
- La tasa de uso de recursos no renovables no debe superar la tasa de desarrollo de sustitutos renovables sostenibles de aquéllos.
- La tasa de emisión de contaminación no debe superar la capacidad de asimilación del medio ambiente.

Una sociedad así configurada, con una huella ecológica sostenible, sería tan diferente de la sociedad en que viven ahora la mayoría de las personas que resulta difícil de imaginar. Los modelos mentales al comienzo del siglo XXI están impregnados de imágenes de pobreza persistente o de rápido crecimiento material y de esfuerzos decididos por mantener este crecimiento a toda costa. Dominada por imágenes de crecimiento despreocupado o estancamiento frustrante, la conciencia humana común difícilmente puede imaginar una sociedad resuelta, suficiente, justa y sostenible. Antes de reflexionar aquí sobre lo que podría ser la sostenibilidad, es preciso que comencemos definiendo qué no tiene que ser forzosamente.

La sostenibilidad no tiene por qué significar «crecimiento cero». Una sociedad fijada en el crecimiento tiende a rehuir todo cuestionamiento de este objetivo, pero poner en tela de juicio el crecimiento no tiene por qué significar la negación del crecimiento. Como señaló Aurelio Peccei, fundador del Club de Roma, en 1977, esto no haría más que sustituir una simplificación excesiva por otra:

Todos los que habían contribuido a echar por tierra el mito del crecimiento [...] fueron ridiculizados y figuradamente ahorcados, ahogados y descuartizados por los leales defensores de la vaca sagrada del crecimiento. Algunos de éstos [...] acusan al informe [Los límites del crecimiento]... de abogar por el Crecimiento Cero. Está claro que esas personas no han entendido nada, ni del Club de Roma ni del crecimiento. La noción de crecimiento cero es tan primitiva -como en este sentido lo es la del crecimiento infinito- y tan imprecisa que es una necedad conceptual hablar de él en una sociedad viva y dinámica.

Una sociedad sostenible estaría interesada en impulsar el desarrollo cualitativo, no en la expansión física. Utilizaría el crecimiento material como un instrumento estudiado, no un mandato perpetuo. Ni favorable ni contraria al crecimiento, empezaría a discriminar entre tipos de crecimiento y fines del crecimiento. Incluso podría jugar racionalmente con la idea de un crecimiento negativo deseado, para subsanar los excesos, ajustarse a los límites, dejar de hacer cosas que teniendo en cuenta plenamente los costes naturales y sociales en realidad cuestan más de lo que valen.

Antes de que una sociedad sostenible decidiera sobre cualquier propuesta concreta de crecimiento, se preguntaría para qué sirve dicho crecimiento, a quién beneficia y cuánto cuesta, cuánto tiempo durará y si el crecimiento será compatible con las fuentes y sumideros del planeta. Esta sociedad emplearía sus valores y su mejor conocimiento de los límites de la Tierra para optar exclusivamente por los tipos de crecimiento que sirvieran a importantes fines sociales y al mismo tiempo reforzaran la sostenibilidad. Una vez cualquier crecimiento físico hubiera cumplido sus propósitos, la sociedad dejaría de fomentarlo.

Un estado sostenible no sería una sociedad de desencanto y estancamiento, desempleo y quiebra que experimentan los sistemas económicos actuales cuando se interrumpe su crecimiento. La diferencia entre una sociedad sostenible y una recesión económica del tipo que se conoce en nuestra época es como la diferencia entre parar un coche adrede con los frenos y detenerlo chocando contra un muro de ladrillo. Cuando la economía actual se extralimita, da media vuelta demasiado rápida e inesperadamente para que las personas o empresas se reconviertan, reubiquen y reajusten. Una transición deliberada a la sostenibilidad se produciría con lentitud suficiente y con bastante tiempo de preaviso para que las personas y las empresas pudieran encontrar su sitio en la nueva economía.

No hay motivo alguno por el cual una sociedad sostenible tenga que ser primitiva en el aspecto técnico y cultural. Liberada tanto de la ansiedad como de la codicia, brindaría enormes posibilidades a la creatividad humana. Sin el elevado coste del crecimiento para la sociedad y el medio ambiente, la tecnología y la cultura podrían florecer. John Stuart Mill, uno de los primeros (y últimos) economistas que se tomaron en serio la idea de una economía acorde con los límites de la Tierra, vio que lo que él llamaba un «estado estacionario» podría sostener a una sociedad en evolución y en proceso de mejora. Hace más de ciento cincuenta años escribió:

No puedo [...] considerar el estado estacionario del capital y la riqueza con la aversión insensible tan ampliamente manifestada con respecto a dicho estado por los economistas políticos de la escuela antigua. Me inclino a creer que supondría, en su conjunto, una mejora muy notable de nuestra condición actual. Confieso que no me atrae el ideal de vida que defienden quienes piensan que el estado normal del ser humano es luchar para salir adelante; que las patadas, empujones, codazos y pisotones entre unos y otros [...] constituyen la suerte más deseable del género humano. [...] Apenas es necesario señalar que un estado estacionario del capital y la población implica un estado no estacionario de la mejora humana. Habría tanto margen para todo tipo de culturas mentales y de progreso moral y social como para la mejora del arte de vivir y muchas más probabilidades de que realmente mejorara.

