29 de octubre de 2017

Más allá del DUI vs. 155. Mi visión del conflicto

“May we never confuse honest dissent with disloyal subversión.” Dwight D. Eisenhower

Cuando Ronald Reagan, un actor de segunda fila, ganó por abrumadora mayoría las elecciones presidenciales de 1980 no fue porque hubiese creado un resurgimiento del conservadurismo en Estados Unidos, porque hubiese conseguido provocar un renacimiento del orgullo nacional o porque hubiera sido un destacado intelectual orgánico de la ideología neoliberal. Todas esas condiciones ya existían. Como dijeron algunos analistas entonces, Reagan se limitó a encontrarse con el desfile y a ponerse al frente del mismo, como le ocurría al bueno de Charles Chaplin en la conocida escena de Tiempos Modernos (1936), donde Puigdemont me recuerda al líder de un movimiento que no controla, mientras Rajoy se asemeja al que detiene al supuesto líder sin entender la causa del movimiento, arriesgándose con ello a que se repita el problema por falta de un diagnóstico correcto.

Pienso que en lo sucedido estos ajetreados días pasados y los que quedan por pasar a propósito del llamado desafío secesionista o conflicto catalán, la DUI y el recién implementado artículo 155 CE hay mucho de este fenómeno, a saber: un fuerte movimiento reivindicativo, transversal y antisistema que emerge durante el 15-M, que a falta de referentes internacionalistas, más abstractos, encaja como un guante con lo identitario catalán, la “catalanidad”, mucho más concreto y cercano, que se acelera con su conexión con los agravios comparativos del Estatuto de Autonomía del 2006 enmendado por el TC en 2010 como una expresión simplificadora de causa-efecto y una cierta conexión ancestral con una mítica Camelot o Arcadia feliz inalcanzable, pero propulsora de energías atávicas y emocionales que emerge con fuerza arrolladora en los últimos años y unos políticos oportunistas que, como Ronald Reagan, que se habían dedicado “a otras cosas” más bien contradictorias con esa fuerza emergente, de repente toman conciencia de que algo hay que hacer al respecto si no quieren verse ninguneados por el tsunami popular que se oteaba en el horizonte.

En ese contexto de un potente movimiento popular, transversal, pacífico, de base nacionalista pero con vocación europeísta, a la vez rupturista con el modelo político, económico y social heredado por sus propias élites nacionales, los líderes políticos locales se encuentran en una encrucijada en la que deben tomar una decisión estratégica no exenta de dramatismo: continuar con el “pactismo” de siempre o cambiar radicalmente su orientación pactista-conservadora y evolucionar de forma más o menos creíble y sincera para caminar en una dirección que les permita seguir al frente de las instituciones al precio de liderar-gestionar y tal vez bajo cuerda modular a su favor un movimiento que en principio les era sobrevenido y ajeno a su cultura política. Y esa decisión no exenta de dramatismo le cuesta la implosión a la coalición que había gobernado Catalunya durante más de treinta años.

Pero si ese tsunami subterráneo y popular sorprendía a las élites locales, otro tanto sucede en las élites instaladas en el poder central, donde a falta de “tocar tierra” y entender el fenómeno en su origen, la perplejidad y la falta de reflejos e inteligencia política propia de quien piensa que España comienza y termina en el Paseo de la Castellana, les hace ver el “problema catalán” en modo “business as usual”, como un “más de lo mismo”, confundiendo esas inquietudes con la reclamación de más “dinero” por parte del nacionalismo pactista, que era la manera de resolver los conflictos en los viejos tiempos, una “solución” que el actual gobierno central sigue añorando al reclamar no ha mucho la vuelta de ese nacionalismo pactista-conservador, pero en esta ocasión el diagnóstico es erróneo y la “medicina” anticuada porque el problema es otro y muy distinto, de una dimensión desconocida para ambas élites acostumbradas a los acuerdos negociados con poca luz y taquígrafos: el llamado popularmente “pasteleo” ya no sirve como medio de resolver este conflicto de “nueva generación” con el mal llamado nacionalismo catalán, porque ese es precisamente uno de los errores del diagnóstico: no entender su transversalidad y vocación transformadora, no exenta de contradicciones, engaños y autoengaños, oportunismos y oportunistas, pero que va más allá de instalar una frontera y también más allá en su forma de gestionarlo y contenerlo por el gobierno central, con métodos anticuados en lugar de un pensamiento estratégico de cuarta generación (William S. Lind).

