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9 de abril de 2018

12+1 Aforismos para gestores anuméricos

Siguiendo el hilo de los anteriores Aforismos, me lanzo a reflexionar en voz alta sobre algunos conceptos erróneos en la gestión del stock y la productividad, propiciada por los lugares comunes en los que se alimentan los gestores anuméricos.

Como ocurriera con el resto de aforismos, estos no están estructurados y tampoco pretenden ser exhaustivos, son también la síntesis de muchas experiencias interactuando con cientos de directivos de toda clase y condición.

1. Muchos gestores anuméricos confunden el significado de algunos indicadores clave de gestión: la rotación del stock con las ventas, la cobertura del stock con la rotación y la productividad con la producción. Deshagamos con sencillez el entuerto de una vez por todas.

2. La rotación del stock es una relación (ratio) entre las ventas y el stock promedio (R=V/Sm). Mide “las vueltas del stock” y se puede medir en unidades físicas o monetarias.

3. Calcular las ventas de una cantidad de periodos es fácil, pero calcular el stock promedio no lo es tanto sin disponer de un sistema informático: hay que muestrear y calcular el stock en cada periodo (p.ej. mes) y promediar por el total de periodos.

4. Por lo general, los gestores saben que una baja rotación es peligrosa. Una rotación de menos de dos dígitos significa que probablemente estemos financiando el stock contra nuestros propios recursos.

5. Para aumentar la rotación solo hay dos caminos: aumentar las ventas o reducir la frecuencia de las compras.

6. La cobertura es el recíproco de la rotación, pero expresado en tiempo (C=Sm/Vm). Mide “el stock en tiempo”. Por lo general se mide en días y puede expresarse en términos del stock promedio (histórico) y del stock actual (días de stock disponibles ahora).

7. Por lo general, los gestores saben que una cobertura elevada es peligrosa por su coste financiero, pero no menos que una baja cobertura si no disponemos de un plazo de entrega ágil.

8. En la cobertura se manifiesta el dilema entre la arriesgada gestión “Just-in-time” (“Justo a tiempo”=cobertura baja) y la conservadora “Just-in-Case” (“Por si acaso”=cobertura alta). Elegir entre una u otra tiene consecuencias financieras y de servicio.

9. La producción es la cantidad de producto que podemos fabricar o distribuir en un periodo de tiempo con unos recursos dados, incluidos medios materiales, humanos e intangibles (formación, organización y sistemas).

10. Mientras que la productividad es la relación (ratio) entre esa producción y esos recursos (p=P/R). Aumentar la producción es relativamente sencillo, basta con “trabajar más”, pero hacerlo incrementando a su vez la productividad no es tan fácil.

11. Por lo general, los gestores saben que una mayor productividad se puede lograr pagando menos por los recursos: es lo que se llama “productividad sucia”, que tiene corto recorrido.

12. Hay una “productividad sana” de más largo recorrido que implica una mayor inversión en formación, organización y sistemas. Entre ambas tendencias de la productividad se debate desde hace tiempo. Hay consenso en cuál es la mejor, pero no se practica mucho.

12+1: Un directivo de un sector con fuertes inversiones en stock y con una estacionalidad muy acusada que daban como resultado rotaciones bajas y coberturas altas, me dijo en una ocasión que su padre le aconsejaba la gestión de las 3P: Puesto, Paciencia y Pesetas. “Puesto” (que se puede asimilar a disponibilidad de stock) para tenerlo en el lugar adecuado en el momento oportuno, “Paciencia” considerando que el stock, en su sector, no perdía valor y en algún momento tendría comprador y “Pesetas” porque no bastaban el posicionamiento y la paciencia si no se tenía el suficiente músculo financiero. Desafortunadamente no todos los sectores son tan afortunados como el de este directivo para ir contra corriente de la rotación y la cobertura. Dicho queda a modo de contrapunto.


28 de noviembre de 2015

Aforismos Logísticos

Algunas reflexiones y meditaciones en voz alta sobre la gestión logística en las organizaciones. En forma de aforismo porque es un formato adecuado para expresar algunas cosas que de otro modo requerirían largas explicaciones que pretendo ahorrar al lector. No están estructurados aunque mantienen un cierto hilo conductor. Son el fruto, la síntesis de cosas que he ido aprendiendo con la experiencia, los errores y los aciertos analizando e implantando sistemas... y también de las tendencias que observo que están aconteciendo aquí y ahora, muchas imperceptibles pero estoy seguro van a irrumpir pronto en los procesos logísticos de las organizaciones. Abróchense los cinturones y disfruten de estos #AforismosLogísticos...

El mejor almacén es el que no existe... siempre que tengas a los proveedores anclados a la cadena logística.

Tener un OEE superior al 95% está muy bien... siempre que el almacén no esté también por encima del 95%.

Bloques de mármol, cerdos o frutas son lo mismo: hasta su despiece/tría no se sabe la cantidad/calidad de subproductos.