Un mundo sostenible no sería ni podría ser un mundo rígido en que la población o la producción o cualquier otra cosa tuvieran que mantenerse patológicamente constantes. Uno de los supuestos más extraños de los actuales modelos mentales es la idea de que un mundo de moderación tenga que ser un mundo de estricto control gubernamental centralizado. Para una economía sostenible, este tipo de control no es posible, deseable ni necesario.

No hace falta mucha imaginación para plantear un conjunto mínimo de estructuras sociales -ciclos de realimentación que faciliten información sobre costes, consecuencias y sanciones- que darían pie a la evolución, la creatividad y el cambio y permitirían muchas más libertades que lo que jamás sería posible en un mundo que sigue aglomerándose hasta chocar contra sus límites o rebasarlos. Una de las más importantes de estas nuevas reglas casaría perfectamente con la teoría económica. Combinaría el conocimiento y la regulación para «internalizar las externalidades» del sistema de mercado, de modo que el precio de un producto reflejara el coste completo (incluidos todos los efectos secundarios ambientales y sociales) de fabricación del producto. Es una medida que vienen reclamando (en vano) todos los libros de texto de economía desde hace decenios. Orientaría automáticamente las inversiones y las compras, de manera que las personas podrían tomar decisiones en el plano monetario que posteriormente no tendrían que lamentar en el plano del valor material o social real.

Algunas personas piensan que una sociedad sostenible tendría que dejar de utilizar recursos no renovables, ya que su uso es por definición insostenible. Esta idea es fruto de una interpretación en extremo rígida de lo que significa ser sostenible. No cabe duda de que una sociedad sostenible utilizaría los dones no renovables de la corteza terrestre de modo más prudente y eficiente que el mundo actual. Les pondría el precio justo, con lo que los mantendría disponibles para futuras generaciones. Pero no hay motivo alguno para no utilizarlos en la medida en que su uso se ajuste a los criterios de sostenibilidad previamente definidos, a saber, que no sobrecarguen un sumidero natural y que se desarrollen sustitutos renovables.

Una sociedad sostenible no tiene por qué ser uniforme. Al igual que en la naturaleza, la diversidad en una sociedad humana sería tanto una causa como un resultado de la sostenibilidad. Algunas personas que han reflexionado sobre la sostenibilidad la ven como una sociedad en gran medida descentralizada, con poblaciones que se basan más en sus recursos locales y menos en el comercio internacional. Establecerían unas condiciones límite que impedirían que cualquier comunidad pudiera amenazar la viabilidad de las demás o de la Tierra en su conjunto. La variedad cultural, la autonomía, la libertad y la autodeterminación podrían ser mayores y no menores en un mundo de este tipo.

Una sociedad sostenible no tiene por qué ser no democrática, aburrida o no estimulante. Ciertas aficiones que divierten y consumen a muchos actualmente, como las carreras de armamentos o la acumulación de riquezas sin límite, probablemente ya no serían factibles, respetadas ni interesantes. Pero seguiría habiendo aficiones, estímulos, problemas que resolver, maneras de que las personas se sometieran a prueba, se sirvieran mutuamente, verificaran sus aptitudes y vivieran placenteramente, tal vez de modo más satisfactorio que lo que es posible actualmente.

Esto ha sido una larga lista de lo que una sociedad sostenible no es. En el proceso de formulación también hemos implicado, por contraste, qué pensamos que podría ser una sociedad sostenible. Pero los detalles de esta sociedad no los dilucidará un puñado de modeladores informáticos, sino que requerirá el concurso de las ideas, visiones y talentos de miles de millones de personas.

Partiendo del análisis estructural del sistema mundial que hemos descrito en este libro podemos aportar tan sólo un simple conjunto de líneas generales para reestructurar cualquier sistema con vistas a la sostenibilidad. Las enumeramos a continuación.

- Ampliar el horizonte de planificación. Basar la elección entre las opciones del momento mucho más en sus costes y beneficios a largo plazo y no tan sólo en los resultados que darán en el mercado de hoy o las elecciones de mañana. Desarrollar los incentivos, instrumentos y procedimientos necesarios para que los medios de comunicación, el mercado y las elec-ciones informen, respeten y sean responsables ante cuestiones que se desarrollan a lo largo de decenios.

- Mejorar las señales. Conocer mejor y supervisar tanto el bienestar de la población humana como el efecto real de la actividad humana en el ecosistema mundial'. Informar a los gobiernos y al público con la misma continuidad y prontitud sobre las condiciones ambientales y sociales que sobre las condiciones económicas. Incluir los costes ambientales y sociales en los precios económicos; refundir indicadores económicos como el PIB de modo que no confundan costes con beneficios o caudal productivo con bienestar o el deterioro del capital natural con ingresos.

