12 de septiembre de 2012

Ryanair vs. Fomento: The game must go on

En los últimos días estamos asistiendo atónitos a un conflicto no por repetido menos sorprendente entre la compañía aérea irlandesa de bajo coste Ryanair y el Ministerio de Fomento del Gobierno español.

Un conflicto que en apariencia tiene como elementos clave por un lado una agresiva política de costes de Ryanair, una política que se traduce por ejemplo en llevar al límite de mínimos la normativa de seguridad en lo tocante al combustible (lo que acarrea situaciones de tensión en los aeropuertos al requerir Ryanair preferencia en los aterrizajes ante la escasez de combustible de sus aeronaves) y por otro el papel de supervisión y garante de la seguridad aérea por parte de Fomento. Se me antoja que este conflicto es claramente modelizable desde la Teoría de Juegos y a partir de su modelización se pueden extraer ideas interesantes y profundas sobre las posiciones y estrategias de cada parte, de cada jugador y sus mutuas interacciones que dan lugar a una curiosa interdependencia como luego veremos.

Para realizar la modelización primero voy a proceder a ordenar las preferencias (de mayor a menor) de cada jugador a tenor de la información que se desprende de los medios de comunicación. La ordenación podría ser la siguiente: la primera preferencia de Ryanair es anteponer la rentabilidad a la seguridad, y mejor si Fomento hace lo mismo (valor ordinal 4). En segundo lugar, seguiría estando la rentabilidad suponiendo que Fomento antepusiera la seguridad (posición actual, valor ordinal 3). En tercer lugar estaría la seguridad si Fomento le obligase a ello (valor ordinal 2). La última preferencia de Ryanair, obviamente, sería anteponer la seguridad si Fomento optase paradójicamente por la rentabilidad (valor ordinal 1), algo que lógicamente no se va a dar.

Por el lado de Fomento, la ordenación de preferencias sería en primer lugar anteponer la seguridad a la rentabilidad, y mejor si Ryanair hiciese lo mismo (valor ordinal 4). En segundo lugar, seguiría estando la seguridad suponiendo que Ryanair siguiese con su preferencia principal (valor ordinal 3). En tercer lugar estaría la rentabilidad si realmente estuviera en peligro la supervivencia de Ryanair (valor ordinal 2). Por último, obviamente, sería anteponer la rentabilidad si Ryanair optase paradójicamente por la seguridad (valor ordinal 1), algo que lógicamente tampoco se va a dar.

Así pues, de acuerdo con lo que podrían ser las ordenaciones de las preferencias se puede formular el siguiente esquema:



La interacción entre los dos jugadores se refleja en la siguiente matriz:



La estructura resultante es la de un juego conocido teóricamente como el Gallina (o el Cobarde), en el que ningún jugador tiene una estrategia dominante. Si cada uno actúa sin conocer la decisión del otro, basándose en un cálculo prudente sobre los diversos resultados posibles (es decir, con aversión al riesgo para evitar el mal mayor, interpretando riesgo en este caso como pérdida de rentabilidad para Ryanair y pérdida de control y/o reputación ante la opinión pública para Fomento), cabe encontrar un equilibrio inicial en la casilla superior derecha, cuyos valores ordinales son 3,3. En este caso, el equilibrio significa la situación actual, esto es, que Ryanair opta por la rentabilidad mientras que Fomento opta por la seguridad. En este juego hay tanto intereses comunes como intereses contrapuestos: es decir, los dos jugadores y al contrario que en el dilema del prisionero, prefieren un resultado de equilibrio a un resultado que no sea de equilibrio, pero discrepan sobre qué equilibrio es mejor.

Sin embargo este equilibrio es inestable, ya que una vez alcanzado cada jugador tiene la tentación de alterar su estrategia y trasladar el resultado a una casilla en la que obtenga un valor superior (de ahí el recurrente conflicto actual) llevando a su terreno al adversario: la casilla superior izquierda en el caso de Ryanair y la casilla inferior derecha en el de Fomento. Es decir, en el caso de Ryanair, una vez cumplidas las normas mínimas de seguridad, puede sentirse inclinado a forzar a Fomento a evitarle una pérdida de rentabilidad a causa de esas normas (en tanto en cuanto al llevarlas al mínimo se produce el mismo efecto pernicioso que cuando se “trabaja a reglamento”) por ejemplo incrementando las subvenciones u otros beneficios para compensar el énfasis en la seguridad por parte de Fomento (flecha A), mientras que Fomento puede pensar que puede forzar a Ryanair a elevar los mínimos de seguridad aún a costa de su rentabilidad, por ejemplo incrementando las sanciones ante cualquier falta por leve que sea (flecha B).