Un director de operaciones está en la mejor posición para entender la interdependencia de los recursos de la empresa.

La tensión entre producción y comercial es de orden temporal: los primeros dicen “para mañana” los segundos “para ayer”.

Con una previsión fiable, planificar es un juego de niños. Pero los adultos ya sabemos que los reyes magos no existen.

La mejor logística es la que no existe. O existe con paradigma diferente al aprovisionar-producir-almacenar-distribuir.

La logística futura es sin-fricción: una impresora 3D en el lado cliente y software multipropósito en el lado servidor.

Mientras tanto, tendremos que seguir gestionando la cadena logística y sus servidumbres técnicas: ERP, MRP, APS, WMS...

Los errores en las listas de materiales no se suman, se multiplican.

Al crear una lista de materiales recuerda la leyenda: por un clavo se perdieron: herradura, caballo, batalla y reino.

Antes de terminar una lista de materiales piensa los componentes que realmente tienen accesible conocer su consumo real.

Los errores en la ruta de producción parten de simplificar una realidad equifinalista: muchas formas de hacer lo mismo.

El ritmo nominal en la ruta de producción hace magia: reduce ilusoriamente el coste marginal y los plazos de entrega.

Al terminar una ruta de producción pregunta en voz alta si no será esta la última vez que alguien la volverá a revisar.

El tiempo de preparación de máquinas es la madre de todas las batallas para reducir el tiempo de entrega.

El SMED es una buena técnica para racionalizar las preparaciones, aunque su meta declarada raye en la irracionalidad.

Ver organizar un quirófano para una intervención quirúrgica es buena metáfora para reducir el tiempo de preparación.

La competencia por reducir el coste marginal pasa obligatoriamente por reducir el tiempo de preparación.

El ideal del tiempo de preparación nulo es disponer de muchas máquinas dedicadas o lanzar grandes lotes de producción.

Desafortunadamente costes de inversión, modas, variantes y el stock cero conspiran contra las soluciones convencionales.

Además de SMED, para reducir el tiempo de cambio se pueden agrupar lanzamientos de órdenes con preparaciones comunes.

Desafortunadamente el foco en la competencia por la fecha de entrega conspira contra las agrupaciones de órdenes.

Por tanto, los objetivos de reducción del coste marginal y reducción del plazo de entrega terminan siendo antitéticos .

Cuando planificamos nos olvidamos del Sr. Murphy, aunque luego se presente sin avisar y rompa nuestro bonito plan.

Nos relajamos confiando en la probabilidad: “todo no puede fallar a la vez”, pero nos olvidamos del “efecto dominó”.

El Sr. Murphy nos recuerda continuamente que en un sistema interdependiente un fallo es como ese clavo de la leyenda.

Planificar es prever la conducta futura de un sistema vivo: una tarea imposible si partimos de una simplificación.

Los fallos en la planificación están estrechamente relacionados con la presunción de veracidad de los plazos de entrega.

Una buena planificación está estrechamente relacionada con la asunción de la variabilidad en el flujo logístico.

La base de toda planificación se sustenta en tres certidumbres: stocks correctos, listas exactas y tiempos realistas.

Un error en alguna de las tres certidumbres tenderá a amplificarse de manera inversamente proporcional a su percepción.

De todos los errores logísticos, el más tangible es el más escurridizo: cuando el inventario informático ≠ real.

En el futuro, el mejor almacén será el que las mercancías hacen organizándose, ubicándose e inventariándose a sí mismas.

El Internet de las cosas (IdC) es el futuro del almacén y el adiós al código de barras, el “cerrado por inventario”...

La logística actual está diseñada para gestionar mercancías sin inteligencia. El IdC obligará a rediseñar todo el SCM.

15 de febrero de 2015

Axiomas para una planificación óptima de la producción

Uno de los conflictos más reiterados en las empresas industriales es la no siempre comprendida tensión entre los departamentos de comercial y producción.

Por experiencia profesional reconozco que esta tensión inter-departamental no es una leyenda urbana o un lugar común sino un hecho real que obedece a causas profundas, sistémicas, que van más allá del desgaste personal o emocional de sus responsables o la existencia de buenos canales de información.

Con el ánimo de contribuir a resolver este conflicto de raíz, me permito enunciar algunas reflexiones en forma de axiomas y corolarios para aportar un grano de arena en orden a disipar este conflicto, ubicando su solución en la encrucijada estratégica entre el significado profundo de optimizar y el rol decisivo de la dirección general. Vamos allá.

Axioma 1: Una planificación óptima de la producción es aquella que mejor representa los objetivos de la Dirección General de la empresa en un momento histórico dado.