- Acortar los tiempos de respuesta. Buscar activamente señales que indiquen cuándo el medio ambiente o la sociedad están mostrando fatiga. Decidir de antemano qué hacer si surgen problemas (a ser posible, preverlos antes de que aparezcan) y tener preparados los mecanismos institucionales y técnicos necesarios para actuar con eficacia. Educar para la flexibilidad y la creatividad, para el pensamiento crítico y la capacidad para rediseñar tanto los sistemas físicos como sociales. El modelado por ordenador puede ayudar en este sentido, pero igual de importante sería la educación general en el enfoque sistémico.

- Minimizar el uso de recursos no renovables. Los combustibles fósiles, las aguas subterráneas fósiles y los minerales deberían utilizarse siempre con la máxima eficiencia posible; reciclarse en la medida de lo posible (los combustibles no pueden reciclarse, pero el agua y los minerales sí) y consumirse únicamente en el marco de una transición deliberada al uso de recursos renovables.

- Prevenir la erosión de recursos renovables. La productividad de los suelos, las aguas superficiales, las aguas freáticas recargables y todos los seres vivos, incluidos los bosques, los peces y la caza, deberían protegerse y, en la medida de lo posible, restaurarse y reforzarse. Estos recursos sólo deberían utilizarse al ritmo en que pueden autorregenerarse. Esto requiere información sobre sus tasas de regeneración y fuertes sanciones sociales o desincentivos económicos contra su uso excesivo.

- Utilizar todos los recursos con la máxima eficiencia. Cuanto más bienestar humano se pueda obtener dentro de una huella ecológica dada, tanto mayor podrá ser la calidad de vida sin sobrepasar los límites. Importantes mejoras de la eficiencia son técnicamente posibles y económicamente favorables'. Una mayor eficiencia será un factor esencial para conseguir que la población y la economía mundiales actuales vuelvan más acá de los límites sin inducir un colapso.

- Desacelerar y finalmente parar el crecimiento exponencial de la población y del capital físico. El alcance práctico de los seis primeros elementos de esta lista es limitado. Por eso, este último elemento es el más fundamental. Implica un cambio institucional y filosófico y una innovación social. Exige definir niveles de población y producto industrial que sean deseables y sostenibles. Requiere definir objetivos en torno a la idea de desarrollo más que de crecimiento. Reclama, simple pero profundamente, una visión más amplia y satisfactoria de la finalidad de la existencia humana que la mera expansión y acumulación material.

Podemos explayarnos más en torno a este último e importante paso hacia la sostenibilidad reconociendo los problemas acuciantes que subyacen a buena parte de la fijación cultural en el crecimiento: la pobreza, el desempleo y las necesidades no satisfechas. El crecimiento, tal como está actualmente estructurado, no resuelve estos problemas en absoluto, o sólo lo hace de forma lenta e ineficiente. Sin embargo, hasta que no aparezcan soluciones más efectivas, la sociedad nunca abandonará su adicción al crecimiento, porque las personas tienen una necesidad apremiante de esperanza. El crecimiento puede ser una falsa esperanza, pero es mejor que la falta total de esperanza.

Para recuperar la esperanza y resolver problemas muy reales, he aquí tres aspectos en que es preciso cambiar totalmente de mentalidad.

- Pobreza. Compartir es un verbo prohibido en el discurso político, probablemente por el profundo temor de que compartir de verdad significaría que no habría suficiente para nadie. «Suficiencia» y «solidaridad» son conceptos que pueden ayudar a estructurar nuevos enfoques de la eliminación de la pobreza. Todos estamos juntos en esta extralimitación. Hay suficiente para salir adelante si hacemos bien las cosas. Si no las hacemos bien, nadie, por muy rico que sea, escapará a las consecuencias.

- Desempleo. Los seres humanos necesitan trabajar, ponerse a prueba y autodisciplinarse, asumir la responsabilidad de satisfacer sus propias necesidades básicas, obtener la satisfacción de la participación personal y ser aceptados como miembros de la sociedad adultos y responsables. Esta necesidad no debería quedar insatisfecha, como tampoco debería colmarse mediante un trabajo degradante o nocivo. Al mismo tiempo, el empleo no debería ser un requisito para la subsistencia. Se precisa creatividad en este terreno para superar la idea estrecha de que algunas personas «crean» puestos de trabajo para otras o la idea todavía más estrecha de que los trabajadores son meros costes que hay que recortar. Lo que necesitamos es un sistema económico que utilice y apoye las aportaciones que todas las personas son capaces de realizar, que comparta el trabajo, el ocio y los resultados económicos de forma equitativa y que no abandone a su suerte a las personas que por razones temporales o permanentes no pueden trabajar.