De hecho, cada jugador puede salir beneficiado si informa previamente de su estrategia. Si Ryanair anuncia que seguirá insistiendo en cumplir únicamente con los criterios mínimos de seguridad sin perjudicar su rentabilidad y que si se pone en riesgo la rentabilidad puede amenazar con marcharse (no totalmente pero sí de determinadas zonas o rutas menos rentables), puede provocar que Fomento se vea obligado a aceptar esta estrategia (recule) para evitar un resultado de ruptura con Ryanair y su desaparición de los aeropuertos de las autonomías con la que tiene acuerdos y subvenciones (tal vez sería necesaria la modelización con este tercer jugador, pero de momento no es necesario), de modo que se alcance un resultado de equilibrio estable (estable si logra doblegar a Fomento con esta amenaza, claro) en la casilla superior izquierda, cuyos valores son 4,2.

Igualmente, para aprovechar en su propio beneficio esta posibilidad del juego, Fomento debería revisar los criterios mínimos de seguridad (si es que tiene competencia para ello, lo que está por ver) o amenazar de manera creíble con incrementar sustancialmente las sanciones si es que no quiere perder la batalla de la opinión pública ante Ryanair, de modo que se alcance un resultado de equilibrio estable (estable si logra doblegar a Ryanair con esta amenaza, claro) en la casilla inferior derecha, cuyos valores son 2,4.

El decantamiento hacia uno u otro resultado de equilibrio va a depender del “baile de movimientos” (que puede acarrear negociación formal o no), basada por ejemplo en promesas, amenazas y mensajes más o menos subliminales entre los jugadores. Cuando el juego se repite más de una vez (y este juego no es nuevo, se va a repetir muchas veces) cabe la posibilidad de la alternancia, esto es, que a veces se pueda inclinar la balanza del lado de la rentabilidad y otras de la seguridad, como sucede en el modelo de juego conocido como “batalla de los sexos”. No obstante, dada la beligerancia y el talante de los jugadores, la estructura de este juego entre Ryanair y Fomento está más próxima al “juego del Gallina” pues la idea subyacente en este juego es la de enviar un claro mensaje al contrario de que se va a ir a por todas con tal de conseguir el resultado deseado si tras un primer desenlace no se alcanza el resultado preferido en la escala de preferencias de cada jugador.

Como he comentado en otra ocasión Gallinas en Wall Street: riesgo sistémico vs. riesgo moral en el Juego del Gallina existe más de un equilibrio de Nash, lo que significa que este juego es inestable, ya que una vez alcanzado un equilibrio cada jugador tiene la tentación de alterar su estrategia y moverse hacia una posición en la que obtenga un mejor resultado en función del movimiento del contrario. Esta propiedad hace que este juego que sea muy dinámico e interesante su estudio en el contexto de una negociación.

Desde la posición de Ryanair puede pensarse que su desafío a Fomento al llevar la seguridad al mínimo puede surgir efecto en su rentabilidad, sin embargo, observando el juego desde una perspectiva más amplia (en Teoría de Juegos todo juego tiene en realidad diferentes escalas de observación, amén de subjuegos dentro del juego), es posible interpretar que el campo de batalla real no se encuentra en el conflicto de Ryanair con Fomento sino en su posicionamiento como una compañía low cost que (ante la opinión pública) maltrata a los clientes, llevándolos al límite del stress con su política de seguridad mínima, coste mínimo y amabilidad mínima... esto es algo que puede terminar pasando factura a Ryanair (aunque bien es cierto que sus estrategas pueden pensar que lo que sus clientes valoran por encima de todo es el precio, no la seguridad), máxime en el caso de que se desencadenase una catástrofe, que desde luego nadie quiere, pero que si se produjese cambiaría por completo la cualidad de este juego, obligando con toda probabilidad a un replanteamiento de los mínimos a nivel internacional (el único ámbito donde es posible hacerlo) si bien para ello habría que establecer y demostrar claramente que ha existido una relación causa-efecto, algo bastante complicado. Pero mientras esta discontinuidad en el juego no suceda, considero que el juego va a continuar como he modelizado.