Axioma 2: Se entiende que los objetivos emanados de la Dirección General de la empresa se corresponden con preferencias estratégicas y que estas son transitivas, es decir, que existe una relación de orden o priorización entre ellas (a > b > c…), es decir, satisfacen el teorema de imposibilidad de Arrow (no es posible diseñar un sistema que permita reflejar las preferencias locales en una preferencia global), pues dado que en todo sistema de producción con recursos finitos e interdependientes es habitual la existencia de conflictos entre preferencias/objetivos (p.ej. el “eterno” conflicto entre los departamentos comercial y producción), no existe una solución que optimice de forma simultánea todas las funciones objetivo, dejando aparte las llamadas “soluciones de compromiso”, que no son óptimas en modo alguno o los llamados “óptimos de Pareto” que mediante “aproximaciones sucesivas” tienden a igualar la importancia o prioridad de las preferencias.

Corolario 1: No existe ningún sistema de optimización con preferencias transitivas que pueda satisfacer todas las preferencias/objetivos por igual. Se hace necesaria una subordinación y supraordinación entre preferencias/objetivos.

Axioma 3: Las reglas de programación estándar APS (Advanced Planning and Scheduling) tienden a priorizar una función objetivo o preferencia: Minimizar tiempos de preparación, Minimizar retrasos, minimizar WIP (Work in Process), Secuencia preferida por recurso, Campañas, Programación de Cuellos de Botella, Saturación de líneas, etc. atendiendo además a las restricciones de los recursos del sistema (calendarios, turnos, disponibilidad de sub-recursos, disponibilidad de materiales, etc.).

Axioma 4: Además de las reglas estándar APS, herramientas como Preactor-SIEMENS permiten crear reglas compuestas para aplicar selectivamente las reglas estándar, además de crear reglas personalizadas con las que poder satisfacer nuevas preferencias/objetivos.

Corolario 2: No existe una regla de programación que satisfaga por igual todas las preferencias/objetivos. Todo decisor debe elegir. Toda elección implica renunciar y toda renuncia implica un coste de oportunidad: conocer ese coste nos da la clave de la mejor preferencia/objetivo: la que mayor utilidad nos ofrezca (parábola de los cañones o la mantequilla de Paul Samuelson). No obstante, en ausencia de “objetivos fuertes” cabe la posibilidad de considerar el coste como objetivo o preferencia a minimizar, atendiendo al “principio de la palanca”: p.ej. es más interesante mover un cuerpo pesado haciendo palanca que con el sobreesfuerzo voluntarioso de muchos recursos. Los dos métodos son igual de eficaces (se obtienen resultados), pero el primero es más eficiente (se obtienen resultados minimizando los recursos).

Consecuentemente: se debe establecer un sistema de ordenación de las preferencias/objetivos (SOP), que no obstante puede variar en el tiempo por circunstancias del mercado, política de la compañía, segmentación de producto/mercado, etc. por tanto se entiende que el SOP puede ser configurable.

Una vez establecidas las preferencias/objetivos, se trata de que la Dirección General ordene de mayor a menor el conjunto de las mismas: p.ej. Minimizar costes de preparación (por agrupación de productos o formato) > Minimizar costes en un periodo determinado (por lanzamiento de campañas) > Maximizar la ocupación de recursos (programación “push” o Just in Case) > Minimizar WIP (valor del stock en curso) > Minimizar retrasos (programación “pull” o Just in Time) > Minimizar sobrecostes por retrasos (evitar penalizaciones de clientes mediante priorizaciones) > Maximizar margen de contribución por producto (por priorización de productos con mayor valor añadido)… (Ver Observación).

Corolario 3: Dados los Axiomas 3 y 4, cada regla de programación tenderá a maximizar un “indicador clave de rendimiento” o KPI (Key Performance Indicator).

Axioma 5: Para establecer un sistema de optimización basado en reglas con preferencias/objetivos excluyentes, se necesita una regla de reglas, es decir, una regla de alto nivel o metarregla que establezca la mejor regla de programación de acuerdo al criterio de ordenación que se establezca, considerando la propiedad de que toda metarregla tenderá a optimizar unas preferencias/objetivos mientras suboptimiza otras (p.ej. si quiero optimizar el consumo de combustible de mi vehículo deberá suboptimizar mis prisas por llegar).

Corolario 4: Existen dos posibles métodos de establecimiento de metarreglas:

Corolario 4.1: Método Iteractivo o en cascada: por cada regla de programación se comparan los KPI’s, de mayor a menor orden de preferencia/objetivo, seleccionado la regla que mayor KPI obtenga en la primera preferencia y en caso de empate de KPI con otra/s regla/s se selecciona de entre ellas la regla que mayor KPI obtenga en la segunda preferencia y así sucesivamente.

Corolario 4.2: Método Sintético: se establece un KPI de síntesis o “indicador sintético” que represente el valor compuesto de todos los KPI’s de cada regla para obtener un indicador sintético por cada regla, seleccionando la regla con el indicador sintético mayor. Hay varios métodos para calcular un indicador sintético, siendo la más sencilla la aplicación de una ponderación o peso a cada KPI, una ponderación en coherencia con la ordenación de preferencias/objetivos.