- Necesidades inmateriales no satisfechas. Las personas no necesitan automóviles enormes; necesitan admiración y respeto. No necesitan un flujo constante de ropa nueva; necesitan sentir que otros las consideran atractivas, y necesitan emoción, variedad y belleza. Las personas no necesitan juegos electrónicos; necesitan algo interesante en que ocupar sus mentes y emociones. Y así sucesivamente. Tratar de colmar necesidades reales pero inmateriales -de identidad, comunidad, autoestima, superación, amor, alegríacon cosas materiales es crear un apetito insaciable de falsas soluciones para deseos nunca satisfechos. Una sociedad que se permite reconocer y articular sus necesidades inmateriales y encontrar maneras inmateriales de satisfacerlas requeriría caudales de material y energía mucho menores y aportaría niveles mucho más altos de plenitud humana.

¿Cómo puede el individuo abordar en la práctica estos problemas? ¿Cómo puede el mundo desarrollar un sistema que los resuelva? Ésta es la oportunidad de la creatividad y la elección. Las generaciones que viven en los albores del siglo xxi están llamadas no sólo a ajustar su huella ecológica a los límites del planeta, sino a hacerlo mientras reestructuran al mismo tiempo sus mundos interior y exterior. Este proceso afectará a todos los aspectos de la vida y requerirá todo tipo de talento humano. Precisará innovación técnica y empresarial e inventiva comunal, social, política, artística y espiritual. Hace cincuenta años, Lewis Mumford reconoció la magnitud de la tarea y su carácter exclusivamente humano; una tarea que pondrá a prueba y desarrollará la humanidad de cada persona.

Una edad de expansión está dando paso a una edad de equilibrio. El logro de este equilibrio es tarea de los siglos inmediatos. [...] El tema del nuevo período no serán las armas y el hombre ni las máquinas y el hombre: su tema será el resurgir de la vida, el desplazamiento de lo mecánico por lo orgánico, y el restablecimiento de la persona como el fin último de todo esfuerzo humano. Cultivo, humanización, cooperación, simbiosis: éstas son las consig-nas de la nueva cultura que envuelve al mundo. Cada compartimiento de la vida registrará este cambio: afectará a la tarea de la educación y a los procedimientos científicos no menos que a la organización de las empresas industriales, la planificación urbana, el desarrollo regional, el intercambio de recursos del mundo.

La necesidad de llevar el mundo industrial a su próxima etapa de evolución no es una catástrofe, sino una excelente oportunidad. Cómo aprovechar la oportunidad, cómo establecer un mundo que no sólo sea sostenible, operativo y equitativo, sino también profundamente deseable es una cuestión de liderazgo, ética, visión y coraje, cualidades que no corresponden a los modelos informáticos, sino que les son propias al corazón humano y al alma humana.


Extractos tomados de “Los límites del crecimiento 30 años después”. Donella Meadows, Jørgen Randers y Dennis Meadows.

[continuará]

11 de julio de 2010

Futuros del Mundo (II)

La nave espacial Tierra«Los seres humanos y el mundo natural siguen un rumbo de colisión. Las actividades humanas menoscaban violentamente y a menudo de modo irreversible el medio ambiente y recursos cruciales. Si no se revisan, muchas de las prácticas actuales ponen gravemente en peligro el futuro que deseamos para la sociedad humana y los reinos vegetal y animal, y puede que alteren el mundo vivo hasta el punto de que no sea capaz ya de sostener la vida del modo que conocemos. Urgen cambios fundamentales si queremos evitar la colisión a que conduce nuestro rumbo actual.» Advertencia a la humanidad de científicos del mundo, firmada por más de 1.600 científicos, entre ellos 102 premios Nobel de 70 países.

«y si se aspira a que la elección [sobre nuestro futuro] se haga efectivamente sobre la que aparece como única opción razonable, rompiendo con ello el aparente dilema de un mundo que tiene amplias capacidades para sobrevivir y que hasta ahora las emplea en preparar su propia destrucción, será necesaria una “revolución cultural”, no elitista sino de masas, que introduzca cambios profundos en normas y valores, que domine la revolución científica y que permita restablecer el balance interno del hombre y situar a la humanidad en un camino seguro hacia su supervivencia en un equilibrio global.» Aurelio Peccei, fundador del Club de Roma.

Resultados del Modelo

A partir de unas condiciones iniciales dadas [el año 0 del modelo está situado en 1900] y con ayuda de un ordenador, se puede proceder a una proyección a largo plazo, y a determinar pues la evolución de las distintas variables que intervienen en el modelo, y obtener gráficos en los que se registre esta evolución.

1. Evolución normal
En la Figura 1 se muestra la evolución de las cinco variables del modelo a partir de las condiciones iniciales y sin cambiar las tendencias conocidas en 1970, desde el año 1900 hasta el 2100. El modelo se ha inicializado en el año 1900, con algunas estimaciones sobre las condiciones de 1900 y los parámetros [tasas de nacimiento, generación de capital, etc.] han sido ajustados de manera que las evoluciones concuerden con las condiciones del año 1970.

La esencia del comportamiento que se observa en esta simulación se puede resumir diciendo que el agotamiento de los recursos naturales y el aumento de la contaminación determinan, a partir de un determinado punto, la disminución de la población, el capital y el nivel de vida.