Por eso el gobierno central confunde la semilla (movimiento de transformación social) con la cáscara (nacionalismo), porque si bien es cierto que la semilla se viste de nacionalismo porque es la representación de la lealtad primaria más concreta para conectar con las clases populares y su cultura política (aunque esa confusión entre cáscara y semilla lo aleja del resto de españoles que podrían comprender y solidarizarse con el movimiento sin tener que compartir las banderas) el gobierno central no debería caer en tan flagrante error de diagnóstico, atribuyendo al nacionalismo y las ideas nacionalistas, la cáscara, la causa del problema, cuando en realidad este movimiento revela en última instancia una crisis de legitimidad del Estado Nación tal y como está diseñado, que no es otro que un diseño del siglo XVII (1648, Tratado de Westfalia) que tal vez convendría actualizar y modernizar.

Hace falta otra “medicina” a la habitual, pero, “Houston, tenemos un problema”: con las restricciones y encorsetamientos del corpus legal actual, no es posible alcanzar una solución razonable so pena de crear contradicciones irresolubles. El conflicto por incomprensión del problema y agotamiento institucional está servido. Y unas elecciones autonómicas no lo van a disipar.

Se habla mucho de la necesidad de diálogo político, del fracaso de la política, etc., pero en el contexto del actual marco jurídico la realidad es la que es y las limitaciones obvias: las demandas de más democracia crecen y la camisa constitucional se queda pequeña y no sé si el federalismo que algunos consideran “el-no-va-más” que nos puede sacar del atolladero, no será también una respuesta anticuada para una sociedad post-industrial, hiperinformada e hiperconectada. Tal vez habría que experimentar otros modos de relacionar a los ciudadanos del siglo XXI con la “Res publica” y ser pioneros en ello y presumir en Europa de haberlo logrado, ¿por qué no? A modo de ejemplo: Suiza hace continuos referéndums entre sus ciudadanos y nadie se atreve a decir por ello que sean un atajo de perroflautas asamblearios y antisistema.

¿Qué hacer? Por el momento, el poder central ha tomado mando en plaza vía el recién estrenado artículo 155 de la Constitución y la celebración de elecciones para el 21-D, pero eso, todos sabemos, no va a detener el movimiento antedicho, si acaso lo va a cebar algo más pero no neutralizar. Si acaso el 155 aparcará por escaso tiempo el problema a modo de analgésico. Lo suyo, lo responsable, sería reconocer las limitaciones estructurales que impiden acoger y encajar a esos dos millones largos de ciudadanos movilizados que reclaman, no la creación de una frontera física como fácilmente se les ridiculiza, sino un modo diferente de entender las relaciones con el poder, esto es, no como una “revuelta callejera” sino como una “vuelta” a los orígenes de la democracia y a su actualización en un entorno donde las redes sociales permiten un diálogo y debate permanente con el pueblo, con los ciudadanos, aquí y ahora, en tiempo real.

Pienso que ese “desbordamiento” del marco institucional y constitucional por insuficiencia sistémica no habría que verlo como una amenaza o una tragedia nacional sino como una oportunidad histórica de evolución para liderar el futuro de una Europa de los pueblos donde los ciudadanos y no las élites sean los verdaderos protagonistas del cambio que las nuevas tecnologías, la formación y el debate permanente harán posible. Estamos a tiempo de liderar nuestro propio cambio antes de quedarnos, otra vez, en el vagón de cola de la Europa de los ciudadanos.

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