Observación: se puede observar que existen preferencias contradictorias entre sí, sin embargo estas pueden ordenarse de manera distinta según el periodo del año: p.ej. hacia el principio de la campaña puede ser más importante minimizar el coste por cambio de formato (mejorar los costes) que minimizar los retrasos (empeorando el servicio) al fabricar “tiradas más largas” contra stock o previsión, mientras que hacia mediados/finales de campaña puede ser más importante lo contrario, esto es, minimizar retrasos (mejorar el servicio) que minimizar el coste del cambio de formato (empeorando el coste) al fabricar “tiradas más cortas” o contra pedido. Estas contradicciones se pueden representar como un dilema coste vs. servicio en el siguiente gráfico.


El dilema coste vs. servicio



Por otra parte, la existencia de recursos dependientes y cuellos de botella hacen incompatibles la preferencia de una mayor ocupación de recursos y un menor coste de producción, pues la mera existencia de recursos más rápidos previos a un cuello de botella implicaría que si ponemos a su máxima capacidad a los recursos no cuello de botella, generaríamos un mayor inventario en curso y en consecuencia una mayor coste de producción. Por tanto tenemos que ser cautelosos a la hora de definir preferencias, sabiendo de antemano que en su mayoría pueden ser contradictorias entre sí, particularmente cuando tratamos de optimizar recursos, deberíamos prestar atención en la optimización de los cuellos de botella, no en los que no lo son.

Y para entender la dinámica de los cuellos de botella, nada mejor que recurrir a la Teoría de las Limitaciones (TOC) de Eliyahu M. Goldratt, autor del best seller “La Meta” y recientemente fallecido, donde extractamos las siguientes reglas de gestión de los cuellos de botella.


ALGUNAS REGLAS SOBRE LOS CUELLOS DE BOTELLA

1. Equilibrar el flujo, no la capacidad. 

Es decir, ajustar el flujo por el cuello de botella con la demanda del mercado. Si como hemos visto, la cadencia del Sistema está marcada por los cuellos de botella, hagamos que estos (y con ellos todo el Sistema) coincidan con el flujo de la demanda. De manera que cuando necesitemos aumentar la capacidad de la Empresa para acercarla a la demanda, esto signifique explotar sólo los cuellos de botella. En muchas ocasiones las empresas intentan aumentar la capacidad de tal o cual recurso esperando con ello ser más “competitivo”, cuando en realidad (si estamos de acuerdo con las implicaciones de la TOC) no es precisamente la mejor alternativa desde el enfoque sistémico. La mayor eficiencia de la empresa en su conjunto nos vendrá de una mayor fluidez y sincronización entre los recursos.

2. El grado de utilización de un no cuello de botella no vendrá determinado por su propia capacidad, sino por alguna otra restricción del sistema. 

Es decir, no intentemos aumentar la “productividad” de los recursos que no sean cuellos de botella. Produciremos Inventario y Gastos de Operación, pero no Facturación. Antes al contrario, que su “productividad” esté sincronizada con los recursos cuello de botella. O lo que es lo mismo, que los recursos no cuello de botella no produzcan más rápido de lo que pueden absorber los cuellos de botella. Esto tiene implicaciones importantes en los modelos de productividad clásica. En muchas empresas industriales se adquiere stock simplemente para que máquinas y empleados no estén “parados”. Evidentemente así quien controla el flujo de materiales y de trabajos no son los pedidos o los programas de producción sino la Inercia.

3. Activar un recurso no es lo mismo que utilizar ese recurso. 

Ya que, “utilizar” un recurso significa hacer uso de él para que el Sistema se dirija hacia la Meta. En la regla anterior, si hacemos un uso no sincronizado de un recurso no cuello de botella, no estamos utilizando ese recurso, sino simplemente activándolo en términos locales, es decir sin dirección hacia el objetivo último del Sistema. En un momento determinado en cualquier empresa pueden estar activados una gran cantidad de recursos: personas, locales, comunicaciones, energía, ordenadores, máquinas, etc. pero... ¿Cuáles realmente de esos recursos se están utilizando en orden a la Meta de la empresa?.

4. No se debe intentar optimizar cada uno de los recursos del Sistema. Un Sistema con óptimos locales no es un Sistema óptimo en su conjunto. De hecho es un Sistema muy ineficiente. 

Es la conclusión de las dos reglas anteriores. Ya lo hemos visto antes, dado que existen esos dos fenómenos, a saber, Fluctuaciones Estadísticas y Recursos Dependientes, cualquier intento de optimizar un recurso por sí mismo, de acuerdo exclusivamente a su capacidad, es como mínimo una falta de perspectiva. Desgraciadamente la Productividad se ha entendido como un parámetro excesivamente localista, lo que nos ha llevado a enormes stocks de materiales, obras en curso máximas, grandes cantidades de producto acabado y... rentabilidades mínimas.