2. Evolución mixta
En la Figura 2 se muestra una posible alternativa en el estudio de la simulación del modelo Mundo-2 que consiste en suponer que por medio de convenientes innovaciones tecnológicas, tales como el desarrollo de nuevas formas de energía, no se produce el agotamiento de recursos implícito en la anterior simulación. En concreto se simula que los recursos a partir de 1970 se agoten a un ritmo que es el 75% del valor empleado en la simulación de la Figura 1.

La interpretación es la siguiente: al disminuir el agotamiento de las recursos naturales, y debido al desarrollo de una fuerte industrialización, la población mantiene un alto nivel de vida hasta que los problemas de contaminación hacen caer [el nivel de vida y con él la población] de forma drástica.

Una hipótesis del porqué de este comportamiento podría ser que la esencia del problema reside en el carácter finito del mundo, y en la necesidad de adecuar todos los ingredientes de la evolución del mismo [la población, la industrialización, los recursos naturales, etc.] de una forma integrada y coherente.

En este sentido, Jay Forrester y su equipo propuso una intervención en todas las variables de control principales del modelo, para intentar un comportamiento menos errático, más equilibrado.

3. Evolución controlada
En concreto la Figura 3 responde a un escenario en el que se simula que en 1970 se adoptan conjuntamente varias decisiones “reductoras”: reducción de la tasa de inversión en un 40%, la tasa de nacimientos en un 50%, la generación de contaminación en un 50%, la tasa de empleo de recursos naturales no renovables en un 75% y la producción de alimentos en un 25%. Se obtiene entonces una transición del crecimiento al equilibrio que permite una estabilización del sistema.

4. Evolución optimista
En la Figura 4 puede observarse la situación que corresponde a las predicciones de un optimista que confía ampliamente en la tecnología, es decir, por efecto de la tecnología se han resuelto los problemas de crecimiento. Si además se introdujese un moderado control de la natalidad, las posibilidades son aún más optimistas. Esta modificación corresponde a la ampliación de David R. Boyd del modelo Mundo-2 [Mundo-4].

Por último indicar que éste modelo constituye el primer intento de simular un sistema tan complejo como es el Mundo, y que sus resultados, más que tomarlos numéricamente “al pie de la letra” hay que considerarlos como “tendencias”.

Al fin y al cabo las simulaciones sirven para ver cómo determinadas decisiones [políticas] pueden o podrían corregir estas tendencias que cabe esperar de una evolución “espontánea”, sin la intervención humana de las variables que determinan el comportamiento del Mundo.

Críticas [y aportaciones] al Modelo

El modelo del Mundo-2 ha sido sometido a profundas críticas y comentarios. Algunas se refieren a limitaciones propias de la simplicidad con que se había construido el modelo Mundo-2. Parte de ellas fueron subsanadas en el Mundo-3, pero sus conclusiones, sin embargo, no alteraron sensiblemente las del Mundo-2.

Otras se refieren a un análisis de las hipótesis sobre las que se ha construido el modelo. Las más importantes son las que acusan al modelo de Forrester de ser inherentemente “malthusiano” y, por tanto, tener un carácter forzosamente pesimista. Es decir, que el sistema va inevitablemente al colapso vía aumento de la población y/o reducción de los recursos naturales [para conocer eso, evidentemente no hacía falta la ayuda de los ordenadores]. No obstante, el propio Forrester reconoce que el modelo Mundo-2 fue diseñado expresamente para que fuera sensible el valor inicial de los recursos naturales. En este sentido es una hipótesis de partida.

Estas críticas presuponen un gran optimismo en el desarrollo de la tecnología. Aún así, este componente también se puede incorporar en el modelo [lo que demuestra su flexibilidad] como hemos visto antes. Lo que sucede también es que la naturaleza del fenómeno tecnológico es enormemente escurridiza, difícil de cuantificar, dificil de predecir [¿podrían los contemporáneos de Edison o Madame Curie predecir el tipo de sociedad y los efectos sociales que sus descubrimientos o inventos podrían llegar a tener?].

Otro tipo de objeciones que se han hecho al modelo son de tipo metodológico. Estas van desde las que consideran la insuficiencia de la técnica utilizada [dinámica de sistemas] para abordar el problema, hasta las que presuponen que no se han agotado otras posibilidades, como por ejemplo la ausencia en el modelo de mecanismos de realimentación social que permitan modificar los parámetros ligados a las decisiones sobre el futuro, como consecuencia de la evolución del mundo. Es decir que el modelo no es adaptativo y por consiguiente es demasiado mecanicista.

Y por último la crítica más generalizada y también más aceptada por los autores del modelo es la excesiva agregación del modelo, pues es evidente que, siendo el mundo uno solo hay regiones diferentes, principalmente los mundos desarrollado y no desarrollado, que se enfrentan a problemas diferentes que piden políticas distintas para su solución.