Es evidente que Fomento, a su pesar, no puede intervenir en las normas de seguridad que son de ámbito internacional, como tampoco puede intervenir en la retirada de la licencia a Ryanair, algo que compete exclusivamente al gobierno irlandés. Sin embargo, lejos de considerar que Fomento no tiene margen de maniobra para gestionar este conflicto, puede elegir entre dos opciones (o una combinación de ambas), a saber: una consiste en interpretar restrictivamente las normas de seguridad y tratar en consecuencia de aplicar las sanciones correspondientes, endureciéndolas si cabe, donde sí tiene competencia, además de continuar con la batalla dialéctica en los medios. La otra es hacer concesiones por vía de subvenciones directas o por vía de terceros (léase incrementos de las subvenciones autonómicas) para estimular (o compensar, según se mire) a la compañía aérea para que eleve sus criterios de seguridad suficientemente o ligeramente por encima de los mínimos legales (entre ellos sin duda los mínimos de combustible) y así salvar el conflicto de manera negociada para evitar una guerra de declaraciones y de sanciones que no beneficia ni a Ryanair ni a Fomento. Pero, tal como se encuentra el juego en este momento, Fomento necesita “salvar la cara” evitando nuevos incidentes... si para ello necesita llegar a algún tipo de acuerdo “bajo cuerda” con Ryanair (mejor sin arbitraje de por medio), sería del género estúpido que Ryanair no aprovechase este momento de mutua debilidad y cediese un poco (el Gobierno necesita un gesto de firmeza ante la opinión pública y la compañía aérea necesita enviar un mensaje a los usuarios de que se toma en serio la seguridad).

No obstante, el problema de fondo, estructural, es que el sector aéreo tiene un amplio margen de discrecionalidad desde la desregulación de 1997, una discrecionalidad ante la cual Fomento (y menos aún los usuarios) no tiene instrumentos de contrapeso contundentes y está, literalmente, pillada por normas internacionales ante las que no puede influir más que muy indirectamente y de tarde en tarde, amén de los intereses cruzados y en ocasiones contradictorios entre las distintas administraciones (local, autonómica y central), una telaraña de intereses contrapuestos evidenciado por la paradoja de que la compañía que más sanciones (en número absoluto) recibe de Fomento es la que más subvenciones percibe de las distintas administraciones locales y autonómicas que están encantadas con que Ryanair tenga a bien considerarlas entre sus destinos para atraer tráfico de turistas. En síntesis: quien decide las sanciones a Ryanair (Ministerio de Fomento, Gobierno de España) no decide la concesión de subvenciones (Ayuntamientos y Gobiernos autónomos).

Obviamente los estrategas de Ryanair, que no son tontos, conocen esta contradicción, una “renta de posición” que sin duda explotan al máximo, algo que sin duda complica el alcance y profundidad de las opciones de Fomento en su pulso con Ryanair, de tal modo que la compañía, si juega inteligentemente el juego, siempre va a tener, en última instancia, “la sartén por el mango” en este juego, pues ante cualquier pérdida potencial en este juego siempre puede “cambiar de juego” (el que juega con Fomento) y trasladar dicha pérdida al juego que mantiene con las administraciones local y autonómica (por ejemplo, consiguiendo más subvenciones u otras ventajas para paliar las pérdidas potenciales que le pudiera ocasionar la firmeza de Fomento), amén de provocar si quisiera (al modo maquiavélico) un conflicto de intereses entre Fomento (más preocupado por la seguridad, aparentemente) y la administración local/autonómica (más preocupada por la llegada de turistas y la generación de PIB asociado, aparentemente), un “cambio de juego” al que por cierto no tiene opción Fomento sin enfrentarse a la administración local/autonómica (por ejemplo, ¿por qué no vincular las subvenciones a las compañías aéreas en proporcionalidad inversa al número de sanciones?), un “cambio de juego” que no deberían desestimar los jugadores y al que preveo que vamos a llegar más pronto que tarde a causa del desgaste que para ambas partes supone el actual juego. Al tiempo. En fin, the game must go on, Mr. Michael O'Leary & Ms. Ana Pastor.

Para saber más: Fomento reclama a la UE poder para sancionar a aerolíneas extranjeras

Ryanair denuncia la 'campaña inaceptable' de Fomento 'para dañar su buen nombre'

Fomento anuncia que endurecerá las sanciones tras los incidentes de Ryanair

Tres aviones de Ryanair aterrizan de emergencia en Valencia por falta de fuel

Ryanair en Wikipedia

Juego del Gallina en Wikipedia