5. Una hora perdida en un cuello de botella significa una hora perdida para todo el Sistema. 

Los sistemas contables tradicionales asignan los costes de los recursos en función de parámetros tales como amortización, energía, salarios, etc. es decir, otra vez el enfoque analítico, no sistémico de lo que ocurre en la Empresa. Si tal como hemos visto, los recursos cuello de botella determinan en última instancia el ritmo de todo el Sistema, cualquier parada o reducción de la capacidad de los mismos no nos “cuesta” sólo lo que contablemente podamos imputarle a ese recurso aisladamente, sino mucho más. ¿Cuánto?, pues tanto como cuesta el Sistema en su conjunto durante esa parada.

6. Una hora ganada en un no cuello de botella es un espejismo. 

Esta es la otra cara de la moneda. Lo que es cierto para los recursos cuello de botella no lo es para los que no lo son. Es un error perder tiempo en un recurso cuello de botella, sin embargo, perderlo en los recursos no cuello de botella es posible, incluso conveniente para el Sistema en su conjunto. ¿Por qué?, porque “ahorrar” tiempo en los no cuellos de botella no aumenta el rendimiento del Sistema para nada. El tiempo y el dinero ahorrado ahí son una ilusión. En otras palabras, si intentamos “ocupar todo el tiempo” de los recursos que no sean cuello de botella produciremos más Inventario y más Gastos de Operación, pero no más Facturación.


27 de noviembre de 2011

¿El sistema puede funcionar sin consumidores?

La pregunta, retadora, estaba formulada en una entradilla a un artículo del diario El País del pasado 14 de Noviembre de 2011 dedicado a la reciente obra de la ensayista y activista social estadounidense Barbara Ehrenreich con el sugestivo título de “Sonríe o muere. La trampa del pensamiento positivo” (Editorial Turner). El libro aún no lo he leído, prometo hacerlo, pero su mención en la redes sociales por Ramón Morata me dio pie a avanzar algunas reflexiones sistémicas sobre el siempre interesante bucle trabajo-producción-renta-consumo que quiero compartir.

Mi respuesta a la pregunta anterior es, sin duda: no. El sistema no puede funcionar sin consumidores. Ahora bien, la pregunta tiene otras derivadas. En un escenario final el sistema que conocemos necesita consumo, consumidores/compradores, para dar salida a su producción, es obvio, pero no está claro que necesite, simétricamente, factor trabajo. El factor trabajo es un “mal necesario” desde una perspectiva radical de la productividad. El ideal de la productividad máxima es reducir el factor trabajo a cero. Sí, han leído bien: cero. Esto en sí mismo no es negativo: ¿acaso no es un valor humano evitar la esclavitud del trabajo y hacer más con menos esfuerzo o, mejor, nulo esfuerzo?. Aunque, eso sí, para lograr esto, a cambio hay que invertir y mucho en factor capital, conocimiento intensivo y otros recursos no siempre abundantes. En este sentido, aspirar a una mayor productividad “porque sí”, sin comprometer inversión de capital o conocimiento es una imposibilidad metafísica que da lugar a lo que algunos autores llaman “productividad sucia” (porque no se centra en incrementar la productividad vía inversión de capital o conocimiento sino en bajar los costes del factor trabajo, vía deslocalización y otros procedimientos de sobreexplotación).

El problema o paradoja sistémica que ocasiona esta imparable tendencia productivista del sistema a sustituir trabajo humano por automatización y/o por “productividad sucia” es no tener presente que los consumidores (de los productos/servicios generados por la automatización y/o por la “productividad sucia”) obtienen mayoritariamente sus ingresos/renta para consumir en tanto que trabajadores/asalariados, en consecuencia si reducimos o malpagamos el factor trabajo estamos reduciendo, también, la capacidad de compra de los consumidores y en consecuencia esto conduce a la larga (en apariencia, en un primer análisis) a una implosión del propio sistema: el sistema “canibaliza” a los consumidores/compradores vía desempleo. En esto consiste, por cierto, una depresión económica. Esto es algo que aprendió en carne propia Henry Ford, que, como nos recuerda el ex ministro Jordi Sevilla en su reciente artículo Teoría del endeudamiento “(Henry Ford) encontró nuevos compradores en sus propios trabajadores para lo que tuvo que subirles los sueldos. El salario pasó a ser, así, una variable económica ambivalente: por un lado, coste de producción que conviene rebajar; por otro, demanda efectiva que convendría mantener o elevar”.

Desde otra perspectiva, digamos más “positivista”, esto no es un problema irresoluble, pues lo que se “automatiza” habitualmente es porque tiene poco valor añadido (Nota: a la vuelta de la esquina podemos estar ante la posibilidad de automatizar también la producción de bienes y servicios de alto valor añadido, un aspecto a considerar que aceleraría aún más este proceso): en consecuencia, esto de reducir factor trabajo tiene una lectura positiva, si bien es cierto, a corto/medio plazo genera exclusión social y reduce la capacidad de compra, luego, acelera la depresión.