La inclusión de estas y otras críticas en el modelo Mundo-3 dio pié al desarrollo del modelo Mundo-4 en 1975 por W. Cummings, también del M.I.T. que básicamente dio como resultado que la disipación de los recursos naturales no conduce inevitablemente a la destrucción de la economía mundial; lo único que hace es elevar el costo de los recursos no renovables a niveles muy altos y sin que llegue a producirse un colapso como sucede en el modelo Mundo-2, Mundo-3 y Mundo-3/91.

El sistema en este modelo, es más flexible porque responde a los problemas de la falta de recursos, contaminación y alimentación con: el reciclado de recursos, el uso de sustitutivos, el control de la contaminación, el mantenimiento de la fertilidad de la tierra y la variación de las pautas de demanda en la alimentación.

Es decir, el modelo Mundo-4 integra las críticas anteriores haciendo que el sistema mundial se adapte a las condiciones cambiantes.

Por último, y para responder a la crítica sobre la excesiva agregación el modelo Mundo-4 se desagregó en dos sub-modelos llamados Dos-Mundos, uno desarrollado y otro no desarrollado. En esta simulación el mundo desarrollado mantiene su crecimiento, su economía se ajusta satisfactoriamente a los mayores costos de los recursos y su nivel de población llega a estabilizarse. Por el contrario el mundo no desarrollado sufre no tanto la falta de recursos como la malnutrición. El crecimiento rápido de la población, la limitación territorial, el coste de la alimentación sobrecargan a la economía causando su estancamiento. El control de natalidad, la inversión, la ayuda extranjera ayudan al mundo no desarrollado pero no lo suficiente para permitir su despegue económico.

La conclusión pues de este modelo es más optimista para una pequeña parte del mundo, el llamado mundo desarrollado, pero es mucho más pesimista en lo que se refiere a la persistencia de la miseria para una gran parte de la humanidad no desarrollada.

Conclusiones

Simplificando mucho se puede considerar que existen dos puntos de vista opuestos y uno de síntesis, en la controversia acerca del futuro del mundo.

El punto de vista malthusiano

Los partidarios de este punto de vista sostienen que la Tierra posee sólo una cantidad finita de recursos. Ella se refiere no sólo a los alimentos, como originariamente indicaba Thomas Malthus [1766-1834], sino también a otros tipos de recursos, como son los energéticos o el medio ambiente. Y esto unido al crecimiento de la población [de los aproximadamente 6.800 millones actuales, pasaremos el 2050 a más de 9.000 millones, y para el 2100 más de 14.000 millones según recientes proyecciones] dará como resultado inevitable el colapso del mundo.

Las innovaciones tecnológicas, según éste punto de vista no hacen sino aliviar temporalmente estas escaseces, además de agravar el estado de la contaminación, dado que [hoy por hoy] no hay tecnología que no genere como subproducto sus correspondientes residuos contaminantes [progresivo calentamiento de la atmosfera, deforestación de los bosques, residuos nucleares, etc.].

Es en definitiva la opinión de los que creen que nuestro planeta hay que verlo como una “nave espacial” [la nave espacial Tierra], en el que es evidente que los recursos naturales no renovables son los que están y no hay más. Es el punto de vista de los partidarios del crecimiento cero.

El punto de vista del optimismo en la tecnología

Los partidarios de este punto de vista creen que no existen límites previsibles a la producción de bienes. Ante cualquier escasez concreta se desarrolla una tecnología de sustitución que viene a remediar su falta. Además, según este punto de vista, el incremento de la tecnología produce un aumento de la productividad, lo que a su vez determina un aumento del nivel de vida, lo que a su vez dará lugar a menores tasas de nacimiento, con la que se alcanza un equilibrio de la población y no se producen problemas de crecimiento.

Es en definitiva la opinión de los que creen que nuestro planeta es una inmensa pradera del Oeste, donde nuestra humanidad convertida en “cowboy” puede cabalgar a sus anchas. Es el punto de vista de los partidarios del crecimiento del PIB como solución a los problemas.

El punto de vista de la elección de lo razonable

Este punto de vista, concretado en las posiciones del Club de Roma, viene a ser una síntesis de los anteriores, en el sentido en que da por válida la amenaza “malthusiana”, confía en la tecnología, pero siempre que se combine conscientemente con los controles del crecimiento, al estilo de los propuestos en Mundo-2, Mundo-3 y Mundo-3/91.

Además, según este punto de vista, estas medidas deberían hacerse, efectivas, ahora, ya, durante la presente generación. De lo contrario, si se espera tomar decisiones acerca del futuro cuando la presión medioambiental, económica o demográfica sea insoportable, para entonces será ya demasiado tarde. Además para ser más efectivos se debería cambiar la forma de gobernar, haciéndola desde una perspectiva planetaria.

Para este punto de vista, el futuro próximo podría tener alguno de los siguientes esbozos de escenarios:
Crisis definitiva, con guerra mundial y vuelta a una especie de periodo medieval y de “retribalización” de la sociedad mundial.