Elevando el tiro, esto nos conduce a una visión evolucionista en el que la productividad actúa como una fuerza que empuja la evolución del concepto de trabajo humano hacia cotas de mayor valor añadido a la vez que redefine la función del trabajo humano y el consumo. En última instancia también afecta a la demografía, aunque no siempre como intuitivamente cabría esperar: riqueza y natalidad no correlacionan en la misma medida que pobreza y natalidad, dando lugar a fuertes asimetrías globales: escasez crónica, hambrunas, mortandad infantil, etc. Eso sí, puede que en el camino muchos individuos/personas se atasquen y no quieran/puedan ofrecer más valor añadido cuando el sistema les señala como “no necesarios”. Ahí sí tenemos un serio problema si los individuos/personas excluidos/desplazados son mayoría. ¿Soluciones?: la propuesta ¿utópica? de Luis Racionero, “Del paro al ocio” (1983) (para mí, una puesta al día del famoso “El Derecho a la Pereza” del yerno de Karl Marx, Paul Lafargue) es factible sí y solo sí se reparte el trabajo. ¿Problema?. Repartir el trabajo equivale a trabajar menos días/horas y consecuentemente reducir el salario. Algo en principio no muy atractivo para los trabajadores, si bien alguna variante de la idea, como el modelo alemán de reparto de trabajo ha demostrado su viabilidad siempre y cuando se involucre el Estado en subvencionar las horas no trabajadas.

Por otra parte, cuando el sistema señala como “no necesario” a alguien, en realidad le está diciendo que es “no necesario” en tanto productor/trabajador, pero no significa que sea “no necesario” como consumidor/comprador: “El cliente es el Rey” en una economía de mercado. Es aquí donde el sistema genera una contradicción ineludible que sucesivos “ajustes finos” han intentado resolver para evitar el presagio de la implosión final del sistema (colapso por sobreproducción o por falta de suficientes consumidores/compradores, ambas caras de la misma moneda), algo que parece ineludible si atendemos a la observación de las tendencias: la percepción de gratuidad a través de Internet, la automatización creciente, la reducción tendencial de las rentas del trabajo, el agotamiento de la capacidad de endeudamiento que servía de amortiguador al desigual reparto de riqueza y el consiguiente decrecimiento del consumo masificado. Llegados a este punto ya da igual preguntarse si fue antes “el huevo o la gallina”, es decir, si hace falta menos factor trabajo porque hay menos consumo o hay menos consumo porque hace falta menos factor trabajo. El proceso se retroalimenta así mismo y en consecuencia la implosión es casi inevitable.

Otro pensador sistémico, el economista Santiago Niño Becerra apunta en la misma dirección: “Pienso que el mañana apunta a una dicotomía económica y social, a un perfil en geometría variable (se está empezando a hablar de eso, ya) poblado de insiders y outsiders en el que en un entorno postglobal unas pocas personas sean totalmente necesarias (imprescindibles, no: nadie lo es), otras lo sean parcialmente, y otras no lo sean en absoluto; en la línea de lo ya apuntado por Jeremy Rifkin de que en algún momento del siglo XXI para generar el 100% del PIB mundial tan sólo será preciso el 5% de la población del planeta: hoy serían 350 millones de personas de los 7.000 millones que habitan el globo.”

Llegados a ese punto cabe preguntarse honestamente dónde encontrarán su “nicho de mercado” la mayoría de los excluidos/desplazados por la tendencia imparable de la productividad.

Desde la perspectiva de las teorías convencionales y por el lado de la oferta se podría anticipar que “la necesidad hace virtud” y, así, en consecuencia, durante las crisis el sistema estimula la creatividad humana para crear nuevas ideas, productos y servicios (“Destrucción creativa” de Schumpeter) para dar paso a un nuevo ciclo (“La oferta crea su propia demanda” de Say). Y desde el lado de la demanda, la doctrina del “Equilibrio general” suele acertar con la obviedad de que los mercados tienden al equilibrio, a autorregularse, de tal modo que no hay que preocuparse demasiado: si un segmento de mercado pierde consumidores/compradores (por ejemplo, por falta de capacidad adquisitiva o capacidad de endeudamiento), se ajustarán en primer lugar los precios/márgenes y en última instancia dejarán de producirse los bienes/servicios para dicho segmento, lo que a su vez expulsará a los trabajadores del segmento, abocando al sistema a una espiral depresiva en ese segmento de mercado y creando las condiciones para que se movilice el lado de la oferta. Lo que no está del todo claro es si la actual crisis sistémica no acabará por cuestionar las teorías convencionales al uso.