Imposición de una dictadura mundial “a lo Hitler”, que sólo tendría un “éxito” transitorio, para desembocar después en una crisis final.

Construcción de una utopía basada en la razón, así como en las posibilidades que ofrece una sociedad madura con capacidad y disposición para tratar a la naturaleza de modo distinto que en el pasado.

[continuará]

27 de junio de 2010

Futuros del Mundo (I)

En memoria de Donella H. MeadowsEsencialmente hay dos técnicas para esbozar el futuro del mundo, una es realizar modelos mentales, como la República de Platón o la Utopía de Tomas Moro, modelos interesantes para imaginar futuros deseables [y quizá inalcanzables], o utilizar modelos científicos, quizá menos románticos, pero sí más prácticos, porque nos pueden indicar con bastante aproximación hacia qué tipo de futuro nos dirigimos.

Aquí me voy a referir a una técnica de modelización científica que se aplicó con éxito a principios de los años 70, que utiliza las matemáticas, la simulación y los ordenadores como principales herramientas. Es por tanto una técnica altamente analítica y cuantitativa y que, como todas las técnicas basadas en la construcción de modelos matemáticos tiene el inconveniente de ser forzosamente reduccionista dada la imposibilidad de captar a entender todas las variables que hay en juego en el sistema real que se pretendo modelizar.

La técnica en sí, llamada Dinámica de Sistemas o de Forrester en referencia a Jay Forrester su creador, profesor del M.I.T. es una técnica joven [los primeros trabajos son de 1960-1963: Dinámica Industrial y Dinámica Urbana] de la que he escrito en otra ocasión, está especialmente indicada para modelizar sistemas no-lineales y con alta interdependencia de las variables y que permiten descubrir resultados “anti-intuitivos” que nuestra pensamiento no puede percibir por tratarse de sistemas dinámicos complejos.

El Club de Roma, entidad privada de orientación humanista encargó a Forrester en 1970 la construcción de un modelo del mundo que estudiase las interrelaciones entre las principales magnitudes y que permitiera pronosticar su comportamiento a lo largo del tiempo.

El resultado de estos contactos entre el M.I.T. y el Club de Roma, fue el establecimiento de un modelo del mundo, el Mundo-2 [World2] que constituía en aquel momento el intento más ambicioso que se había realizado hasta entonces para predecir, conjuntamente, la evolución futura de la población, el desgaste de los recursos naturales, la oferta de alimentos, la acumulación de capital y la contaminación en un modelo unitario, que tuviese en cuenta sus interacciones.

Posteriormente, en 1972 y bajo la dirección de Dennis L. Meadows, discípulo de Forrester, que junto a Donella H. Meadows, Jørgen Randers y William W. Behrens III desarrollaron un modelo más refinado llamado Mundo-3 [World3], que fue el que se dio a conocer como “primer informe del Club de Roma” y fue conocido en todo el mundo como “Los límites del crecimiento” que causó gran impacto y polémica, y que dio origen a multitud de estudios posteriores, tanto críticas como favorables. Posteriormente en 1991, Dennis L. Meadows, Donella H. Meadows y Jørgen Randers realizaron otro refinamiento al modelo Mundo-3 que pasó a denominarse Mundo-3/91 [World3/91].

Básicamente el modelo Mundo-3 reproduce los resultados del modelo original Mundo-2, por la que nos centraremos en éste último por su sencillez expositiva [Mundo-2 maneja 5 variables de estado con 45 ecuaciones básicas y Mundo-3 maneja hasta 29 variables con 77 ecuaciones].

Diagrama Causal Mundo-2
Aproximación al Modelo

En esta figura se muestra un “Diagrama Causal” muy simplificado del modelo del Mundo-2. Los bloques representan, en cierta forma, los principales subsistemas del modelo. Las flechas representan las relaciones causales entre ellos. Las flechas discontinuas representan las relaciones adicionales que se estudian en el modelo Mundo-3.

En círculo se ha incluido la variable tecnológica propuesta por David R. Boyd para paliar los efectos “pesimistas” del modelo como luego veremos.

Debe destacarse el carácter cerrado del sistema. Esta es una particularidad de los modelos del Mundo que no presentan otras clases de sistemas en los que el aislamiento es más difícil de conjeturar.

En el modelo Mundo-2 se consideran cinco niveles o variables de estado del sistema: población, capital invertido, recursos naturales, fracción de capital dedicada a la agricultura y contaminación.

1. Población
Esta variable no presenta ninguna ambigüedad. La población, en todo momento, representa el número de habitantes sobre la Tierra. El valor inicial adoptado es de 1.650 millones de habitantes para el año 1900.

2. Capital invertido
El capital invertido representa la acumulación de capital, teniendo en cuenta su generación y su depreciación. El capital se mide en “unidad de capital” por habitante. El valor inicial para 1900 es de 0,25 unidades por cápita.

3. Recursos naturales
Esta variable, como se verá posteriormente, no hace sino disminuir. Los recursos naturales incluyen solamente aquellos materiales que se encuentran en la Tierra y que no son reemplazables. Los recursos se miden en “unidad de recurso natural” por habitante y están calculados en función del agotamiento estimado en 250 años a partir de la población existente en 1970 [3.600 millones].

4. Fracción de capital dedicado a la agricultura
En el modelo se consideran separadamente el capital total generado y la tracción del mismo que se dedica a la agricultura. Esta fracción está sometida a un ajuste gradual, en Función del capital total y la población [oferta/demanda de alimentos]. El valor inicial estimado para 1900 es de 0,2 unidades por cápita.

5. Contaminación
Esta variable representa la contaminación activa en el medio ambiente tal como existe después de su generación y antes de que se disipe y desaparezcan sus electos. Se mide en “unidades de contaminación”. El valor inicial estimado para 1900 es de 0,125 unidades per cápita.

El objetivo del modelo Mundo-2 es predecir conjuntamente:

Evolución futura de la población
Desgaste de los recursos naturales
Oferta de alimentos
Acumulación de capital
Contaminación

Tanto en este modelo como en Mundo-3 no se ha contemplado accidentes o sucesos discontinuos como guerra mundial, pandemias o catástrofes ecológicas que por su naturaleza no se ha querido incorporar al modelo, aunque intuitivamente podemos inferir que “accidentes” de esta magnitud no harían sino agravar los ya de por si resultados “pesimistas”.

Aunque también es cierto que otros autores podrían decir que precisamente ente tipo de “accidentes” ayudan a corregir las tendencias de crecimiento excesivo de la población, y la destrucción consiguiente “ayuda” a comenzar otro ciclo económico. Dejémoslo ahí.

Claro que, esto último se decía muy alegremente antes de conocer los efectos estudiados de una confrontación atómica: el invierno nuclear y sus secuelas.

Interrelaciones [principales] del Modelo

Observando la figura del Diagrama Causal del Modelo Mundo-2 podemos constatar las siguientes relaciones o flujos causales [positivos o negativos] entre las variables:

Hacinamiento <-> Población
El fuerte incremento de la población produce efectos negativos en el modo de vida, dando con ella lugar a mecanismos correctores que tienden a disminuir el nivel de población. Representa de alguna forma el grado de satisfacción a de insatisfacción psicológica que un determinado nivel de poblaci6n puede tolerar.

Alimentos <-> Población
Es obvio que la alimentación per cápita actúa sobre el nivel de población. Si aumenta la población, disminuye el capital per cápita, con lo que disminuye el capital per cápita dedicado a la agricultura y por tanto disminuye la oferta de alimentos y por tanto aumenta la tasa de de defunciones [hambre] y disminuye la tasa de nacimientos.

Hacinamiento <-> Alimentos <-> Población
A su vez el hacinamiento influye sobre las alimentos per cápita actuando sobre el espacio geográfico, disputando la tierra disponible a la agricultura.

Contaminación <-> Población
Cuando la contaminación es elevada, lo que sucede inevitablemente a partir de un cierto nivel de industrialización, consecuencia
a su vez de un elevado capital invertido, la contaminación se convierte en otro regulador del nivel de la población. Por tanto el aumento de la población determina el incremento de la contaminación, la cual tiene efecto sobra las tasas de defunciones y nacimientos [aumentando aquellos, disminuyendo éstos].

Contaminación <-> Alimentos <-> Población
Por otra parte, la contaminación actúa sobre la producción de alimentos por cápita, a través del deterioro del medio, lo que a su vez determina un segundo efecto reductor sobre la población.

Recursos Naturales <-> Población
Se observa que un aumento de la población determina un incremento de la tasa de consumo de los recursos naturales, lo que acelera su reducción, aumentando su coste, disminuyendo el nivel de vida y éste a su vez tiene un efecto sobre las tasas de defunciones y nacimientos [aumentando aquellos, disminuyendo éstos].

Capital <-> Población
Se observa que la población determina la generación de capital, que se acumula en el capital invertido. Este capital invertido determina el capital invertido per cápita, que a su vez determina el capital per cápita efectivo el cual se interpreta como aquél que contribuye directamente a mejorar o disminuir el nivel de vida, en función de la tasa de capital efectivo destinado a la población [infraestructuras, empleo, bienes de consumo, etc.], y éste a su vez tiene efecto sobre la población.

Y a continuación podemos observar las relaciones propuestas por David R. Boyd como ampliación al modelo Mundo-2 en Mundo-4 [World4].

Tecnología <-> Contaminación
Se observa que un aumento en la tecnología hace disminuir el impacto de la contaminación, lo que a su vez impacta en un crecimiento de la población.

Tecnología <-> Recursos Naturales
Se observa que un aumento en la tecnología hace disminuir los recursos naturales [necesariamente], pero en menor medida ya que se supone una aplicación más “ecológica” de la misma.

Tecnología <-> Nivel de Vida y Alimentos
Se observa que un aumento en la tecnología hace aumentar el nivel de vida y la oferta de alimentos, teniendo ambos un efecto positivo sobre la población.

[continuará]