Resumiendo: desde un punto de vista evolutivo, es preferible que en una mina a miles de metros bajo tierra trabaje un robot antes que un minero (Nota: Habrán tareas que sin embargo podrían automatizarse pero existirá un fuerte rechazo social a su total automatización. Por poner dos ejemplos fáciles: un cirujano robot o un piloto robot de aeronave podrían llegar a aceptarse socialmente pero siempre bajo la supervisión de un ser humano). Esto es claramente una ventaja evolutiva. El problema lo tenemos cuando bajamos del plano evolutivo/macro al social/micro y observamos que el minero, en tanto que ser humano concreto, no se “recicla” de la noche a la mañana en un ingeniero capaz de diseñar al robot que le va a sustituir. Ahora bien, que un individuo concreto no se recicle/evolucione no es un problema sistémico. Por el contrario, sí lo es que una generación no logre hacerlo a la velocidad que se necesita para evitar un colapso sistémico por falta de suficientes consumidores/compradores. La cuestión es pues gestionar adecuadamente las “transiciones de fase” en la evolución tecnológica, política y social, para introducir las mejoras de productividad acompasadas al ritmo de la capacidad humana de “cambio y reciclaje” personal. La cuestión es pues, ¿llegaremos a tiempo de evitar el desperdicio de tantos recursos humanos “no necesarios”?, ¿hay que hacer algo desde las instituciones o ante el riesgo de hacer “ingeniería social” es mejor dejar que las “fuerzas del mercado” actúen a su libre elección?. O, más allá, ¿esta crisis sistémica nos abre la oportunidad a un salto cualitativo en la evolución del concepto de trabajo, producción, consumo, renta, crecimiento, PIB, oferta, demanda, etc.?.

Lejos de la especulación futurista, el problema real, acuciante, es el “mientras tanto”, porque aún admitiendo por un momento que el sistema tiene en su “core” los mecanismos suficientes para re-crearse y auto-regularse no es menos cierto que los tiempos y plazos de estos mecanismos no siempre son admisibles desde la óptica de la duración promedio de la vida humana (“a largo plazo todos muertos” que decía Keynes): disponer de “estabilizadores automáticos” como el seguro de paro o la renta mínima de inserción está muy bien, el dilema es cómo financiarlos cuando los Estados se quedan sin margen de maniobra para recaudar o endeudarse más. En este punto muerto es donde nos encontramos ahora, sin opciones convencionales ante una crisis sistémica que ha expulsado del ciclo de trabajo-producción-renta-consumo a millones de trabajadores en todo el mundo. En España, cinco millones. ¿Qué hacer para evitar la implosión del sistema?. Esa es la cuestión, la “patata caliente” que tiene sobre la mesa el futuro nuevo gobierno.

25 de octubre de 2009

Productividad 2.0

Tecnocistán y ManucistánAprovechando un interesante hilo en el Grupo de Economía Compleja me he permitido volver a reflexionar sobre este importante concepto económico llamado productividad.

Hace un tiempo reflexioné sobre el concepto de productividad (allá por el año 1995 publiqué un artículo bajo el título “Productividad: ese objeto del deseo”que más tarde dejé compilado en “El Pensador Sistémico - volumen I”). Para no aburriros repitiendo lo mismo, quiero actualizar mi reflexión de entonces y otras posteriores sobre el mismo tópico que, aunque parezca extraño, sigue siendo un concepto que sigue levantando pasiones y posiciones encontradas por el simple hecho que en muchas ocasiones se confunde el nivel de análisis o se introducen “denominadores comunes” para simplificar en exceso algo que puede ser muy complejo o no en función del contexto donde se aplique.

Para abordar la productividad en todos sus matices y dimensiones propongo un sencillo ejercicio mental para poner a prueba las concepciones previas de cada cual y así observad por vosotros mismos como cambia la perspectiva de análisis en función de la información que se va facilitando:

1. En un país, llamemos Tecnocistán, todas las empresas producen de promedio un “cacharro” (un automóvil, una tostadora o un televisor, da igual) cada 20 minutos.
2. En otro país, llamemos Manucistán, todas las empresas producen de promedio otro “cacharro” similar cada 100 minutos.

¿Qué país es más productivo?.

3. En Tecnocistán, en las empresas trabajan 500 empleados y 100 robots de promedio.
4. En Manucistán, en las empresas trabajan 4.000 empleados y 5 robots de promedio.

¿Qué país es más productivo?.

5. En Tecnocistán, el salario medio de los empleados es 10 veces superior a Manucistán.
6. En Tecnocistán, la inversión media de capital en las empresas es 20 veces superior a Manucistán.

¿Qué país es más productivo?.

7. El PIB de Tecnocistán es 5 veces superior al de Manucistán.
8. Manucistán cuenta con una población empleada 4 veces superior a Tecnocistán.

¿Qué país es más productivo?.

9. Los “cacharros” de Tecnocistán se venden en el mercado global a precios 4 veces de promedio más elevados que los de Manucistán.
10. Los “cacharros” de Tecnocistán compiten en un segmento del mercado global distinto al de Manucistán.

Entonces, ¿qué país es más productivo?, y ¿cuál es más competitivo?.

Como habréis observado el concepto de productividad admite distintas lecturas en función del contexto que se trate de analizar. Así, para comparar productividades en una misma empresa o entre empresas del mismo sector y entorno económico lo adecuado y suficiente es aplicar el ratio “productividad=producción/recursos” como elemento de análisis microeconómico, siendo los “recursos” asimilado por lo general al “tiempo del sistema”. Esta definición es la más adecuada porque permite dirigir y operativizar las mejoras dentro de un sistema productivo con el principio rector de toda productividad que se precie de “hacer más con menos”, principio que conviene matizar con el criterio de calidad eficiente o “hacer más y mejor con menos esfuerzo” [principio de la palanca].

A nivel macroeconómico se tiende a usar una medida de la productividad-país algo más “grosera” pero ampliamente aceptada con el ratio “PIB/población ocupada” [no confundir con “PIB/población” o renta per cápita]. Y recalco lo de “grosera” porque ese ratio no nos dice nada de la “calidad” de ese PIB (¿se genera con poca o mucha inversión de capital e I+D+i?, ¿se genera con poca o mucha cantidad de horas trabajadas?) y de esa población empleada (¿requiere poca o mucha formación de esa población empleada?, ¿requiere poca o mucha flexibilidad de esa población empleada?), sin olvidar el desperdicio de recursos y la “productividad cero” que supone el desempleo: ¿de qué sirve lograr una productividad excelente del 80% de la población activa si el 20% está desempleada?.

Sin embargo la cosa se complica aún más cuando analizamos la misma ratio entre empresas de entornos económicos diferentes o países con distintas ventajas competitivas. Así nos podemos encontrar con productividades dispares fundamentalmente por las diferencias en la aplicación de inversión de capital en tecnología, organización, calidad, innovación, diferenciación, aportación de valor, intensidad del factor trabajo, etc. y en consecuencia con una información incompleta si nos ceñimos a un ratio fácil de entender pero difícil de interpretar cuando se excede su ámbito de aplicación.

Es entonces cuando, en un intento de “normalizar” la ecuación (en realidad “reducir” algo complejo, lo que siempre conlleva un riesgo sistémico) se aplica un “mínimo común denominador”: se simplifica la ecuación anterior mediante el ratio “producción/coste” (y para simplificar más aún asimilamos coste con el “coste del factor trabajo”). Es entonces cuando “nos sale un churro” y ya no entendemos nada: se comienza a desvariar y a mezclar productividad con producción o con competitividad (en precio), mezclando “churras con merinas”.

¿Por qué sucede esta confusión?. En mi opinión el problema tiene su origen en que así como es fácil entender y calcular la productividad cuando estamos en un entorno acotado y homogéneo (una empresa, un sector), cuando elevamos la mirada y queremos aplicar el mismo concepto a sistemas mayores y heterogéneos (sectores distintos, países diferentes) en aras de “reducir la complejidad” y para usar una única escala de medición se tiende a simplificar en exceso los factores que intervienen en la productividad, asimilando en la práctica la productividad al coste/hora del factor trabajo.

No hay más que escuchar a algunos líderes políticos y económicos para darse cuenta que el concepto está muy ideologizado cuando confunden producción con productividad para justificar la necesidad de trabajar más (si se trabaja más se produce más, es obvio, pero eso no significa ser más productivo sino todo lo contrario), o productividad con competitividad (en precio) cuando lo asimilan al coste de la producción (si producimos más barato podremos vender más nos dicen, pero no necesariamente en mercados de alto valor si lo demás -calidad, innovación, tecnología- continua igual) o productividad con rentabilidad, cuando se compara el retorno de la inversión con la intensidad del factor trabajo empleado sin entender que la rentabilidad, si existe, se encuentra al final del proceso y depende de muchos factores y por tanto la producción puede estar desacoplada de la facturación y el beneficio (se puede producir mucho y muy barato para engordar el inventario y no vender un clavo y perder mucho dinero).

En otras palabras, no es inocente reducir el concepto de productividad al coste del factor trabajo, por lo general este reduccionismo suele esconder una falta de inversión de capital en tecnología, organización, innovación, etc.

Resumiendo: cuando analizamos a nivel micro entornos económicos semejantes, productos semejantes, distribuciones de costes semejantes, inversiones de capital semejantes, tecnologías semejantes y productos/mercados semejantes podemos asimilar la productividad a la ecuación “producción/tiempo”. Pero, en el momento en que para “normalizar” sustituimos el tiempo por el coste del factor trabajo comienza la confusión si no tenemos cuidado de preguntarnos si seguimos comparando cosas semejantes o estamos mezclando peras con manzanas. O lo que es lo mismo, volviendo al ejemplo propuesto, cuando nos enteramos que los “cacharros” de Tecnocistán compiten en un segmento de mercado distinto al de Manucistán ya no tiene sentido preguntarse qué empresa o qué país del ejemplo es más productivo o competitivo, pues aunque ambas empresas o países puedan tener productividades diferentes, paradójicamente pueden ser líderes en productividad y competitividad en los respectivos nichos de mercado de sus “cacharros” y por tanto sus respectivas productividades no son “reducibles” a una única escala o “ranking mundial de productividad”: si queremos que signifique algo el concepto de productividad debemos atender a su contexto.